La mujer y la fiesta brava

La mujer y la fiesta brava

16 de febrero del 2011

Es indudable que la mujer da mayor realce al espectáculo taurino y tal parece que está íntimamente unida con la fiesta de los toros, pues toda ella tiene algo de común con ésta.

Sus ojos ardientes tienen el fuego de una ovación, los labios encarnados el rojo de la sangre derramada, las cabelleras negras simulan el luto de tragedia y las rubias son el sol que juguetea en el oro de los termos, la emoción que se anuda a sus gargantas tiene el palpitar agónico de la fiera, su gracia al andar imita el revuelo de un capote, su risa argentina tiene vibraciones de cantar flamenco, el arrebol de sus mejillas es el color de una rosa o un clavel, las violetas extienden sobre sus párpados, la tersura de su piel es el suave acariciar de un pitón sobre los alamares, su coquetería parece el burlar del diestro al toro.

No cabe duda, la fiesta es mujeril.

Y ella, que se reconoce en las corridas de toros, asiste para prestarles mayor encanto con su turbadora sonrisa, con su aplauso, con su presencia.

Lo mismo que una reina comunica majestad y elegancia, con su porte y distinción, a los lugares a que asiste, la mujer, soberana de la fiesta brava, preside las corridas luciendo como manto la admiración que despierta, llevando por corona su prestancia y donosura, reclinándose, en lugar de un trono, sobre un bordado capote de paseo y derramando a su alrededor, como don  otorgado por su mano regia, su suavidad femenina y su ternura de mujer.

Cuando esa soberana baja al ruedo, y viste su traje campero, haciendo resaltar más aún su exquisita y frágil figura que enfrenta graciosa a la fiera, oponiendo a ella su valor femenino, todo en torno suyo se idealiza, convirtiéndose en un poema de fuerza delicada.

Ella, como el hombre, tiene por meta la manifestación del arte, que ejecuta arrogante y soberbia, lo mismo a pie que a caballo.

Cuando, montada en primorosa y briosa jaca, mira altanera el peligro, esquivándolo con ágil quiebro y dejando clavado en lo alto del monte del toro, y cuando, ya en tierra, torea afiligranada y bravamente, todo lo que de ella se diga, por muy florido que sea el lenguaje que se emplea al hablar, no puede compararse con la realidad, porque sin perder su feminidad es temeraria, sin perder su dulzura, es valiente.

Así, al terminar la faena, cuando reclamaba por el público desesperado y loco, saluda desde los medios, agradeciendo la ovación, que bajo la forma de los gritos y los aplausos le arrojan sobre sí los corazones ya suyos de un público que desde un principio fue suyo, con el encanto de una sonrisa que ha sido capaz de detener al tiempo, y recibiendo el mismo masculino, su mirada activa y sobrenatural se cruza con otra que no lo es menos, y al encontrarse y comprenderse, se saluda y fraternizan la reina en los ruedos y la reina del tendido, que pareciendo dos, es la misma.

¡Bendita Fiesta Brava! ¡Bendita la reina de esa fiesta!


Guillermo Cano