El día más duro de la Fiscal: cuando perdió su ojo izquierdo

El día más duro de la Fiscal: cuando perdió su ojo izquierdo

29 de febrero del 2012

*Testimonio editado por María Elvira Bonilla para el libro Palabras Guardadas, de Editorial Norma.

No hay día más difícil en mi vida que aquel 8 de abril de 2001 en el que perdí mi ojo izquierdo. Llegué preparada para un trasplante de córnea, pero las cosas tomaron un camino inesperado. Una infección causada por una bacteria (serratia marcesens) avanzó con tal agresividad, que los médicos plantearon la extracción del ojo, como la única alternativa posible, para evitar su expansión hacia el cerebro. De no hacerlo, las posibilidades de muerte serían grandes.

Antes de eso, me sentía tranquila. Pensaba que la decisión de trasplantar una de mis córneas, dado los avances médicos, no presentaba ningún riesgo. Además, el uso permanente de anteojos o lentes de contacto, no dejaba de causarme molestias, puesto que ninguno ni otros lograban la completa corrección de mi visión. Así que tres meses después de mí matrimonio con Carlos Alonso Lucio, decidí embarcarme en la operación. Para ese momento, Carlos estaba preso en la cárcel La Picota de Bogotá y yo formaba parte del Senado de la República. La intervención quirúrgica se hizo sin ningún contratiempo. Pero cuatro días después empecé a sentir un dolor que se fue incrementando hasta volverse francamente insoportable. El diagnóstico que hizo, entonces, el médico que me realizó el trasplante, fue lo peor: se trataba de una infección severa que avanzaba agresivamente y que se había tomado la retina. Desesperada, decidí cambiar de clínica y someterme, en un intento por salvar el ojo, a una segunda cirugía que duró ocho horas. Al día siguiente –recuerdo, era un sábado-, los médicos me informaron que no había sido posible salvar la retina y que por lo tanto no volvería a ver por el ojo izquierdo. Pensé entonces que todo pararía ahí, que tendría que resignarme a estar sin visión, pero sin perder mi ojo. Solo que la infección seguía en curso sin que los antibióticos consiguieran obrar, a pesar de las enormes dosis que me aplicaban. Tenía frente a mí la amenaza de una septicemia que podía ocasionarme la muerte.

Para no utilizar el parche la Fiscal maneja una prótesis.

Sentir la muerte así tan cerca, aquel domingo 8 de abril, me aterrorizó. Por primera vez fui consciente de mi finitud, de mi transitoriedad. Se me vinieron a la mente mis tres pequeños hijos, que ni siquiera sabían lo que me estaba pasando. Pensaba en mi reciente matrimonio, en lo difícil que había sido asumir mi divorcio y enfrentar ante el mundo entero mi amor por Carlos Alonso. Pensaba también en mi condición de recién casada, casi en luna de miel… así que frente a los argumentos del médico de extraer el ojo, como único camino de salvación, no vacilé en tomar una decisión que, con el tiempo, he llegado a creer que fue precipitada. Sin meditarlo, sin pedir algo de tiempo para reflexionar, autoricé la enucleación del ojo. Si ya no iba a poder ver a través de él, su extirpación, física y total, no era más que la exteriorización de una realidad ya irreversible, fue quizá lo único que pensé.

A partir de ese momento, comenzaron entonces una serie de cinceladas en mi vida que, cual escultura viviente, me fueron moldeando al dolor. Uno de mis escritores cristianos favoritos, C. Sinclair Lewis, decía que el dolor es el gran megáfono de Dios para los hombres. Y yo lo creo.

No puedo describir la impresión tan abrumadora que sentí cuando me retiraron las vendas y tuve que enfrentarme a una cavidad vacía, allí, en plena cara. La sensación devastadora de lo que no tiene reversa, de lo irreparable. No pude llorar. No sé si por exceso de valentía o de arrogancia, no solté una sola lágrima por el ojo perdido, y decidí callar. En un intento ingenuo de ocultar lo inocultable y, quizá, de no aceptar en lo más íntimo mi tragedia, decidí no contárselo a nadie.

Entonces empezaron a llegar los cambios físicos. Debía adaptarme a una manera completamente distinta de apreciar el mundo. De un momento a otro había perdido el sentido visual de la profundidad, lo que significaba una dificultad grande para bajar escaleras o andenes, para servir la sopa o llenar adecuadamente la cuchara. Lo más triste de todo era el dolor de cabeza que me producía la lectura, una de mis mayores pasiones. Y la lucha con los espejos: hubiese querido romper todos los que había en casa, aunque acudiera insistentemente a su implacable escrutinio.

Vivianne Morales aprendió a trabajar con su limitación, hasta el punto de lograr ser la primera mujer fiscal de Colombia.

Ni qué decir de la dificultad que tuve para encontrar una prótesis similar a mi ojo. En Colombia no son muchos los expertos en el tema. Recurrí a todos, con una mezcla de vergüenza –era mostrar a cada uno de estos desconocidos mi secreto, mi dolor, mi indefensión- y de la esperanza –puesta en la ilusión de hallar un artesano que tuviese la capacidad creadora de Dios-. Pero en vano. Cada entrega de prótesis era un ejercicio cruel de desencanto: unas, muy grandes, me convertían el rostro en una muñeca desfigurada; otras, pequeñas, le daban a la mitad de mi cara una apariencia gélida, inerte.

Era otro semblante, inevitablemente, el que ahora se reflejaba en mí. Y tenía que regresar al Congreso y enfrentarme a la impiedad de las cámaras de televisión y evadir las fotografías que podían ser tan indiscretas como crueles. Creo que esa situación me debilitó tanto, que en el último año de mi periodo como senadora participé muy poco en los debates, al punto que decidí no postularme para el periodo siguiente.

Como mujer enamorada, también tengo que confesar que no me sentía capaz de contemplar frente a Carlos, quien tantas canciones le había dedicado a mi mirada. ¿Cómo me vería ahora? No quería escuchar una sola melodía que hablara de expresiones cautivas o de ojos coquetos, furtivos o hermosos. Creo que en el proceso de asumir esta nueva situación, el comportamiento de Carlos fue determinante: nunca expresó, ni ha expresado nada, la más mínima añoranza por mis ojos o mi rostro. Con mucha ternura me repetía que seguía tan linda como siempre. Fue esa actitud suya, generosa y de amor sincero, la que me abrió las compuertas de la aceptación de mi nueva realidad. Saber que nuestra relación estaba hecha lazos profundos y sólidos, fue lo que me ayudó a afirmarme como persona. Al fin y al cabo, sin el ojo seguía siendo la misma; era la mirada de otros la que me podía afectar.

Sin embargo empecé a caminar muy agachada y a dejar caer la frente, antes en alto. Pensaba que tenía una mirada escrutadora que me arrancaría la verdad que yo quería a toda costa ocultar. Me aislé, me deprimí. Tuve que buscar mucho mi fe en Dios, pasar horas, días, meses de silencio, de oración y reflexión, para reubicarme. Pasado un tiempo pude asumir de otra manera mi nueva situación. La confesé a mis hijos, a mi mamá, a mis amigos cercanos. Sin embargo seguía eludiendo el reto fundamental: el regreso a la actividad pública.

Después de tres años, ya fortalecida, y asumiendo la verdad ante el mundo con un parche que no podía generar ninguna suspicacia –así de contundente es su presencia-, volví al servicio público, enriquecida como ser humano, pues el dolor nos acerca a todos los que sufren y nos afirma en lo esencial.