A lomo de yegua, en nueve horas escapó de la guerrilla

18 de mayo del 2015

En la guerra perdió una pierna. Si se firma la paz volvería al Meta.

A lomo de yegua, en nueve horas escapó de la guerrilla

La huida

Mientras la yegua corría a toda velocidad en medio de la selva, lo único que pasaba por mi mente era que si nos cogían nos mataban. En silencio me pregunté una y mil veces ¿por qué lo hice? ¿Por qué me dejé convencer de él? Aunque meses antes lo había deseado, no quería morir a mis 16 años; pero la muerte la sentía cada vez más cerca.

Andrés, que iba en las ancas del animal y con el fémur de su pierna izquierda fracturado,  desde que escuchó el primer disparo no paraba de implorar en voz baja, hablándole a la bestia que nos llevaba a él y a mí, “vamos, vamos”; mientras que yo, con más ganas que fuerzas físicas, le pegaba con un rejo para que no aminorara el paso. Pero esa yegua estaba más cansada que nosotros dos. Lea también: Ella se infiltró en una temible banda de paseos millonarios.

Él llevaba más de ocho años en la guerrilla, y yo algo más de la mitad. Éramos del Frente 40 de las Farc.

La decisión de volarme de la guerrilla, al igual que la de quedarme en el grupo, fue obligada. Mes y medio antes, Andrés, al verme tirada en mi caleta -donde duermen los guerrilleros- y después de insistirme por varios días y encontrar siempre un no por respuesta, se mandó la mano al cinto y sacó su pistola, la montó y me la puso en la cabeza, abrió los ojos, bajó la voz y me dijo: “Mire Denis, prefiero pegarle un tiro ya mismo a dejarla aquí sola. Vea china, usted con el tiempo va sufrir mucho (él tenía razón: sin una de mis piernas ya nunca sería la misma)… se va conmigo o se va conmigo”.

Duramos planeando el cómo escapar de la guerrilla durante más de un mes. No éramos los mejores amigos y no era regular que nos la pasáramos juntos, muy de vez en cuando nos sentábamos a hablar sobre nuestro plan. Lea también: “Yo iba pa’l infierno”: alias Karina.

Mientras que la yegua de color gris bajaba a galope de la Serranía de la Macarena pensé en Leidy, no quería que me pasara lo mismo. Le hicieron un consejo de guerra por intentar volarse del campamento. Su sentencia la presidieron el Mono Jojoy, Alfonso Cano y Raúl Reyes.

A Leidy la tuvieron amarrada por más de dos meses a un palo que enterraron a un lado del campamento. El día del consejo de guerra nos hicieron formar frente a ella y después de leer el delito que cometió empezó la votación que decidiría si la dejaban vivir o no. Los milicianos -personas que no son guerrilleros pero que trabajan para el grupo recogiendo y entregando información- votaron que la mataran.

La mayoría de los guerrilleros votamos que la dejaran vivir. Al final el Mono Jojoy, tras decirle que cualquier error, por pequeño que fuese, lo pagaría caro, le perdonó la vida. A los pocos meses Leidy fue ajusticiada sin ninguna razón de peso. Lea también: Así son las peleas ilegales de Bogotá.

El 15 de junio de 2006 Andrés se me acercó y me dijo: “Alístese porque nos vamos hoy”. El miedo y la ansiedad invadieron mi cuerpo. El plan era  que el camarada ‘Darío 40’, comandante de nuestro frente, se enterara de que yo me iría para los chontos -los sanitarios en medio de la montaña- así él, con la excusa de ayudarme a desplazar, se podría alejar por unos minutos.

Sobre las cuatro de la tarde el cielo se rompió y empezó a caer sobre la Macarena un fuerte aguacero. Dos horas más tarde Andrés me hizo una señal y saltando en el único pie que desde hacía seis meses me quedaba, me fui para la caleta del camarada y le dije que iba para los chontos y que por favor me prestara su capa para no mojarme.

El camarada ‘Darío’, que me estimaba como a una hija, no solo me la prestó sino que él mismo me la puso. Andrés, con la aceptación del camarada, me acompañó.

Guerrillera-reinsertada-2

Desde que una bomba me quitó el pie derecho, Andrés, que también estaba en el campamento de los enfermos porque un balazo de fusil le había trozado el fémur izquierdo, se convirtió en un gran apoyo. Me cogió cariño y yo a él.

Comenzamos a bajar de la serranía. El campamento estaba muy, pero muy arriba en la montaña. Yo saltaba como un canguro, en un solo pie. Lea también: Así se hacen las operaciones infiltradas en Colombia.

Andrés, que tenía su hueso a medio soldar, de vez en cuando me alzaba y corría conmigo a sus espaldas. Cuando sus fuerzas se agotaban me bajaba y seguíamos, yo con mis brincos y él caminando a mi lado.

Con horas de antelación y sin que yo lo supiera, Andrés había llevado dos bestias desde el campamento hasta un pequeño riachuelo ubicado a una media hora de camino. Me intentó alzar de nuevo para ir por los animales, pero me preocupaba que el hueso de su pierna se volviera a trozar. Lea también: Cae la mujer de las 14 identidades.

Le dije que se bajara por los animales, una yegua y un caballo, los únicos que había en el campamento, y que mientras yo bajaba a brincos él subiera las bestias. Lo dudó. No quería dejarme sola. Sentía que yo era su responsabilidad. Sé que si le hubiera tocado dar su vida por mí lo hubiese hecho, no lo dudo.

Él había amarrado las bestias a un árbol junto a la quebrada. Al momento de soltarlas, según me lo contó después, se le escaparon. Tal vez por los nervios y la adrenalina. La yegua cogió por un lado y el caballo por otro.

Andrés volvió y me dijo que siguiera bajando y que lo esperara en el riachuelo. Iba a buscar a los animales, porque sin ellos no era posible escapar. Aunque quería más devolverme que seguir, continué el camino, llegué hasta el caño y en medio de los matorrales me senté a descansar y a esperar.

Mi compañero empezó a correr montaña arriba. Sin que lo vieran volvió hasta el campamento, ubicó al camarada Darío, se dejó ver de él y de otros jefes; por los alrededores del campamento encontró a la yegua, el caballo no apareció.

Mi corazón casi se sale del cuerpo cuando escuché ruidos fuertes, era Andrés que venía a galope en la yegua gris. Con su ayuda me monté adelante, él tomó las riendas, atravesamos el caño y empezamos a bajar a toda marcha.

Durante las casi cinco horas que duramos bajando la montaña nos encontramos con tres anillos de seguridad. A todos les dijimos lo mismo: que el camarada Giovanni -un jefe de poco rango- nos había mandado para el siguiente comando. Nos dejaron pasar sin ningún problema.

Después del último comando, al parecer un animal asustó a la yegua, que nos tumbó a tierra. Rodamos varios metros. El hueso de Andrés se volvió a partir. La capa del comandante y la chaqueta que yo llevaba se me cayeron. Las perdí.

Aunque pretendió soportarlo, Andrés se agarró la pierna y lloró por unos segundos del dolor. Sentí que todo estaba perdido. Él se levantó, se amarró la pierna, se le acercó al animal, le habló, la consintió y volvimos a correr en ella.

Después de varias horas de galopar por carretera, sentimos que a varios kilómetros de distancia venían guerrilleros por nosotros. El ruido de una motocicleta se escuchaba cada vez más cerca. El sonar de las balas también se escuchaba cada minuto más y más cerca.

Cuando entramos al pueblo La Julia (Meta), donde yo nací y viví hasta los 12 años, nuestros antiguos compañeros nos tenían a menos de 100 metros. Eran la cuatro de la mañana.

Nuestro objetivo era llegar al batallón que había sido instalado en La Julia unos cuatro meses atrás. Para cortar camino nos metimos al cementerio. Al otro lado, y en medio de la madrugada, cuando ya nos  sentimos cogidos, salió de la nada un soldado alto, negro. Nos preguntó: “¿Ustedes qué hacen a esta hora por aquí?”

Ni Andrés ni yo podíamos responder. El militar, al ver nuestro silencio, volvió a repetir la pregunta. Fui yo quien respondí: somos guerrilleros y nos venimos a entregar.

Antes de que empezaran a sonar las balas de los guerrilleros, que tenían la orden de llevarnos o matarnos, el soldado nos dijo: “Bienvenidos a la libertad”.

En la vida civil

Los guerrilleros que venían por nosotros se enfrentaron a bala con los soldados que nos recibieron. Yo no quería bajarme del animal. Un militar se acercó y estiró sus brazos con la intención de bajarme. Empecé a gritarle “no me toque ‘chulo’ hijueputa”. Andrés, cojeando de dolor, fue quien me bajó.

No quería que ellos me tocaran. El camarada ‘Darío’ nos decía que los militares botaban a los guerrilleros desde lo alto del los helicópteros. Yo les tenía miedo, pero más que miedo, les tenía odio. Durante los cuatro años y medio que estuve en la guerrilla constantemente a las mujeres nos decían que si los soldados nos agarraban -allá se les dice ‘chulos’- nos iban a matar, no sin antes violarnos.

Guerrillera-reinsertada-4

Dos años atrás, en una fiesta en las Farc, ‘Darío’ le pegó dos tiros a ‘El Indio’, quien quiso violarme. Esa noche estábamos celebrando con baile, aguardiente y guarapo un combate que le ganamos al ejército.

La única luz que teníamos para rumbear era la de la luna. Le dije a una compañera que me acompañara a los chontos. Mi amiga se quedó a unos cinco metros de distancia de la zona de chontos. Alcancé a desabotonarme el pantalón cuando sentí ruidos detrás de mí. “Se nos metieron los chulos”, pensé.

Una mano grande me tapó la boca. Sentí el cañón de un arma en mis costillas. “No grite o le va muy mal”, fueron las primeras palabras que escuché, muy pasito.

Mientas que aquella persona me llevaba hacia atrás escuchaba que mi amiga me llamaba. Ella pensó que me había ido por otro lado sin avisarle y regresó al campamento.

Solo escuché: “Soy ‘El Indio’ y usted, mamacita, a las buenas o a las malas va a ser mía y si grita le meto un tiro”.

‘El Indio’ era un compañero del frente. Un guerrillero raso. Llevaba 12 años en la guerrilla y según lo que se rumoraba dentro del grupo ya había violado a más de una compañera. Tenía unos  38 años y yo en ese momento tenía 14.

Con la reata del fusil me amarró las manos a la espalda, y con una pañoleta me tapó la boca. Intenté defenderme pero me tenía dominada. Me estaba muriendo del miedo y del asco.

Cuando la compañera que fue conmigo llegó al campamento empezó a buscarme para recriminarme por haberla dejada botada. Extrañada, se le acercó al camarada ‘Darío’ y le comentó que me había ido para las chontos y que no aparecía. El comandante la cogió del brazo y los dos, en compañía de otro par de guerrilleros, salieron a buscarme.

En el momento en que ‘El Indio’ estaba bajando mi pantalón un ruido atrajo su atención. Aproveché su descuido y le di una patada en la entrepierna. Salí corriendo.

La reata no estaba bien apretada, se soltó. Me quité la pañoleta de la boca y seguí corriendo. Me estrellé de frente con el camarada ‘Darío’, mi amiga y tres compañeros más. Mientras le iba contando al jefe lo qué había ocurrido volvimos a la fiesta.

Como si nada, ‘El Indio’ apareció más tarde en la rumba. El camarada ‘Darío’ apagó la música, se paró en la mitad del campamento y dijo: “Aquí hay alguien que está cometiendo un error grave y no me lo voy a aguantar”, señaló a ‘El Indio’ y lo mandó llamar.

“Yo no hice nada camarada”, respondió. “Yo no dije que usted haya hecho algo…pero se acabó de condenar solito”, le respondió el camarada, luego, en medio de todos, sacó su pistola personal y le pegó un tiro en la cabeza y dos más en el pecho. El camarada dio la orden de botar el cuerpo por un peñasco. Cuando el cadáver salió de la pista de baile la música continuó.

Pero no me salvé un año antes de entrar a las Farc. Tenía 11 años. Un vecino del pueblo, que años después fue asesinado por orden del camarada ‘Darío’, ingresó por el techo de la casa de mi mamá y me violó mientras que mis hermanitos pequeños dormían en la misma habitación.

Aunque ese hombre, que era hermano de un guerrillero, amenazó con matarme y matar a mis hermanos si yo contaba lo que me había hecho, se lo dije a mi mamá cuando llegó al pueblo después de abandonarnos por unos 15 días para irse tras uno de sus tantos maridos. No me creyó.

Desde que nací fui un estorbo para mi mamá y para sus hombres. Así me lo ha dicho desde que tengo memoria.

Aunque llegué a la guerrilla engañada y no quería pertenecer a ese, ni a otro grupo armado, estar en las Farc, desde que entré al grupo hasta que perdí la pierna, fue una de las mejores cosas que me pudo haber pasado. A pesar de que tocaba cumplir órdenes y regirme por sus leyes, fue encontrar un hogar, un espacio en el que por primera vez en mi vida me consideraban parte de algo.

Las Farc eran las dueñas de la Julia y de otras zonas más del Meta. Allá, hasta comienzos de 2006, nunca hubo un solo policía ni ejército en el casco urbano. El Estado era totalmente ausente. Las Farc eran la autoridad.

Así conocí a Alexis, un guerrillero que se la pasaba en el pueblo y que se había convertido en un buen amigo. Me decía constantemente que me fuera con él para las Farc; pero nunca le acepté la invitación. Aunque el grupo era la ley y el orden yo le tenía miedo a las armas, a morir o a que me pasara algo malo.

Un día Alexis me cambió los papeles. Me dijo que aceptaba que no quería irme como guerrillera y que respetaba mi decisión. Pero a cambió me invitó a un curso que las Farc darían sobre manejo de armas, derechos humanos y política social. Lo único malo, me dijo, era que el dichoso curso duraba seis meses.

Cuando llegué a este mundo, hace 24 años, mi papá y mi mamá no estaban juntos. Ella vivía con otro hombre, un sicario que trabajaba para los paramilitares del Meta. Ese hombre me odiaba. Cuando tenía dos años me quemó la mano derecha con agua hirviendo. Aún tengo una gran cicatriz.

Guerrillera-reinsertada-5

Meses después, antes de cumplir tres años, me dejó otra cicatriz. Me quiso matar y con un machete me rajó la cabeza. Mis abuelos maternos me rescataron. Viví con ellos unos cuantos años.

Mi mamá volvió a llevarme para su casa para cuidar a mis hermanos pequeños. Comíamos de la caridad de los vecinos. A mi mamá siempre le importó más ser esposa y mujer antes que madre.

Conocí a mi papá dos días después de cumplir 11 años. Fue gracias a mi abuela y a don Rogelio,  un amigo que tenían en común. Mis abuelos me dejaban bajar al pueblo cada ocho días, los domingos de mercado, para verme con él. Me demostró cariño y empezaba a quererlo.

Al tercer domingo lo busqué por todo el pueblo y no estaba. Don Rogelio me dijo que volvería, que me había dejado saludos y que se había tenido que ir para El Castillo. Mi papá era miliciano de las Farc en ese municipio.

Se fue sin despedirse. Lloré mucho. Durante muchos meses bajé los domingos al pueblo con la ilusión de encontrarlo. Nunca más lo volví a ver.

Cansada de mi mamá, no volví donde mis abuelos y le pedí posada a una vecina, una indígena ecuatoriana que vendía lo que junto a su esposo confeccionaba y tejía. Ella me dio techo, comida y cariño. Hasta allá llegó mi mamá y me dijo que me largara, que no soportaba verme ni siquiera en la cuadra.

Paradójicamente hoy, que vivo en el sur de Bogotá, mi mamá vive con algunos de sus hijos, y otro esposo, muy cerca de mi casa, la cual conseguí con ayuda del gobierno y su programa para la reintegración.

Después de entregarme, como era menor de edad, me trasladaron a un hogar de paso del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, donde con la ayuda de psicólogos y doctores empecé a trabajar en el proceso de reintegración a la vida civil.

Aunque las personas que me atendían intentaban ser espaciales conmigo, no me sentía en mi lugar. No estaba cómoda en Bogotá. A los pocos meses de haber llegado, junto con otros niños y niñas que también venían de la guerrilla y se habían entregado, o los habían capturado, planeé escapar para volver a las montañas de la serranía.

Cuando varios habíamos alcanzado la calle, me detuve y recordé que una psicóloga me dijo que si me regresaba para allá lo más seguro era que me matarían porque era obvio que había entregado información al ejército. Tenía razón. Recapacité y convencí a mis compañeros de regresar.

Cuando cumplí los 18 años la Alta Consejería me adoptó como una reintegrada y por ser reclutada con engaños a la guerrilla, siendo menor de edad, fui recibida en el programa de víctimas. Con el dinero que me dieron como reparación compré un lote en Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá, y construí mi casa.

Hoy, tras ocho años fuera de la guerrilla, estoy cursando noveno grado. He hecho varios cursos en el Sena. Estoy bien. Me siento contenta. Estoy feliz por mi casa porque tengo donde meter la cabeza.

Guerrillera-reinsertada-3

Pero es difícil estar en un lugar donde uno es estigmatizado. Donde las personas condenan por haber estado en un grupo como las Farc. Aunque uno trata de mantener oculto su pasado -no por pena o arrepentimiento- las personas que lo saben lo miran y lo tratan a uno como a un bicho raro.

Una señora me iba a dar trabajo, pero al enterarse que había sido de las Farc, me sacó de su empresa de una manera muy fea. La misma sociedad es la que no permite que haya oportunidades para las personas que quieren dejar la guerra. Muchos no entienden que una, en las circunstancias de aquel tiempo, si ponían el ojo en uno, no se tenían muchas opciones: era ser de la guerrilla, de los paras o morir.

Después de caer en el engaño de Alexis sobre el supuesto curso con la guerrilla, me llevó para la Serranía de la Macarena. Era la única menor de edad. Esperé un par de días y pregunté por el curso pero nadie me daba razón. Me le acerqué al camarada ‘Darío’, lo había conocido el primer día. Me lo presentó Alexis a quien nunca más volví a ver.

El comandante fue quien me sacó del engaño. Me dijo: “Mire mijita, aquí no hay ningún curso. Desde que usted puso un pie dentro del campamento hace parte de las Farc. Bienvenida”. También me aclaró que si me salía del campamento, demarcado por unos árboles, me haría consejo de guerra y me mataría.

Duré llorando varios días. No quería ser guerrillera. Al tercer día, parada al frente de más o menos 3.000 hombres y mujeres que conformaban el frente 40 de las Farc, me entregaron un uniforme verde y un par de botas de caucho. Me tocó quitarme la ropa frente a todos, quedé en top y cacheteros.

El pantalón que me entregaron me quedaba muy grande. Me lo amarré a la cintura con un cinturón y lo remangué varias veces para no arrastrarlo. Me puse una camiseta verde oliva que tenía bordado el emblema de las Farc Ep y encima una chaqueta que no me quedaba tan grande. Tenía 12 años.

Ese mismo día empezó mi entrenamiento militar. Mi primer fusil fue un palo de guadua, el que tenía que cuidar y con el que tenía de defenderme y defender el campamento. Así me lo decía el camarada cuando me mandaba a hacer guardia.

Tiempo después no era la única niña del campamento. En pocos meses se conformó un comando de niños y niñas, éramos alrededor de 50. Muchos de ellos llegaron a la fuerza, otros tantos engañados como yo y unos pocos llegaron porque querían ser guerrilleros.

El entrenamiento duró seis meses. La primer arma que me dieron fue un AK47, un buen fusil, el mejor que tienen las Farc, era el que más me gustaba y el que más tiempo tuve. También utilicé el galil, el mortero hechizo, metralleta, granadas y pistola.

Mi primer combate duró como desde las dos de la madrugada hasta las 11 de la mañana. Los chulos nos cayeron cerca del campamento. Yo fui la primera que los vio.

Ese día me toco preparar la comida y los que lo hacíamos nos levantábamos a las dos de la mañana para cocinarle a todo el frente y tener el desayuno listo a las seis. Les dije a mis compañeros que fueran prendiendo el fogón mientras yo traía el agua de la quebrada, ubicada unos cuantos metros abajo.

Cuando estaba metiendo la olla en el agua escuché ruidos al otro lado del riachuelo. Miré en medio de la negrura y pude ver que a pocos metros bajaban soldados caminado muy despacio. Suavemente solté la olla y me devolví. Les dije a mis compañeros de cocina: “Maricas se nos metieron los chulos”.

Guerrillera-reinsertada-1

Corrí hacia donde el camarada ‘Darío’ y cuando le estaba dando la noticia empezó la balacera. Los guerrilleros cogimos el armamento -que siempre se tiene al lado- y salimos de ahí montaña arriba. Hubo bajas de lado y lado.

Ese día ganamos. El camarada se devolvió, haciendo un círculo y les caímos por detrás. Ese día también fue asesinado, por el camarada ‘Darío’, un hombre que se había infiltrado en nuestro grupo. Buscando otra zona para acampar, después de haber combatido por más de nueve horas, nos encontramos de frente con otro grupo de soldados y nos tocó seguir dando bala.

Después de aquel combate me quedó el gusto por la pólvora. No había encuentro en el que yo no participara. Era mi pasión dentro del grupo. Sin saber con qué fin estaba peleando me sentía una ficha importante.

A finales de 2005 al camarada le informaron por el radio que militares estaban a unos dos kilómetros de nuestra ubicación. ‘Darío 40’ dijo que necesitaba unos 15 hombres para ir hasta allá y controlar el paso de los chulos. Como siempre lo hacía, me ofrecí.

La mujer que maneja el mortero no quería ir. Yo había hecho el curso de morterista pero no tenía experiencia. El camarada ‘Darío’ me preguntó si yo podía con el mortero y al tener un sí por respuesta, solté mi fusil y me monté el mortero.

Cuando llegamos al punto señalado, un campo abierto, pudimos ver claramente a los soldados en la montaña vecina. Ellos también nos ubicaron visualmente. La orden fue torearlos. Esa función, por la distancia, era mía. Empecé a mandarles bombas. Respondieron igual.

En un momento sentí algo muy caliente. Pensé que una de mis bombas se estaba regando, pero no. Luego vi humo negro y un impacto me levantó como seis metros. Cuando caí solo escuchaba voces. Todo quedó negro.

“Ay hijueputa jodieron a la china”, escuché de uno de mis compañeros. A pocos metros escuchaba que los chulos subían por la montaña gritando “cojamos a la mona”… venían por mí.

La bomba me cogió la pierna derecha. Me la destrozó. En ese punto éramos solo tres guerrilleros. No sentía dolor pero sangraba mucho. Aún no sabía realmente qué me había pasado. Logramos llegar hasta el campamento. Me acostaron en una caleta. El camarada ‘Darío’ me cogió la cara, se le llorosearon lo ojos y me dijo, “mamita, no se preocupe, usted está bien “, una de sus lágrimas cayó en mi cara, hasta ahí me acuerdo.

Cuando volví a tener conciencia me encontraba en el campamento de los enfermos. Estaba tapada con una sábana blanca. Me desperté asustada y al intentar levantarme sentí un peso menos en mi pierna. Me destapé y al verme sin la mitad de mi pierna me volví a desmayar. Un mes después del accidente los médicos de las Farc me hicieron la cirugía. Tenía mis 15 años.

Odié a la guerrilla. Odié mi vida. Me quería matar. Le quité la pistola a un amigo del campamento y me la puse en la cabeza e iba a disparar. El camarada ‘Darío’ me agarró la mano y yo le dije que así lisiada ya no serviría para nada más. El comandante me quitó el arma y lloré. Lloré mucho.

El perder la pierna fue lo más duró que me ocurrió en la vida. Fue un giro de 360 grados. Si no hubiera sido por ese accidente no estaría en Bogotá, no tendría casa, no habría empezado a estudiar, no sería libre, porque sencillamente no me hubiera salido de las Farc.

De Andrés, el compañero que me sacó de la guerrilla, sé que desde hace muchos años está en Santander. Se casó, tiene dos hijos y también tiene su casita.

Recuerdo que horas después de mi entrega en el batallón de La Julia, pueblo al que me gustaría volver a vivir si se firma la paz entre el Gobierno y las Farc, cuando despegó el helicóptero del ejército en el que nos sacaron a Andrés y a mí, pastando por los alrededores vi a la yegua gris que corrió durante nueve horas para traerme a la libertad.

Por: MauricioCP88

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO