La última hora de Videla

La última hora de Videla

23 de Diciembre del 2010

Se necesitaron veinticinco años para que el único líder vivo de la última dictadura militar en Argentina recibiera una condena ejemplar con probabilidad de cumplimiento: Jorge Rafael Videla, a sus 85 años, irá a una cárcel común por lo que le queda de vida, o de gobierno Kirchnerista. En los vaivenes del péndulo político, será posible que en un futuro quizá no muy lejano cumpla la condena en casa como cualquier preso de su edad.

Antecedentes, varios. Con la restauración de la democracia en el gobierno de Raúl Alfonsín, Videla fue condenado a prisión perpetua en el Juicio a las Juntas de 1985, pero un lustro después el presidente Carlos Saúl Ménem lo indultó junto a sus cogobernates de facto, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, el día de los inocentes Haría falta la llegada de Néstor Kirchner al poder para que  la decisión se declarara inconstitucional y volviera a los estrados judiciales junto con los demás responsables.


Madres de la plaza de Mayo

En eso están ahora, tratando de hacer justicia sobre la base de que los delitos de lesa humanidad jamás prescriben. Agosti murió en 1997 y Massera hace apenas un mes largo, por lo que la condena que recibió Videla se puede considerar como un triunfo, dure lo que dure. Sorprendió su impavidez al escuchar el fallo, aunque en realidad es la misma cara que ha tenido siempre: siempre ha estado convencido de que actuó por el bien de Argentina y que cualquier esfuerzo fue poco para combatir el terrorismo guerrillero. Así, Videla considera  esta nueva condena como un servicio más a la patria.

En la calle, en medio de una ola de calor que ya va en alerta amarilla, las voces a favor del fallo se centran en la ilegalidad y el repudio a los métodos aplicados por la dictadura para exterminar todo lo relacionado con Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo, mientras que las voces en contra privilegian el resultado y la suerte de no haberse convertido en Colombia, lugar común para ejemplificar un desastre que no ocurrió gracias a la dictadura.

Aún con las heridas frescas, Argentina es un país franco, sin vergüenza. Cualquiera que desee saber qué ocurrió puede hacerlo, nada está oculto. Y aunque los militares no suelen declarar en los juicios, las huellas de sus actos hablan por sí solas. Para vivificar el significado de la condena a Videla, recorrimos la ESMA, Escuela de Mecánica de la Armada, ubicada en Buenos Aires y epicentro de los crímenes que se cometieron entre 1976 y 1983 contra más de treinta mil personas.


Fachada del Edificio “Cuatro Columnas”, o Pabellón Central, lugar de estudio para los suboficiales de la armada. Se dice toda la ESMA estuvo involucrada en las actividades clandestinas de detención, tortura y exterminio.

Piense en un campo de concentración nazi para ir en la dirección correcta hacia este lugar de diecisiete hectáreas en el que la Armada y las demás organizaciones militares y policiales del Estado cometieron  los crímenes bajo el mando de la Junta. En el casino de oficiales, conocido como Selenio, se concentró la mayor parte de las detenciones ilegales. Se trata de una construcción que a pesar de las reformas para ocultarlo todo, puede dar cuenta de la forma en que se realizaban los secuestros, ya fuera entre las sábanas por la noche o en el pleno de una clase universitaria. Encapuchados, esposados y engrilletados de ahí en adelante, los sobrevivientes recuerdan hoy las sensaciones, los sonidos, los olores con los que pueden reconstruir lo sucedido.

A Selenio entraban por una galería abierta en la parte posterior del edificio. Desde ahí llegaban al vestíbulo principal y bajaban al sótano, donde en un primer momento se tomaban sus datos y se les asignaba un número que iba del 1 al 999, para volver a empezar. Es así que puede calcularse que por ahí pasaron al menos cinco mil detenidos, al hallar a cinco de ellos que coincidieron con una misma identificación.


Primera garita de control a la que llegaban los detenidos. Iban encapuchados y metidos en los baúles de los carros, pero recuerdan el salto al pasar por la gruesa cadena que iba de lado a lado de la calle.

Luego de convertirse en un número, se podía pasar directo a las salas de tortura, al fondo. Ahí se llegaba atravesando la Avenida de la Felicidad, o el corredor que terminaba en cuatro pequeños cuartos, improvisados, que para no parecer pocos los numeraban 13, 14, 15 y 16. A un mismo tiempo había oficinas, consultorios médicos y un comedor para los estudiantes de la armada.

De vuelta en el vestíbulo del primer piso, desde donde se ve el salón de gala, condecoraciones y a veces inteligencia militar, continuaban su camino hacia “Capucha” o “Capuchita”, subiendo por las escaleras que compartían con los militares que habitaban el lugar. “Capucha”, puesto el nombre por estar siempre encapuchados (esposados, engrilletados y acostados en “ataúdes” de tapa abierta dos metros de largo por uno de alto), corresponde al altillo del edificio, y “Capuchita”, más arriba, es un pequeño segundo nivel destinado a los detenidos de otras entidades distintas a la Armada.

Ahí convivían más de un centenar de militares que rotaba cada seis meses con aproximadamente sesenta detenidos, que también rotaban. De este lugar no escapó nadie. Las más fueron trasladadas, supuestamente para ir a cárceles legales y ser juzgados, pero en realidad recibían inyecciones de un medicamento llamado pentotal para ser adormecidas y lanzadas vivas al mar, ya que pronto se toparon con el inconveniente de que los muertos flotaban y llegaban hasta las costas del Uruguay. Eran vuelos que salían puntuales cada semana, o cada quince días, desde el aeropuerto cercano a la ESMA, el Jorge Newbery.


Fotos de los detenidos-desaparecidos, tomadas por Víctor Basterra, el sobreviviente que logró sacar un importante archivo fotográfico escondido entre sus calzoncillos.

De los cinco mil detenidos-desaparecidos sobrevivieron doscientos que fueron liberados sin un tiempo, sin un orden, sin una lógica. Hubo detenidos de días, y otros de años, como Víctor Basterra, la persona que más tiempo estuvo ahí y que sobrevivió gracias a la utilidad de su oficio: tomar las fotografías 4×4 de los documentos falsos que se fabricaban para los distintos menesteres de la dictadura, archivo que pudo sacar escondido entre sus calzoncillos para la memoria de todos.

Por Basterra es que podemos ver el último rostro de Graciela Alberti, una mujer de expresión altiva, cuya mirada logra traspasar el grosor de sus ojeras, y una especie de sonrisa oculta muy bien lo que habrá sido el más duro golpe de su vida, en la mandíbula. Marina Ducrot, politóloga y la guía de nuestra visita, se refiere a esa actitud como La Resistencia, esa que sienten muchos visitantes desde la puerta de entrada al complejo de la ESMA.

El lugar es abierto, sin mobiliario, pero se va poblando a medida que se avanza con los relatos y testimonios. Es entonces cuando al entrar a “Capucha” el recuerdo de los cuerpos encerrados, vejados de mil formas, es insoportable; la música empieza a sonar muy alto y aún así se alcanzan a oír los gritos de júbilo de los torturadores por el triunfo de la Argentina en el Mundial de Fútbol del 78; la humedad que brota del piso penetra los huesos, y cuando uno piensa que ahí la vida ya no es posible, se oye el llanto de un bebé que ha nacido allí. Se llama Juan y su mamá se lo repite durante veinte días antes de morir, sin parar un solo instante, para que no se le olvide nunca. Y no se le olvida: sueña con que se llama Juan… Juan… Juan… y así terminaría por ser a pesar del rapto del que fue víctima: él era y siempre será Juan Cabandié, hijo de la desaparecida Alicia Alfonsín y el nieto 77 recuperado por las Abuelas de Plaza de Mayo, o una muestra más de lo que se llama Resistencia.