Historias de taxi: El cantante

Historias de taxi: El cantante

31 de enero del 2018

“Yo, soy el cantante que hoy han venido a escuchar
Lo mejor del repertorio a ustedes voy a brindar”.

El Cantante – Héctor Lavoe

La canción que hizo popular el gran Héctor Lavoe, que parecía una radiografía de su vida artística, se convirtió en el himno de vida de Juan Carlos. A bordo de su taxi hace honor a la melodía: quien tiene el placer de ser recogido por él una calle de Bogotá presencia un concierto de primera categoría. La sabrosura que impregna en cada trayecto es el mejor ingrediente para convertir una aburrida noche en medio del pesado tráfico de la ciudad, en una experiencia inolvidable.

Al tomar el taxi aparece al volante un hombre chiquito, con un bigote de hace veinte años, bien peinado, perfumado y con el primer botón de la camisa apuntado. A simple vista parece el taxista que conduce lento, precavido, y que escucha todo el día Melodía Stereo. Pero este semblante bonachón da paso a un salsero empedernido, con voz potente que recuerda perfectamente a Lavoe, Bobby Cruz, Cheo Feliciano, o cualquiera de las grandes estrellas que brillaron en los años sesenta y setenta en memorables agrupaciones como La Fania, la Sonora Ponceña y la Sonora Matancera.

Nada más entrar al carro amarillo, pulcro e inmaculado, da inicio al espectáculo: “Mijo, espero no le moleste mientras canto”, y pone una canción en su radio. Es ‘Mujer divina’ de Joe Cuba. Empieza su viaje y rápidamente su voz apaga la de los parlantes. No solo canta, sino que siente en sus venas los timbales, las trompetas y las congas. De alguna forma, yo también los siento.

Ofrezco un tímido aplauso en agradecimiento, anonadado con lo que acabo de presenciar. Con los ojos en el espejo retrovisor devuelve una sonrisa y continúa el concierto. Sigue ‘La Murga’ de Lavoe y Colón. Baila en su asiento mientras entona cada verso de forma prodigiosa. Espero que termine y hago la pregunta: “¿Dónde aprendió a cantar de esa manera?”.

“Soy cantante – contesta-. Un rolo que canta salsa. No hay que ser caleño ni costeño. Tenía mi conjunto, hace como treinta años”. Antes de continuar con la siguiente pieza le pido que me cuente por qué nunca se hizo famoso. Juan Carlos lo piensa por unos segundos y luego cuenta su historia.

Era 1988 y apenas tenía 19 años, pero ya era cotizado en los círculos salseros de los bares de la capital. Junto a su conjunto se presentaba todos los fines de semana y ponía a gozar a cientos de personas. La salsa clásica era su fuerte. Conocía cada letra, la historia de las canciones, los artistas, la teoría, en fin, era un experto. Pero su época era otra y la salsa romántica tomaba fuerza, y él, ni corto ni perezoso, adoptó esta vertiente como suya.

Tenía un futuro prominente, desbordaba talento y ya habían agentes de importantes agrupaciones caleñas interesadas en concretar su fichaje. Su meta era Niche o Guayacán, y veía esta posibilidad muy probable. Pero la vida tenía otros planes para él.

Un día le llegó una noticia que le cambiaría su vida para siempre. Marcela, su novia, empezó a sufrir de mareos, vomitaba con frecuencia y tenía antojos extraños. Estaba embarazada. “Fue la alegría más grande que he tenido. Cuando lo tuve en mis manos se me olvidó buscar la fama, tenía a alguien que dependía de mí y no podía esperar un par de años a ver si me salía una buena oportunidad con un grupo o como solista con una disquera”.

¿Con qué experiencia contaba? Con ninguna, nunca había trabajado en algo diferente al canto. Pero las noches en bares y discotecas eran agotadoras y su hijo lo necesitaba. Su novia, y hoy esposa, lo esperaba, lo quería y buscaba a un padre junto a su pequeño. No tenía opción más que conducir un taxi.

“Como dijeron los maestros Willie Colón y Héctor Lavoe, todo tiene su final. A veces sueño con los escenarios, con tomar un micrófono, no en reuniones familiares como hago en ocasiones. Por ahora el taxi es mi tarima, el manubrio mi micrófono y las luces de los carros mis reflectores”.

Al terminar su relato, continúa su rutina. El trayecto es largo y alcanza a cantar unas cinco canciones. ‘De qué callada manera’, ‘El Ratón’ y ‘Aguzate’ son las únicas que reconozco. Finaliza su presentación con ‘El Cantante’, una canción que cierra una velada de ensueño.

A cada uno de los que sube, como sucedió conmigo, ofrece lo mejor de su repertorio. Le canta a la vida de risas y penas, de momentos malos y de cosas buenas. No lo hace ante miles de personas, pero complace los oídos de sus pasajeros. Él es el cantante.