La huella de Vargas Lleras

La huella de Vargas Lleras

13 de diciembre del 2010

Hace ocho años, el 12 de diciembre de 2002, un paquete llegó a la casa del hoy Ministro del interior Germán Vargas Lleras. La rutina establecida obligaba a Rodrigo Rodríguez, su mensajero, a trasladar la correspondencia que llegara a su domicilio a la oficina en el Congreso de la República. Ese día no fue distinto. En el recorrido en el bus que lo transportaba, un frenazo en seco del conducto hizo que el paquete que llevaba Rodríguez se cayera al piso. Ese fue el golpe de suerte que salvó a Germán Vargas: la mitad de la carga explosiva que iba en el paquete se desactivó.

Hasta después de las 5 p. m., mientras el senador se fumaba uno de los veinte cigarrillos que consume al día, abrió los documentos envueltos en un plástico transparente.  Rompió la bolsa y descubrió la agenda color negra que venía en su interior. En instantes explotó.

Lleno de sangre en la cara, el pecho y su mano izquierda, Vargas Lleras salió del Congreso custodiado por sus escoltas, sin entender que había ocurrido. Uno de ellos, Ómar Orjuela, recuerda que fue él quien lo ayudó a subirse a la camioneta blindada, mientras veía cómo le colgaban tres dedos de la mano. Vargas Lleras intentaba prender las luces de la camioneta, pero Orjuela se lo impedía con distracciones, para evitarle el impacto. Al final logró prender la luz. No lloró. Nunca ha llorado. Ese día quedó condenado a vivir sin la mitad de su mano izquierda.

Tres años después, un medio de comunicación publicó el informe de la Fiscalía donde Joaquín Vergara Mojica, ex guerrillero de las Farc, fue responsabilizado del atentado. Vergara enviaba  paquetes con explosivos a dirigentes políticos, avisaba de forma oportuna las autoridades con la ilusión de obtener  recompensas de la CIA por alertar sobre los atentados que él mismo hacía. En el caso del Ministro del interior, las autoridades supieron, pero no alcanzaron a llegar para detener la tragedia.

Desde entonces, Vargas Lleras no ha dejado de pronunciar las siguientes palabras: “A Germán Vargas Lleras nada lo detiene frente a sus metas”, como si decirlo fuera una sentencia acertada. Con su mano izquierda mutilada, llegó un nuevo atentado en octubre de 2005, esta vez con carro bomba que fue puesto por milicianos de las Farc a las afueras de Caracol Radio, donde él participaba en un programa de opinión. Salió ileso, pero varios de los hombres de su cordón de seguridad resultaron heridos de seriedad.

La vida cotidiana de Vargas Lleras cambió en buena medida después de perder dos dedos y medio de su mano izquierda. Su swing de golf también se vio afectado, además que ahora no cuenta con tanto tiempo para practicar el que es su deporte favorito, junto a los acuáticos. El ministro siempre toma el micrófono con sólo su pulgar e índice completos, mientras que con la mano derecha se dirige al público.

En lugar de esconder su mano cercenada por los explosivos, Vargas Lleras no siente pudor hacia su cicatriz de guerra. Él es oficial de la reserva del Ejercito Nacional. De ahí su espíritu recio y su voz de trueno. Una prótesis que mandó a hacer a Francia fue incautada por la Dian. El papeleo para la nacionalización era tal que el ministro prefirió seguir su vida adelante sin ella. Su mano izquierda  tiene, incluso, un efecto simbólico frente a sus interlocutores: nadie puede contradecirlo cuando habla de la guerra, el terrorismo en el país y de las víctimas. Todo lo ha vivido en carne propia. Las palabras sobran.