El rey de los jeans levantacola en Nueva York

17 de junio del 2012

El local Cali Caliente, en el barrio de Queens, llama la atención por sus voluptuosos maniquíes que lucen apretados jeans, fajas y colorida ropa interior.

Javier Chavarro
Escrito por: Maria Ximena Plaza.
Fotos: Luciana Kornalewski. 

Abrir la segunda sucursal de la cadena Cali Caliente en Queens, Nueva York, fue la sentencia para convertirse en un “hombre desperdiciado”. Para el caleño Javier Chavarro, la vida del administrador de una de las mayores tiendas de ropa colombiana en la gran manzana no era tan extenuante y agitada como la de un taxista y precisamente en ello radicaba su aburrimiento.

“Yo no me quería quedar cuidando trapos, cuidando un calzón. Me sentía inutilizado”, recuerda el caleño. Cuando llegó a Nueva York, hace 25 años, comenzó trabajando como mesero del restaurante Tierras Colombianas. Más adelante tuvo la suerte de conseguir una plaza para conducir un taxi en la ciudad. Su horario detrás del timón empezaba desde la 5 a.m. y finalizaba a la medianoche. Dormía entre 4 y 5 horas diarias. Pero su esposa y cuatro hijos no estaban contentos de que rondara por las calles de Nueva York. Con la que lo veían poco, y aún menos en la casa, le dieron un ultimátum: debía buscar otro trabajo.

La suerte estaba echada para Chavarro: con la venta de su carro, le llegó la hora de vincularse a Cali Caliente, el negocio de su familia, que se ha abierto paso en el mercado de ropa interior, fajas, corsetería, ropa informal y artesanía de la ‘gran manzana’. En el último año las ventas de este emporio de prendas “calientes” o excedieron las de 2011 en alrededor de 20 mil unidades. Un gran número de habitantes y transeúntes de Queens conoce alguno de los tres almacenes de la cadena y, muy posiblemente, recuerden claramente sus vitrinas, pues sus maniquís se caracterizan por el gran tamaño de sus senos y traseros. Estos últimos también llaman la atención porque que llevan puestos los famosos jeans colombianos ‘levantacola’. La mayoría de los productos de las tiendas son importados de Colombia, con las excepciones de ropa interior sugestiva para “noches especiales” y trajes “sensuales” para distintas celebraciones como la noche de las brujas. Más de 70 proveedores colombianos surten los locales. 

Javier Chavarro

Es una tarde de primavera en Nueva York y Javier está dedicado a atender los clientes del Cali Caliente en Jackson Heights, el primero de la cadena en abrir, en 1992. “Ponémela, ponémela, la señora ya volvió por la faja”, dice Javier, cuelga el teléfono y comenta que ni siquiera han mandado la faja Salomé de la bodega rumbo hacia el almacén, pero aclara que no se demora: “llega en cinco minuticos”. Poco tiempo después se dirige hacia la caja para entregarle la faja a la clienta guatemalteca. Mientras camina recorre un pasillo de enmarcado por ganchos vestidos estampados de pintas de tigre, blusas con huecos rasgados, faldas fucsia de colegiala, un vestido de lentejuelas y overoles con corazones dorados y botones brillantes

“Aproveche que se va a ver más linda, ahora no es que meta la faja en el clóset. Con el pasar del tiempo, se adelgaza el clóset, pero usted no”, le dice a la guatemalteca. Ella comenta que es la primera vez que compra la faja, siguiendo los consejos de una amiga colombiana. “Yo he tratado de usar las fajas que venden en almacenes de cadena como Macy’s y Century, pero no funcionan y tampoco me las aguanto.”

Javier recuerda que dos años después de abrir la segunda sucursal de la cadena, y justo cuando las ventas habían empezado a despegar en esta tienda, su rol de administrador lo llevó a ser el chaperón de Amparo Grisales en Nueva York. La diva colombiana viajó a la metrópoli para ser una de las jueces del Reinado Miss Colombia, que se lleva a cabo durante los mismos días de las celebraciones del 20 de julio. Javier la acompañó durante a las entrevistas con emisoras latinas y en los días de compras de la actriz por Manhattan. Cali Caliente estuvo presente en el certamen con un afiche que perfectamente les hubiese podido costar 10 mil dólares.

Javier Chavarro

Al preguntarle si la juez del reality ‘Yo me llamo’ compró algo en su tienda, Javier responde: “ella está acostumbrada a otro ritmo de vida: un jean colombiano no la mueve. Si se gastó 800 dólares en un par de zapatos… Aunque reconozco que es muy formal y sencilla, recorrió la ciudad vestida usualmente con sudaderas. Pese a que no lucía tan sofisticada como en la televisión, algunas personas aún la paraban en la calle”. Además de Miss Colombia, participantes de Miss Taxi, Miss Hispanidad y de otra veintena de concursos de belleza y desfiles en Queens caminan por la pasarela con vestidos de baño Leonisa. Con un afiche a su respaldo, el animador detiene cada evento para recordar que la gala en traje de baño ha sido cortesía de Cali Caliente. Con los patrocinios, el trabajo de Javier se ha vuelto más “agitado”, tanto dentro como fuera del almacén. Cuenta el caleño que “es tal la atención que despiertan las tiendas que algunos gringos se han parado enfrente de las vitrinas para que les tomen una foto.”

Si bien es cierto que Javier dejó su taxi para abrir la segunda sucursal de Cali Caliente, su esposa, Mayo de la Rosa, reconoce que como taxista, él no le permitía poner un centavo para sostener a la familia. El apoyo de Javier fue incondicional para que la cadena Cali Caliente lograra arrojar ganancias en algún momento. De acuerdo con Mayo, el primer local, que medía 4×4 m2, no tuvo los resultados esperados, por ello empezó a recorrer las calles con su hijo mayor, que ya caminaba y la ayudaba a cargar algunos paquetes de ropa, mientras otros eran transportados en el coche de su segundo hijo.

El siguiente intento para abrir el negocio fue en un local más amplio y sobre una avenida con mayor tráfico de gente, lo cual fue posible gracias a un préstamo aprobado por un dominicano, director de un banco, que no puso problema ante la ausencia de papeles e historia crediticia de Mayo. Con todo y la ayuda financiera, pasaron dos años largos para que el negocio llegara al punto de equilibrio. Solo entonces Mayo pudo renunciar a su empleo de mesera en un bar.

Javier Chavarro

“Lo colombiano y sexy vende bien” 

Unos instantes antes de cerrar la caja en el almacén de Jackson Heights, Javier les dice a las vendedoras que es su turno de apagar las luces. Mientras organiza la corsetería, una de ellas explica que la Salomé es famosa porque ayuda a “apretar, sudar y quemar grasa.” Cuando pasa al lado de un corsé rojo con moños negros, comenta que las jóvenes que trabajan en las barras de los clubes o bares son las compradoras frecuentes de ese estilo de strapless.

“Nueva York es una ciudad bastante sexy”, afirma Mayo para justificar la fila de mujeres enfrente del almacén de Jackson Heights, durante la víspera de la noche de brujas en años recientes. Acepta que las mujeres, sin importar la nacionalidad, quieren lucir como colombianas. “Cuando vas en la calle y ves pasar a una mujer colombiana, se ve la diferencia: su cabello, bluyines levantacola y blusas llamativas. Es tal la fascinación con nuestras mujeres que dueños de almacenes o bares le dicen a sus empleadas que digan que son colombianas”.

De ahí que no sea sorpresa que las mayores comparadoras en Jackson Heights sean ecuatorianas, mexicanas y dominicanas. “Lo colombiano y sexy vende bien, otras latinas quieren beneficiarse de la horma de la ropa interior que usan las colombianas, el cual les garantiza un busto parado, voluminoso y con realce”, agrega Javier.

Javier Chavarro

Un comercial transmitido en los canales RCN y Caracol en Nueva York cierra con “lo mejor de Colombia aquí, en Cali Caliente boutique: por eso papito está loquito por mami”. La frase, dicha por las hijas gemelas de estos empresarios caleños, es precedida por el anuncio de los jeans levanta ‘pompis’ de Coljean y la gel para la celulitis Maliqui.

Mayo insiste que la publicidad no representa necesariamente a las mujeres y productos colombianos: “un brasier blanco clásico de Leonisa no significa mucho sobre un maniquí, pero nadie puede negar su calidad. En cambio, algo que brille por sus colores fuertes, como un bikini bien atractivo, es el gancho para que más clientas entren a los almacenes”.

Este año, cuando la cadena de almacenes se sigue consolidando en Nueva York, un proveedor de fajas les hizo una oferta tentadora de compra de la tienda abierta por Javier en 2005. Por esta razón, hace un par de meses este caleño está a cargo del almacén en Jackson Heights –el más vendedor–. En cambio, Mayo administra la tienda en Astoria, Queens, la más nueva y grande de todas. Ambos empresarios colombianos le apuntan a que el nombre Cali Caliente tome más fuerza y así puedan empezar a vender franquicias “al estilo de McDonald’s”, agrega Mayo.

Javier Chavarro

La última clienta en el almacén de Jackson Heights en esa tarde de primavera es una americana que se mide un corsé, pero aclara que necesita uno de talla grande, pues ella usa un sostén 42. La vendedora le aclara que sólo cuentan con corsés que van hasta la talla 40. Ella insiste que se lo va a medir, porque compró un vestido blanco y quiere verse bien en una foto.

–Yo quiero con brasier, ¿no se puede? No entiendo, comprar tengo que poner uno (…) ¿cuánto vale esta cosa?

–US$59.99.

– ¿No hay otra cosa que me ponga más flaca y más barato? –insiste la mujer.

Javier Chavarro, Cali Caliente

Al recorrer las tiendas, es claro que las prendas serias, que cubren mucho el cuerpo y de tallas grandes son rotundamente prohibidas. Por esta razón es predecible que algunas personas sientan que las vitrinas se van al extremo e incluso se tomen algunos minutos de su día para regañar a las vendedoras. Otras mujeres, bajo el sueño de adelgazar en poco tiempo, compran alguna faja y al llegar a sus casas, hacen todo lo posible para poder ajustar su figura a la horma impuesta por los indelebles prendedores de la apretada ropa interior. Hace poco la desesperación de una colombiana la llevó a romper la faja, por ello, enseguida se dirigió al almacén en Jackson Heights. Cuando quiso un cambio de prenda, le mostraron los letreros que indican que “no se aceptan cambios en Cali Caliente”. Ella, enseguida, alegó “¿Por qué las tiendas colombianas no cambian la ropa? La temperatura de los insultos fue tan alta que llamaron a la Policía para que la señora, bien frustrada con su faja, saliera de la tienda. Para estos casos, Javier dice: “Vayan a Macy’s, donde sí pueden darse el lujo de estrenar ropa que ya es ajena”.

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