El neurólogo de Harvard que ahora cree en los milagros

6 de febrero del 2015

Este es el testimonio de un hombre de ciencia, a quien Dios le tendió la mano.

Fernando Dangond

El poder de la oración en mi vida

Seguramente, así como muchas personas que me están leyendo, fui de esos niños cuyos padres los llevaban los domingos a misa, sin ninguna explicación y sin ninguna necesidad aparente; por lo menos para la mente inquisitiva de un infante.

Yo vivía una infancia feliz. Estaba lleno de amigos, divirtiéndome siempre y viviendo al máximo el presente.

Todo me maravillaba: la grandeza de la naturaleza, los animales, los insectos, el cielo, la luna y las estrellas fugaces.

Sin conocer el estrés de los adultos, sus preocupaciones o retos, yo siempre me sentaba allí, al lado de mi madre, y escuchaba los sermones, unas veces distraído o medio dormido, y otras veces muerto de la curiosidad por entender de qué se trataba toda esa serie de rituales.

Algo que no puedo explicar me atraía. Tal vez por gusto personal, aprendí a orar mirando a Jesús en la cruz sobre el altar. No tengo memoria de haberle rezado fervorosamente a la virgen María ni a los santos del catolicismo.

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Ya de adolescente me sumergí en el mundo del estudio, pero también en el de las parrandas interminables y las conquistas. Poco a poco me fui olvidando de ese lado espiritual, que apenas se quería abrir como el capullo de una flor.

Cerré a la flor con mis dos manos, otra vez con mis actos, con mi afán de superación en el mundo material. Siempre exitoso y “sin límites”. Me gradué de médico y me especialicé; me casé con una bella y bondadosa mujer, Mónica; tuve tres hermosos hijos (dos varones y una nena), y creí que lo tenía todo.

Pero en verdad, ahora que lo pienso, no tenía casi nada, porque había dejado a un lado las necesidades del espíritu.

Recuerdo que visité a Jerusalén y me la pasé todo el viaje cuestionando los milagros de los que hablaba la Biblia, pensando que seguro eran exageraciones o interpretaciones erradas de una gente fácilmente sugestionable, quienes vivían en una época en que la práctica de la Medicina era muy limitada. Como neurólogo, llegué a pensar que “seguro esos tales endemoniados lo que tenían era un ataque epiléptico…”

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Fue hace dos años -en un 12 de diciembre, el día de la Virgen de Guadalupe-, cuando mi carrera desenfrenada atravesando el mundo material se encontró con una pared de hierro, y me estrellé.

Sí, sentado frente a esos doctores que me decían con la mayor sobriedad que mi hija Cristy, de 6 años de edad, tenía un cáncer terminal. Allí me estrellé y sentí que mi vida se partió literalmente en dos.

La angustia mezclada con terror, dolor e impotencia me envolvían como unas llamas del mismo infierno. Vi las llamas a mi lado y frente a mí, para ser más preciso.

En ese mismo hospital, donde décadas antes me entrené como neurólogo y hacía rotaciones de oncología pediátrica, allí y ahora era mi preciosa hija Cristy, una paciente de cáncer.

Cristy fue diagnosticada con un rabdomiosarcoma metastásico, uno de los cánceres mas agresivos y malignos que existen. El tumor primario, de gran tamaño, fue encontrado en el tórax y le había causado un colapso del pulmón izquierdo.

Además tenía nueve metástasis en el cráneo y diseminación por múltiples cuerpos vertebrales (los huesos de la columna vertebral).

A mis colegas médicos les estaba quedando claramente difícil establecer contacto visual conmigo cuando discutían su pronóstico.

Al cuarto día de la hospitalización, mientras estábamos con mi esposa Mónica y Cristy en el recinto de la escanografía ósea, nos ocurrió un milagro.

Mónica sintió que su padre Alfredo, quien había muerto un año antes, le habló con gran claridad y le dijo: “No se equivoquen, Cristina sí tiene cáncer, pero ella va a ser un milagro de Dios en el año de la fe. Por ella están intercediendo la Virgen de Guadalupe, la Virgen de Lourdes, la Virgen de Fátima, la Virgen de la Medalla Milagrosa, Santa Bernardita, Santa Filomena y la Madre Teresa de Calcuta. Dile a Fernando que no debe preocuparse porque no pudo hacer nada por mí el día de mi accidente. Yo tenía que haberme muerto porque tenía que estar hoy aquí al lado de Cristina, cuidándola. Y dile a Fernando que su papá está al otro lado de Cristina, también cuidándola. Cristina va a atraer a un ejército de personas a Dios”.

Mónica me dijo todo esto temiendo pasar por loca, y muy angustiada me preguntó: “¿Tú me crees?”

Le respondí inmediatamente: “Yo no creo en brujas, ni en cosas de esas, pero yo en ¡Dios sí creo!”

Mónica replicó: “Mi papá me pidió que los dos rezáramos al lado de Cristy”. Inmediatamente nos acercamos a Cristy y comenzamos a orar.

Unos cinco minutos más tarde, mientras orábamos, Mónica exclamó: “Sentí otra vez la presencia de mi papá, y me dijo que ¡nos van a dar una buena noticia!”.

Al minuto entró al recinto el radiólogo, a cargo de la interpretación de la escanografía ósea, y con una gran sonrisa y entusiasmo nos dijo: “¡El examen es totalmente normal!”

Desde ese momento empecé a rezarle a toda hora a ese Dios misericordioso y divino, quien me perdonó que yo lo hubiera olvidado por tanto tiempo. Le dije: “Gracias Señor por haber sanado a Cristy.”

El resto de la historia miles de personas la saben: a las seis semanas de haberle iniciado el tratamiento de quimioterapia, todo el cáncer se había desaparecido en los exámenes de seguimiento.

Tengo una misión de diseminar este testimonio por todo el mundo, porque no tengo otra manera de pagarle a Dios los cientos de milagros que ha hecho en mi vida. Cada día que veo a Cristy feliz, cantando, corriendo y bailando, a pesar de recibir los tratamientos más fuertes que un ser humano pueda recibir, ese día es para mí otro milagro que viene del cielo.

Humillado y arrodillado ante el gran poder de nuestro Señor Jesús, y el poder intercesor de su madre y Reina Universal de la Paz, la Virgen María, volví a ser el niño aquel alegre, curioso por las maravillas del mundo, y fascinado por el poder de la oración; por el Dios de la cruz y por la santa misa.

La oración te da el gran poder de la tranquilidad espiritual, la felicidad en medio de la tormenta, y la seguridad y confianza en que no estamos solos: Dios nos lleva de su mano, nos alivia y nos reconforta con cada paso que damos. Somos una familia unida y entregada a Dios, y esto nos da una paz inconmensurable.

“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allá estoy yo en medio de ellos”Mt 18, 20.

Facebook: “1 Millon de oraciones por Cristy Dangond Lacouture”

fdangond@gmail.com

@fernandangond

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