El goleador más triste del mundo

El goleador más triste del mundo

21 de diciembre del 2010

Fotos: El Nuevo Día

Hasta hace unos años, Wilder Medina tenía dos profesiones: futbolista y pandillero. A finales de los años noventa, revuelta con los guayos y la camiseta del Deportivo Rionegro, cargaba un arma de fuego. Después del entrenamiento, salía a robar y atracar con sus compañeros del “Combo”, que era formado por treinta jóvenes. Sólo cuatro quedaron vivos. Medina habría podido de ser uno de ellos, y entonces no habría anotado el gol 3000 de la historia del Tolima, ni habría tenido sus hijas mellizas, ni le hubiera hecho un gol de taco a Independiente de Avellaneda. Tampoco habría llorado de tristeza el pasado domingo 19 de diciembre, luego de perder la final de la Liga Postobón, y recibir, en cambio, el Botín de Oro como goleador del torneo.

Cuando era niño, en el pequeño pueblo de Puerto Nare, Antioquia, Wilder jugaba al fútbol con naranjas. No había dinero para comprar un balón, y si no aparecía alguien que tuviera una pelota o algo que se le pareciera, recurrían a las frutas redondas, como las toronjas. Su papá, Manuel Medina, trabajaba como obrero en la fábrica Cementos del Nare y en sus ratos libres era árbitro de fútbol. Wilder y sus hermanos solían ir con él a los partidos. Cuando su hijo empezó a jugar en el torneo infantil Pony Fútbol, Manuel hacía hasta lo imposible por acompañarlo a todos los partidos: se endeudaba, pedía permisos en la empresa. Después de 36 años de trabajo duro en la cementera, Manuel Medina murió de un infarto el 1 de septiembre de 1997. Tenía 51 años.

Blanca Libia ayudaba en la casa vendiendo cocadas, mazamorra y helados. Levantó a seis hijos con la ayuda de la pensión de su marido. Después de la muerte de Manuel, la familia se trasladó a Rionegro. Wilder, entonces, dejó la escuela San Luis Beltrán –estudió hasta noveno grado– y partió buscando otra vida y un equipo donde jugar. Esos años en Rionegro fueron duros, Wilder jugaba en el Deportivo Rionegro, pero no le pagaban. En el barrio Horizontes conoció a un grupo de jóvenes del barrio que lo sedujeron con sus motos, la ropa que usaban y las mujeres con las que salían. Decidió hacerse pandillero, delincuente.

Nunca mató a nadie, pero sí encañonó y amenazó. Era de los que se le medía a lo que fuera. Siempre estaba al frente de la pandilla. Para rematar, empezó a consumir droga. Y, en medio de todo, seguía jugando. Era un delantero hábil e infalible en el área. A los 17 años, siendo jugador del Rionegro, dio positivo por marihuana cuando estaba a punto de ser contratado en Argentina. Entre 1997 y 2003, Wilder vivió la vida de un delincuente. Un día estaba en una casa abandonada con varios pandilleros y de pronto, dice, sintió que debía irse de ese lugar. Salió con su hermano y treinta segundos después sintió un estruendo: la casa había volado en pedazos. Le habían lanzado una granada.

Otra vez, mientras su mamá, Blanca, esperaba en el balcón de su casa de Rionegro, él corría entre las calles del barrio Horizontes tratando de esquivar las balas que zumbaban cerca de sus piernas y encima de su cabeza. Al ver que lo perseguían, Blanca bajó tan rápido como pudo y le abrió la puerta a su hijo justo en el momento en que no podía dar un paso más.

Wilder dice que Dios lo salvó varias veces y lo sacó del hueco en el que vivía. Ahora es un cristiano devoto. Todas sus frases incluyen la palabra Dios. En 2004 enderezó su camino. Jugó en Huila, Envigado y Patriotas. Pero sus triunfos más grandes los logró con Deportes Tolima. A Ibagué llegó en 2008. Allí la vida le cambió. El último año ha sido el mejor de su carrera: llegó a los cuartos de final de la Copa Nissan Sudamericana, quedó subcampeón y goleador del fútbol profesional colombiano. En noviembre dio positivo en una prueba de doping por marihuana. Él jura por Dios que nunca ha consumido nada. Ahora habrá que esperar qué sanción le darán.

El domingo pasado, luego de perder la final, no paró de llorar. Su hermana dice que llora por todo. Ese día, con el rostro cubierto de lágrimas, recibió el trofeo de goleador como un niño a quien le regalan el juguete equivocado. Era el goleador más triste del mundo.