Huérfanos de las balas

Huérfanos de las balas

9 de enero del 2011

El pequeño José Antequera escuchó la noticia por la radio. Oyó  hablar de un atentado, heridos, ambulancias, de un tal Ernesto Samper que había caído al lado de su papá, palabras a su edad sin significado. Sin entender nada, su mamá, María Eugenia Guzmán, le explicó que a su papá, José “Pepe” Antequera, lo habían matado por ser un político de izquierda, líder de la Unión Patriótica. Fue el 3 de marzo de 1989 en el aeropuerto El Dorado.

Por eso, desde los cinco años, José Antequera empezó la tarea de reconstruir su historia. A sus 26 años se dedica a desarrollar un proyecto para recuperar la memoria histórica de Bogotá, que consiste en ubicar en un mapa los sitios donde fueron asesinados 64 personalidades de la política del país en los últimos cien años.

Las propuestas de asilo no faltaron. Cada semana asesinaban en el país a nuevos integrantes de la UP en distintas regiones. María Eugenia venció el miedo y se quedó en Colombia con sus dos hijos: José, de cinco años, y Érika, de diez.

Aislados de cualquier contacto político, los Antequera sobrevivieron de forma modesta con el ingreso de Maria Eugenia. José empezó a encontrar anécdotas para armar la vida de su papá como un rompecabezas: de sus estudios en Derecho en la Universidad del Atlántico, del momento en que se vinculó a las Juventudes Comunistas (Juco), donde empezó como Secretario General y llegó al  Comité Central del Partido Comunista en 1985; los debates con Alfonso Cano, su compañero de militancia, sobre los acuerdos de paz de La Uribe, firmados con el gobierno de Belisario Betancur en 1984, y las discrepancias frente a la lucha armada y la utilización de la tregua para fortalecerse en lo militar.

José siguió muchos de los pasos de su papá. Se matriculó también en la facultad de Derecho del Externado, se acercó a la Juco y a otros movimientos estudiantiles, como el Proyecto Aurora, por la defensa de los derechos económicos, sociales y culturales, que funcionaba en la Universidad Nacional. Así conoció a otros hijos de líderes políticos de izquierda asesinados, decididos a enfrentar el olvido, pero sin organización alguna.

José empezó solo. Creó una revista virtual, La Llorona, en homenaje a la leyenda colombiana y donde abordaba diferentes temas. Pero el camino se le abrió en realidad cuando la directora de su tesis lo orientó en el tema de la memoria histórica. Su esposo era un catalán que había participado en los procesos de justicia y reparación de la era post-franquista. Ese mismo año, José descubrió el documental El Baile rojo, sobre el exterminio de la UP, que se convirtió en el detonante para juntar en un movimiento que enfrentara la impunidad y el olvido. Así nació Hijos e hijas.

Se estrenaron en 2006 con una manifestación de rechazo a los primero parapolíticos que pretendían postularse al Congreso, como el general retirado Rito Alejo del Rio. Montaron sketches frente a su sede y la presión contribuyó a que volvieran a abrir el proceso que lo vincula por presuntas acciones a favor de los paramilitares de Urabá. El movimiento ha crecido. En cuatro años cuenta con cien personas y forma parte de la Red Internacional de Hijos.

José Antequera coordina desde 2008 el Centro de Memoria Paz y Reconciliación, un equipo que trabaja en una cartografía de la memoria. Los lugares donde fueron asesinados los líderes políticos y sociales del país quedarán marcados en un mapa de Bogotá. Empezaron con  42 puntos de memoria y continuarán con 64. Y tienen identificados los puntos donde cayeron el general Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliecer Gaitán, Álvaro Gómez Hurtado y, por supuesto, José “Pepe” Antequera, junto a Jaime Garzón, Jaime Gómez, el asesor de Piedad Córdoba, los investigadores del Cinep Elsa Alvarado y Mario Calderón, y los jóvenes de los “falsos positivos” de Soacha. Al final serán tantos que no tendrán espacio en un sólo mapa, pero habrán asegurado su sitio en la memoria.

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