En Venezuela hay hambre, pero también solidaridad

25 de septiembre del 2018

Es mediodía y unos 20 niños esperan ansiosos en los desiguales y angostos escalones de un sector popular llamado La Montañita, que queda al costado de una vieja carretera que comunica a Caracas, la capital de Venezuela, con La Guaira, capital del vecino estado Vargas. Todos, desde el más pequeño, que tiene apenas 9 meses […]

En Venezuela hay hambre, pero también solidaridad

Anadolu

Es mediodía y unos 20 niños esperan ansiosos en los desiguales y angostos escalones de un sector popular llamado La Montañita, que queda al costado de una vieja carretera que comunica a Caracas, la capital de Venezuela, con La Guaira, capital del vecino estado Vargas.

Todos, desde el más pequeño, que tiene apenas 9 meses de vida, hasta el más grande, de 13 años, están impacientes por entrar a una casa de barro y techo de zinc en cuya sala funciona uno de los quince comedores populares que abastece en Caracas la iniciativa Alimenta la Solidaridad.

Antes de entrar, cada uno lava sus manos en una ponchera llena de agua y una de las madres les ayuda a secarlas. Otra los organiza en las dos improvisadas mesas que ocupan toda la sala de la vivienda. El espacio es insuficiente para recibirlos a todos, por lo que pasan en varios turnos.

En la modesta cocina, ubicada al otro extremo de la casa, a no más de diez pasos, otro grupo de madres se ha encargado de preparar el menú del día: ensalada de remolacha y papas, plátano sancochado con queso y revoltillo de huevos. Mientras los niños rezan, sirven una porción en cada plato, que otras madres llevan al comedor, junto con un vaso de leche.

Antes de las 2:00 p.m., 65 niños, los más vulnerables de este sector, habrán salido por la misma puerta por la que entraron, satisfechos y con bigotes de leche. Para muchos, será la única comida del día. “Gracias, Roberto”, le dicen a su salida a un joven que los acompaña ese mediodía.

Se trata del emprendedor social Roberto Patiño, fundador de Caracas Mi Convive, una organización para la prevención de la violencia en las zonas más peligrosas del Distrito Capital venezolano.

“No hay nada más injusto que un niño que no come, porque no puede desarrollar todo su potencial, toda su capacidad cognitiva, su capacidad física, y para nosotros esta tarea de tratar de llegar a la mayor cantidad de ‘chamos’ es impostergable y tan urgente e importante como cualquier otra”, le explicó a la Agencia Anadolu al referirse a Alimenta la Solidaridad, el proyecto que lidera.

Todo comenzó en mayo de 2016, cuando el hambre comenzaba a ser noticia en el país caribeño y una niña llamada Fabiola se le acercó, en el marco de una actividad de Caracas Mi Convive, y le dijo: “Dame algo de comer, que me estoy muriendo de hambre”.

Madres y docentes ya le habían manifestado su preocupación por la inminente llegada de las vacaciones escolares y, con ellas, una pausa en la única opción de alimentación que tenían algunos niños. Mientras los estudiantes de las escuelas en las que no se servía comida habían comenzado a desertar, algunos de los que todavía iban a clase se desmayaban de hambre en los salones.

El equipo de Patiño dio inicio, entonces, a este proyecto de corresponsabilidad, en el que ellos ponen los –difíciles de conseguir y en algunos casos inaccesibles– alimentos, y las comunidades ponen el espacio, las ollas y la mano de obra voluntaria, para preparar, de lunes a viernes, el almuerzo para los niños más necesitados de cada sector.

Este comenzó siendo un proyecto de ocho semanas, para 60 niños de La Vega, una zona al oeste de la capital, y en dos años se ha convertido en una red nacional de 40 comedores, gestionada por unas 500 madres que buscan beneficiar a unos 4.000 niños. En dos años, nada más en Caracas, han servido más de 250.000 platos de comida. Todo esto lo han logrado con donaciones de insumos y de recursos económicos.

Los tres hijos de Yurelvis Sánchez, una madre soltera de 33 años de edad, se encuentran entre los beneficiados. Hasta hace tres meses su hogar formaba parte del 80% de hogares venezolanos que presenta “algún grado de inseguridad alimentaria”, según información de la más reciente Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), un estudio elaborado por las principales universidades del país.

“Aquí hacíamos el ‘desalmuerzo’, entre 11:00 a.m. y las 12:00 p.m., y la cena, entre las 6:30 p.m. y las 7:00 p.m., para que tuvieran dos comidas”, le contó Sánchez a la Agencia Anadolu. Como ellos, 8,2 millones de venezolanos hacen dos o menos comidas al día, también según Encovi.

Pero para Sánchez y sus hijos las cosas cambiaron cuando se inauguró el comedor número 14 de la capital, en la sala de su casa, en La Montañita, el 23 de mayo de este año.

Cada mediodía, de lunes a viernes, Angely Espinoza acude a su humilde morada con sus dos niños, uno de nueve meses y el otro de dos años. Confiesa a Anadolu que aun teniendo el cupo en el comedor para ellos, se le dificulta alimentarlos: “A veces desayunan, luego los traigo al comedor y siempre les guardo un poquitito de lo que les dan para la noche (…) Los fines de semana, con el sueldo que gana en la semana mi esposo, resolvemos”.

Más de la mitad de los encuestados de la última Encovi aseguró haber perdido un promedio de 11 kilos durante el 2017, por no haber podido acceder a alimentos. Ese año, nueve de cada 10 venezolanos no pudieron pagar su alimentación diaria, según el mismo estudio.

Luego de que el país entrara en un proceso hiperinflacionario, en noviembre de 2017, las cosas han empeorado. Diputados de la Asamblea Nacional revelaron que la inflación de agosto cerró en 223,1%. Los precios de todo, incluidos los alimentos, se triplicaron.

La inflación interanual, desde agosto de 2017 a agosto de 2018, se ubicó en 200.005%, mientras que la acumulada en el año alcanzó 34.680%. Los parlamentarios proyectan una tasa de 4.000.000% para fin de año, muy por encima del pronóstico de 1.000.000% que hizo el Fondo Monetario Internacional.

En el marco de la reciente reconversión monetaria, el presidente Nicolás Maduro decretó a partir de este 1º de septiembre un aumento de sueldos de casi 4.000%. El salario mínimo integral, que antes era el equivalente a unos 50 bolívares soberanos, pasó a ser de unos 2.000 bolívares soberanos. Sin embargo, siguen siendo insuficientes para adquirir la canasta alimentaria, que para el mes de agosto se ubicó en unos 9.000 bolívares soberanos.

Tras la implementación de las medidas económicas del Gobierno, expertos locales advierten que habrá más escasez, sobre todo de alimentos, y que incrementarán los precios de los productos que se consigan, pese al intento del Ejecutivo por controlarlos.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO