Felipe López, un magnate angustiado

Felipe López, un magnate angustiado

25 de febrero del 2011

Ver primera partesegunda parte.

Mientras Colombia lee Semana, sus periodistas duermen. Mientras Félix de Bedout se pelea con un paramilitar en La W, Uribe insulta a Coronell en Twitter y la gente se grita en pleno trancón, los lunes los periodistas de Semana llegan a las 11 a. m. a la oficina con un café en la mano. En el consejo de redacción, más que discutir qué estuvo bien y mal de la edición, los periodistas de Semana especulan qué personalidad pública puede “echar humo” gracias a su escritos. En La W, en Twitter, en los trancones. Con seguridad hay alguien.

Uno de ellos es Felipe López, el dueño.

Así fue el caso el lunes 22 de agosto de 1988. María Elvira Samper, la editora, publicó en un confidencial que, por primera vez en años, el noticiero 24 Horas le había ganado en rating al Noticiero de las 7, propiedad de López y su esposa, Pilar Castaño. El viernes, día en que la revista Semana se cierra, Felipe estaba en Nueva York y no pudo revisar la edición.

Y el lunes botaba humo. Con la revista en la mano, preguntó quién había escrito ese confidencial. Después de enterarse que fue María Elvira, le tiró la revista en la cara. Ella, una de sus amigas más cercanas, le renunció de inmediato.

Días después, López y Samper se encontraron en un entierro. Y, cuenta ella, “ahí estaba Felipe, con esa cara que hace, de perrito regañado; y yo cómo le iba a decir que no. Volví”. Ese es un Felipe López, el que siempre cae parado.

También está Felipe López, el que no mira para abajo. Un ex empleado de Semana me contó que un día venía de recoger su almuerzo, una sopa que llevaba en un plato. Estaba en el ascensor y López entró sin percatarse de él. Siguiente escena: la corbata de Felipe López dentro de la sopa del periodista, que sudaba de nervios. Ambos se bajaron y López nunca se dio cuenta de su corbata ensopada mientras estuvo en el ascensor.

Y está Felipe López, el gran burgués. En su casa de Anapoima tuvo lugar el matrimonio de María, su hija, al que se invitaron 900 personas. López estuvo más que pendiente de la lista de invitados. La vida de Felipe López es la vida de un burgués, en todos los sentidos: dueño de los medios de producción, heredero de la vieja aristocracia y promotor del libre mercado. Nació el 10 de noviembre de 1947 y entró en el Liceo Francés, estuvo un tiempo en Boston y se graduó del Colegio Nueva Granada. Se fue para Alemania, después entró al London School of Economics, una institución de neoliberales, e hizo un MBA en Suiza. Al graduarse trabajó en Londres para la Federación de Cafeteros. Vivía en un barrio burgués, en Chelsea, en un sótano arrendado. Quiso trabajar de mesero y el primer día Fernando Mazuera, un amigo de la sociedad aristócrata bogotana, se lo encontró y le dijo “chino, usted qué hace acá. Diga de cuánto es el problema y yo se lo arreglo”. Con 90 libras en la mano, Felipe se quitó el delantal y se fue. No duró un día.

En esta capilla se caso María López.

Otro de sus palacios lo tiene en el East Midtown Manhattan, en Nueva York. Allí se ve al Felipe López caminante, lector de revistas, artista y coleccionista de arte inédito que recoge en ferias de artesanías en París, Madrid o Medellín, donde encontró la mesa china con incrustaciones en nácar que está en su apartamento en Bogotá, que queda en un edificio de patrimonio arquitectónico.

¿Un gran burgués, Felipe López? ¿De verdad? Felipe López puede ser visto de muchas formas: que es un títere del poder, que es un solapado, que es un genio, que es un maestro, que es un mujeriego. ¿Quién es Felipe López? ¿Quién es el fundador y presidente de la revista más influyente del país? ¿Cuál es la verdad –bueno, sí: casi toda la verdad– sobre Felipe López?

“Si quiere descuartizar a Felipe López, lo tiene que ver por pedacitos: que es avaro, contemplativo con el poder, que se burla de todo el mundo, pichón de rico. Pero si lo mira en su totalidad, Felipe López es coherente. Mirado en su integridad, se aplaude. Felipe no vive de cuento. Cada suscriptor se lo consiguió a punto de rigor”, dijo Héctor Rincón.

Primero está Felipe López, el periodista, al que comparan con Charles Foster Kane.

Si el periodismo es el primer borrador de la historia, en el caso de Semana esto se nota a leguas. La revista ha escrito la historia del país en los últimos veinte años de la A a la Z. Y le ha dado un punto de referencia a la opinión pública. Semana, más que nadie, redacta las fuentes de los historiadores. La Revista nunca ha tenido reparos para denunciar a los delincuentes que se han pasado por estas tierras en los últimos treinta años, que no son pocos. The Washington PostThe New York TimesThe Economist han dicho que Semana es la mejor revista de Latinoamérica. Hay un antes y un después de Semana en la historia del país. Y eso se debe al ingenioso trabajo de Felipe López Caballero.

“El imperio de Kane en su gloria… era un imperio sobre un imperio… Para 44 millones de lectores, más noticioso que los nombres en sus titulares, era el mismo Kane, el más grande magnate de periódicos de esta o cualquier generación”, dice el narrador de El Ciudadano Kane.

Kane, el protagonista de la película de Orson Wells.

En pleno cierre, una periodista tenía que confirmar un dato con Felipe López. Lo cogió en la portería y le preguntó. Felipe, que no sabía la veracidad del dato, le dijo “¡calumnia, calumnia! Pero publíquelo: después rectificamos”. Ese es un parecido con Kane: que se lanza sin tapujos.

En el quinto piso del edificio de Semana está la oficina de López, separada en tres cuartos: el de Mireya, su secretaria, una sala de juntas y el cuarto donde está el escritorio que nunca usa. Hay una televisión, cuadros coloridos, un muñeco del Tío Sam, un reproductor de cine antiguo y una parodia de la portada de Semana con el título La boda del siglo, que hace referencia al matrimonio de María, su hija.

En ese mismo piso están los editores y María López. En el cuarto piso es la sala de redacción y en el sexto está la oficina del director, que es un altillo forrado con los diplomas de los innumerables premios que ha recibido la revista. Ahí trabaja hace diez años Alejandro Santos, quien me dijo “Felipe, un preocupado estructural, le hace honor al filósofo Søren Kierkegaard: la angustia es parte esencial de su existencia. Felipe vive porque vive angustiado”.

En eso, digamos, también se parece a Foster Kane: en que no se puede quedar quieto. Pero tiene una gran diferencia: López no es un mercenario de las noticias. La credibilidad de Semana no es en vano. A pesar de que nunca salió a la calle a hacer reportería, tiene una sensibilidad periodística innata. Y eso lo convierte en un gran periodista: balanceado y audaz. “Un artículo escrito por Felipe es dialéctico: enfrenta las teorías, el por qué sí y el por qué no. Él ya sabe la conclusión, pero el artículo está deconstruído con todos los ángulos”, dice María Isabel Rueda. Felipe, dice Antonio Caballero, “no es un Rupert Murdoch, que pone su prensa al servicio del poder, sin importar la objetividad. Tampoco es un Berlusconi, que la pone al servicio suyo”.

Son famosas dos frases de Felipe López: “los comunistas del cuarto piso”, para referirse a sus periodistas, y “no hay delincuente de cuello blanco”. Hay gente que le llama a eso solidaridad de clase, porque no se gana enemigos en el poder. En el plano periodístico, López tiene complejo de ser injusto. Y se lo critican, porque presume la inocencia de la gente hasta perjudicar el escepticismo que debe tener un periodista. Cuando su papá era presidente la prensa le dio muy duro a la familia, y tal vez por eso Felipe quedó con la idea de que la gente no es mala por naturaleza: de que la inocencia se debe dar por sentada antes de que se compruebe lo contrario. No sabe conducir, pero en el periodo presidencial de su papá salió la noticia de que había atropellado a una persona. En realidad, el culpable fue un funcionario de Palacio que se había robado un carro. Ese tipo de experiencias marcaron su visión periodística.

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José Gabriel Ortiz es tan buen amigo de Felipe que tiene cuarto en la finca de Anapoima, y fotos con el ex presidente López en su casa. Según él, Felipe puede hablar con Julio Sánchez Cristo unas quince veces al día. “Julio lo llama porque sabe que es de las personas mejor informadas de Colombia… Le pregunta chismes, rumores, todo. Pero a medida que avanza la semana, Felipe se empieza a callar, a guardar los datos, hasta que el viernes es él quien llama a Julio”. La sección insigne de Semana es la primera que uno se encuentra, Confidenciales. Es producción única de Felipe y su periodista-asistente de turno. Y es, con Sociales, la sección que más lo trasnocha.

Más que un chisme o un rumor, un confidencial de Felipe López es un dato sobre una noticia. Los hace a punta de hablar con un centenar de personas al día. Sandra Janer fue su periodista-asistente durante cinco años. Como practicante se lo ganó con subir, sin tapujos y con intensidad, a reportarle qué chismes nuevos había. Lo considera su maestro. Cuenta –y todo el que ha trabajado con él lo sabe– que Felipe es un psicorrígido del lenguaje. Una apreciación típica sería “si está diciendo pájaro, a qué pájaro se refiere: ¿al canario o al loro?”.

A todos les ha pasado que Felipe los llama a las tres de la mañana de un viernes para que le cambien una coma de la tercera frase a la penúltima pastilla de los confidenciales. A todos. A los más viejos también les tocó descifrar un artículo editado por López: una hoja arrugada y rota llena de tachones y con anotaciones en letra ilegible. ¡Rápido, por amor de Dios!”, es una de sus frases. Así como “¡eso es una vergüenza!”, “¡en qué cabeza cabe!”, “¡proceso mental, por favor!”, “¡no insulte mi inteligencia!” y “¡estoy en sus manos!”. También tiene expresiones con el porcentaje de lecturabilidad, porque piensa en los lectores potenciales de cada nota: “Esa tiene 87% de lectura, esa 100%, esa 10”. Pasar una noche de viernes con Felipe López puede ser agotador, pero le enseña hasta al más sabio. Porque es Felipe López, el periodista. López, el jefe, el maestro.

Tiene temperamento, pero se le pasa en dos minutos, dice Mireyita. “Le hace falta un palmadón”, añade. “Lo veo rompiendo vasos”, dice Antonio Caballero. “Lo he visto patear un archivador”, dice María Elvira Samper. “Tiene unos procesos muy lopistas”, dice Rincón: “tiende a la subestimar la inteligencia de los demás”.

En uno de esos famosos almuerzos en su oficina, me contó uno de los presentes, le reprocharon un artículo sobre Enrique Peñalosa. Felipe llamó a la autora y la regañó delante de todos los que almorzaban. “Se necesita ser extraterrestre para escribir eso”, le dijo. Cuando uno de los presentes le dijo que no la humillara así, López hizo cara de regañado, le botó un piropo genial a la periodista y el asunto quedó resuelto.

En cualquier medio del mundo, el jefe tiene que hacer cierta labor política. Le toca, tarde o temprano, ganarse unos cuantos enemigos. Puede pasar por autoritario, por arrogante, por megalómano. Esos con gajes de ser la cabeza de un medio de comunicación. Y Felipe López, el magnate, lo ha sabido manejar con inteligencia, con humildad y sin hacer ruido.

Semana fue el medio que más duro le dio al gobierno de Samper en el proceso 8.000, pero Felipe logró mantener una relación civilizada con el presidente. Felipe, el político, no es irreverente como su papá, pero heredó una sensibilidad política que usa para manejar su revista. No es rencoroso. Se busca la menor cantidad de enemigos políticos posible. Según Alejandro Santos, Felipe sufrió mucho con los escándalos de Uribe, porque era uribista, pero no podía negar que las “chuzadas” o los “falsos positivos” tenían evidencias que lo obligaban a publicar. Felipe dijo que era más uribista que la revista.

Falsos positivos y las chuzadas del DAS fueron los grandes temas de Semana en el gobierno de Álvaro Uribe.

La política es uno de los temas que le apasionan. Una política vista desde el punto de vista del lector: “una historia ligera con contenido político, al estilo del escándalo de Clinton con Mónica Lewinsky, lo puede fascinar”, dice María Isabel Rueda; “el escándalo del grupo Grancolombiano fue de esas historias que lo apasionaron”. Si López, el periodista, ve pruebas, puede tumbar ministros, como fue el caso en el escándalo del “Miti miti”, en 1998.

A Felipe López, el periodista, si se le ve en su totalidad, no hay forma de criticarlo. Se aplaude, como dice Rincón. Pero hay el que encuentra forma de criticar a Felipe López, el empresario. Dicen que, como su papá, es avaro: que maneja su empresa como una tienda que no ofrece garantías a sus empleados. Unos, por un lado, se quejan porque muchos contratos son por prestación de servicios y entrar en nómina es muy difícil. Las producciones periodísticas no siempre pagan viáticos. Se dice, además, que una de las grandes habilidades de Felipe es contratar gerentes avaros, que no tienen escrúpulos para echar gente y recortar gastos.

Pero por otro lado, muchos periodistas no tienen nada de qué quejarse: a ellos les pagaron bien y por Semana son los periodistas que son hoy. Y acá hablamos de periodistas con premios en medio mundo. La empresa les da duro a los periodistas jóvenes y desconocidos, pero consiente a los grandes nombres y a los veteranos.

María Isabel Rueda, amiga de Felipe y columnista de Semana por veinte años, dice que sus “conversaciones sobre sueldos con Felipe siempre fueron muy difíciles”. Antonio Caballero, columnista hace 25 años y amigo hace sesenta, nunca ha firmado un contrato con él.

Pero si la informalidad está en los aspectos burocráticos y administrativos de la empresa, también se vive en el ambiente. Lo dice Vladdo, y muchos lo corroboran, en su libro Una semana de quince años: “Felipe López tiene, de lejos, el mejor trabajadero con el que un periodista puede soñar… Semana podría tener en la redacción el mismo letrero que tienen los restaurantes de carretera: ‘ambiente familiar; atendido por su propietario’”. A Semana llevan mariachis por un cumpleaños, hacen concursos en diciembre y en las fiestas de fin de año, que se hacen en Andrés Carne de Res, botan la casa por la ventana. Las Acacias, el restaurante paisa en la calle 94, es la segunda oficina de los periodistas. El ambiente de Semana, lo aseguran sus empleados, está lejos de ser el tedio que se vive en las oficinas.

Las oficinas de Semana en la calle 93 de Bogotá.

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Con una bufanda rosada, un vestido gris de paño y rodeada de flores moradas, María López me recibió en su oficina en el quinto piso de Publicaciones Semana. Es un cubículo como el de un editor, donde se ven fotos de su hijo, Felipe, de un año, y un revistero actualizado con todas las publicaciones de la empresa. Su favorita es una de cocina. Después de graduarse de derecho de los Andes, y mientras trabajaba en un proyecto de antitrata de personas en las Naciones Unidas, Felipe López, el papá y empresario, le pidió que se metiera a la empresa. Ella no quería, pero le aceptó una propuesta: está un año, y si no le gusta, se va. Se quedó, y hoy es responsable de los proyectos sociales de Semana, entre ellos el de El Salado, que busca reconstruir el pueblo destruido por los paramilitares en 2000.

El primer tema que toqué con María fue el de las críticas sobre la informalidad de la empresa. Me dijo que el contrato de prestación de servicios es una necesidad de la labor periodística y que, si bien a los jóvenes les pagan mal, es innegable que Semana es una escuela de periodistas. Aceptó, además, que Semana tiene carencias: “Semana empezó y creció en una forma muy artesanal. Hay que desarrollar capacitaciones, cultura organizacional, valores y beneficios”.

María vino para quedarse, porque en treinta años se ve al frente de la empresa, y sabe cómo la puede mejorar a futuro. Desde que llegó a Semana ha tenido clara su responsabilidad social con el país: hacen foros, tienen una fundación, crearon Conexión Colombia.

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Carmen Mireya Durán fue a entrevistarse con el director de Semana, Felipe López, en marzo de 1984. “¿Usted es ordenada?”, preguntó López. “Sí”, contestó Durán. “Listo, queda contratada”, remató. Hoy Mireya camina como “Pedro por su casa” por el edificio de Semana. Todo el mundo la saluda, la consiente. Dice que tiene el mejor directorio telefónico de Colombia. Y es la mano derecha de Felipe López, el jefe: le organiza sus almuerzos, le maneja la chequera y las dos empresas de inversiones que tiene López están a su nombre. Como un adolescente, Felipe recibe de ella una mesada de sesenta mil pesos. Mireya cumplió sus bodas de plata el año pasado y afirma que le “dieron una buena tajada”.

Después de Mireyita, la segunda persona más influyente sobre Felipe López es Elizabeth Gutiérrez, la empleada del servicio que fue niñera de María y hoy lo es de Felipe, el consentido. Ella se conoce todas sus mañas alimenticias: no come verduras, cero grasa, muchas frutas. La tercera persona más importante en la vida de Felipe López es José Gerena, un santandereano de casi dos metros que le sirve de escolta, conductor, asistente y decorador. Como miden casi lo mismo, Gerena también es la persona encargada de medirse la ropa que Felipe López compra.

Es muy común ver a un empleado de Semana –cualquiera menos Felipe López, porque está prohibido– en las páginas de la revista. José fue portada en un artículo sobre las cooperativas de seguridad en 1994. Como Mireyita, José conoce a todos los empleados de la empresa y camina por ella como si fuera su casa. Felipe López, el personaje, es tan personaje, que vuelve a sus empleados personajes. Los tres hablan de él como una persona cariñosa, divertida, inteligente. A los tres, Felipe, el jefe, les ha pagado casi todo, incluida la educación de sus hijos.

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Gracias al boom tecnológico en los medios de comunicación, José Gerena ya no tiene que pensar en las revistas que hay que llevar a Anapoima los fines de semana. El periodista que más se ha lucrado de las revistas en Colombia, comprobaron las fuentes, ya no consume revistas: canceló todas sus suscripciones y hoy en día lee en iPad.

Se lucró de las revistas incluso antes de montar una. Se fue para Alemania a los 16 años a aprender un idioma que hoy maneja a la perfección –así como el francés, el inglés y el italiano‒. Todavía no podía entrar a la universidad, por ser tan joven, y consiguió un trabajo que necesitaba “jóvenes extranjeros que vendan revistas puerta a puerta”. Felipe era de los que más vendía, gracias a que sensibilizaba a los clientes con que tenía siete hermanos en Colombia a los que tenía que mantener.

Historias de revistas –e historias en general– hay suficientes para escribir un libro sobre la vida de Felipe López, el excéntrico. Cuando era permitido bajarse del avión durante una escala, Felipe se iba a comprar revistas. En una de esas –quizá porque, como es un indeciso, no sabía bien cuál comprar– lo dejó el avión. Llegaron el abrigo, el paraguas y el maletín, pero no llegó Felipe López. José pensó que lo habían secuestrado.

Su mundo es como el de un niño, el burgués, que en vez de juguetes quiere revistas. Es común que deje su reloj Cartier en forma de pago de unas revistas: deja el número telefónico de Mireya y ella arregla. Y lo mismo hace con todo: firma papeles por el mundo como si estuviera en un club social. Felipe López es tan inútil que vive de delegar.


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Los entrevistados no pudieron pensar en un mentor. Algunos nombraron a Antonio Caballero, un amigo y primo con el que coincidió en Londres y con el que viajó a Mallorca a buscar novias escandinavas, sin éxito. Pero Caballero es más un contemporáneo. La única persona que vale es su papá, Alfonso López, el ex presidente del que heredó inteligencia, clase, frialdad, humor y encanto con las mujeres. Fue su secretario privado en la presidencia. De niño, en 1950, se fue con él a México, donde estuvieron exiliados durante el gobierno conservador de Mariano Ospina.

“Nadie sabe”, dice José Gabriel Ortiz, “que Felipe López fue de las primeras personas que secuestraron en la historia de México”. Tenía unos tres años, estaba con su hermano Alfonso en la calle montando bicicleta y pasó un carro que se lo llevó y le dio vueltas en Ciudad de México por catorce horas, hasta que lo devolvieron sin explicación.

Felipe López, el cosmopolita, siempre ha sido amante del cine –y un adicto al trabajo– y por eso fue productor. Movía cielo y tierra para que sus producciones se llevasen a cabo con éxito. Para El niño y el papa le mandó una carta a Monseñor López Trujillo en la que manifestaba estar preocupado por la pérdida de fe en los colombianos. Felipe López, el religioso, no reza ni va a misa. El objetivo era que lo dejaran grabar la llegada del Papa a Colombia en 1986. Encima, logró que el Ministerio de Comunicaciones, en manos de Noemí, le prestara una grúa y que el niño protagonista de su película fuera y se abrazara con el Papa. Los elegidos fue otra de sus producciones estrella, así como La misión, una película con Jeremy Irons y Robert De Niro.

A María la hacía ver Casablanca cuando niña. La última película que le gustó fue Taken, sobre la trata de personas. Poco le gusta ir a cine. Poco, en realidad, le gusta con pasión. Le gustan las uvas y las naranjas, que deben ser importadas. Detesta el tomate. Amante de los chocolates, no le gustan si tienen decoración o alguna cosa adentro. No toma trago: si por accidente se toma un vino blanco, le echa hielo. No sale por las noches, aunque puede ir a tres almuerzos en un día. No a comer, ni más faltaba: Felipe López va es a socializar.

Porque el almuerzo es la hora más importante del día. Como burgués que es, como europeísta que es, el almuerzo es el ritual que le da sentido al día. Experto en mezclar gente de diferentes círculos sociales, los almuerzos en su oficina son una leyenda, la mayoría de ellos improvisados, aunque no pequeños ni informales.

Nervioso porque no sabía dónde almorzar durante unas vacaciones en Sicilia con su familia, vio un Volkswagen escarabajo de última generación en el carril de al lado. Se bajó del carro y se montó en el Volkswagen que manejaba una mona alta con pinta de modelo, que terminó sentada con él almorzando y oyéndole sus cuentos inventados: que venía de Australia, que era coleccionista de arte, que había estado en la guerra.

En Londres “yo lo odiaba porque nos quitaba todas las novias”, dice José Gabriel. Las habilidades de López con las mujeres están llenas de humor, elegancia y originalidad. Es Felipe López, el donjuán. “Tiene muchas amigas”, fue lo que dijeron varios entrevistados. Se separó de Pilar Castaño porque, según ella, es un “ladies man, elegante, de café de sociedad”.

López es tímido y rompe su introversión con comentarios impertinentes: “si usted adivina de qué país soy, le regalo un cuadro”, le dijo a una mujer de tacones altos y minifalda. “Puede hacerme una pregunta y yo le digo qué pregunta hacerme”, insistió él. “Listo”, dijo la mujer. “Pregúnteme cuál es mi profesión”. “¿Cuál es su profesión?”, preguntó ella. “Narcotraficante”. “Ganó, escoja un cuadro”. Nunca se lo compró, pero almorzó con ella.

Felipe López, el personaje, tiene su neura. Y no se puede quedar quieto. Ha llamado a Pilar Calderón a las tres de la mañana a preguntarle cómo se prende el microondas. Su inutilidad es célebre, y la usa para burlarse de sí mismo: a todos los artefactos tecnológicos les dice mouse. El iPhone lo pierde tres veces al año, en promedio. Llama a Mireya desde Eslovenia para que le traigan comida al cuarto del hotel. Midnight Blue y Hollywood White son los dos colores –inventados, a manera de chiste– de las baldosas para la piscina de la finca que tenía como posibilidad. Las metía en el lavamanos y le preguntaba a la gente cuál les gustaba más. Se gasta una buena cantidad de dinero por cambiar pasajes. Viaja, además, para almorzar con los colombianos que viven en el exterior. Puede estar en Roma y el cielo estar azul, y él se queda toda la mañana en el cuarto siendo Felipe López, el periodista. María Elvira Samper se incomoda cuando piensa en la cama de Felipe llena de migajas.

La única mujer que ha sabido manejar a Felipe López, lo dijeron las entrevistas, es su novia hace 23 años, Lila Ochoa, directora de la revista Fucsia, de Publicaciones Semana. De pelo negro y liso, facciones proporcionadas y sonrisa de catálogo, Lila es una mujer de bajo perfil que no se siente en una pasarela. Como Felipe, el coleccionista, ella es amante del arte clásico. En la sala de su apartamento, donde hablé con ella, hay cuadros de Gustavo Zalamea y David Manzur.

Es su mujer y quizá la novia con la que Felipe López, el galán, pasará su vejez. Como un príncipe árabe, López vive rodeado de mujeres. Ellas dicen que no es guapo, pero que tiene una elegancia y un estilo únicos. “Es un metrosexual”, dice Mireyita. Y “se cuida de combinar bien los colores y vestirse bien, aunque detesta ir de compras”, dice María. Para ir a toros, se pone pantalones rojos. Siempre, desde que tiene gafas, ha usado el mismo marco de carey. “Son las gafas más sucias y enmelocotadas de Colombia”, dice Cecilia Orozco, porque para quitárselas y ponérselas las toma del lente y no lo limpia después.

Como con el marco de las gafas, López no es de cambiar: siempre es el mismo restaurante de carne, la misma librería, el mismo sastre. En cada una de sus ciudades –Madrid, París, Londres, y Nueva York– tiene una peluquería donde lo conocen. En Bogotá es la Peluquería del Country, en la calle 97 con 10. El dueño, Jorge Elí Fontecha Luengas, es el barbero y peluquero de López hace treinta años. Sonaba Melodía Stéreo y olía a café cuando lo conocí en su peluquería, donde uno se siente en el corazón de la cepa cachaca más tradicional, de hombres tiesos y majos, con sus corbatas y sus camisas bien anudadas y planchadas.

Felipe, el lord, conoció a Jorge cuando era un empleado más de la peluquería. De pelo negro peinado al milímetro y un año más viejo que su cliente estrella, Jorge tartamudea al hablar, más si le pregunto por el genio de López. “A veces le dan ataques”, dice, “pero siempre se desquita por teléfono”. Le paga 72 mil pesos y le da propina. En la peluquería o en la oficina, se ven todos los viernes cada 15 días. El corte es sencillo, clásico, parejo. “Es un proceso automático”, dice Jorge, que tiene colección de la revista SoHo, cortesía de Felipe, el caballero.

No es raro llegar a la oficina de Felipe López un viernes, con los afanes de un cierre, y verlo sentado como un lord mientras lo peluquean y Nelly Blanco, una viejita que trabaja para Jorge, le corta las uñas. Los periodistas no saben, aunque se lo pueden imaginar, lo difícil que es cortarle el pelo a Felipe López, el periodista, el empresario, el jefe. “El tipo”, dice Jorge, “no se puede quedar quieto”.

Ver primera partesegunda parte.