Un glotón en La Picota

Un glotón en La Picota

7 de marzo del 2011

Gabriel García Taboada, el papá del ex senador Álvaro García ‒más conocido como el Gordo García‒, tenía más de 5 mil hectáreas de terreno y era el fundador de la compañía Tabacos Bolívar, principal exportadora de tabaco negro en el viejo Bolívar Grande. Allí fue donde se empezaron a presentar los primeros conflictos obrero-patronales, en la figura del corredor ‒el que compraba el tabaco a sus anchas e imponía peso y precios‒ y el tabacalero, que dependía del anterior mientras no había cosecha, momentos que eran la mayor parte del tiempo.

En las primeras revueltas por las inconformidades del cosechero por el precio, el peso y la conquista de la tierra, siendo niño, el Gordo García se alió con cosecheros y las alisadoras, mujeres mustias que jornaleaban alisando la hoja en sus vientres y piernas. Eso le costó los primeros castigos, cuando su papá lo confinaba al cuarto de San Alejo, a pan y agua, en el segundo piso de una de las casas más grandes de la plaza, donde hoy está una biblioteca. Se equivocaba el viejo Gabriel, porque su hijo era cuando más comía. Conquistaba, silbaba, por así decirlo, a cuanto vendedor ambulante pasaba por la calle. O se aliaba con las muchachas del servicio, que se los acercaban. Desde el balcón volado a la calle, Álvaro, provisto de una ponchera atada al gancho con una cabuya, tiraba su percha. En ella iba que el bollo dulce de maíz azulito, el chicharrón de adentro envuelto en hojas de maíz, la chicha casera, el bollo limpio, el ensarte de huevos de iguana o la panelita e’ coco. Al final del “presidio”, García se había convertido en un niño gordísimo, tipo ñoño, el de las cintas mexicanas. Había aprendido a ser astuto para sobrevivir.


Salió del senado, por la parapolítica, condenado a 40 años por autor intelectual de la masacre de Macayepo

Así, una vez tranqueó la puerta su primer día en la cárcel se acordó de las alisadoras, sus aliadas de Ovejas, y sin pensarlo, recordando que las aguas buscan su nivel ‒las aguas y los olores tienen memoria‒, se alió con el cocinero, quien estaba a punto de salir por pena vencida. No le fue duro convencerlo de que lo acompañara un semestre más, mientras le tomaba el gusto a la sazón. Esto podría interpretarse como una regresión cual herramienta terapéutica. Él empezó a defenderse de las agresiones replicando casos de su niñez, cuando su papá lo encerraba en esa habitación como castigo.

De modo que, ya aquerenciado con el cocinero, García empezó a moverse en la cárcel como pez en el agua. La solidaridad de sus parciales no bajaba. Las peticiones de visitas se multiplicaban. Diecisiete alcaldes de su movimiento, ex gobernadores, ex alcaldes, concejales, periodistas y familiares, empezaron a desfilar por La Picota. El problema era el número de visitas admitidas. La comida lo había unido al cocinero y el cocinero lo guió por aquellos presos sin suerte, sin una yuca que asar y sin dolientes que los visitaran. Sus cinco tiquetes muchas veces les quedaban completos, pero a Álvaro le servían. De alguna manera, el ingenioso malabarista lograba esos cupos. Sus amigos entraban a visitar a fulano o a perencejo, pero sus pasos siempre terminaban en la celda de García. De allí en adelante, su entorno era una fiesta, donde no faltaron los bollos limpios, el bollo dulce, el chicharrón de adentro o las panelitas de coco que adquiría en las calles de Ovejas o Sincelejo cuando niño y cuando grande. Lo mismo que el suero sabanero atolla buey.

García, natural de Ovejas, y conocido desde joven como “El Gordo”, había sorteado todas las trampas de la vida. En política nadie le había ganado una sola elección. Su éxito parecía viajar paralelo a situaciones afortunadas del azar, porque la única vez que no fue elegido, el congreso había sido cerrado por la Constituyente de 1991. Aquella vez perdió la curul familiar por errores de cálculos en la distribución de las listas, en manos de su mamá, Doña Mady Romero, en cuyo honor se yergue un barrio de pobres en Sincelejo.

Desde entonces nadie logró detener esa especie de malabarismo de indio mezclado con español para armar y desarmar coaliciones: ni las publicaciones de la revista Semana antes de las elecciones de 2002, ni una inyección que lo durmió diez horas antes de las del 2010, ni mucho menos la cárcel. Su curul, hoy veinte años después, sigue intacta. Su única debilidad parece ser su gordura, una gula que le puede y lo lleva incluso a cocinar, sin necesidad de ponerle un revólver en la nuca. A algunos de sus rivales de turno, entre ellos la casa Guerra Tulena, la de los Nule Amín y la del Martinismo Romero, los golpeó en lo político a punta de rumores. Algunos de sus discípulos quisieron robarle la base por bolas intencionales, pero sus aspiraciones de libertad murieron en el plato. Jamás le anotaron una carrera. En el plato murieron Édgar Martínez Romero, Salvador Arana y muchos otros.


Ovejas, su tierra natal fue el epicentro de su actividad política

El Gordo García ha hecho su vida en la cárcel y se ha vuelto un consejero que atiende visitas de amigos de Sucre y consuela a los copartidarios de su movimiento, como dos de los tres últimos gobernadores de Sucre, elegidos por su movimiento, presos por parapolítica, que estuvieron a punto de no soportar la prueba. Eric Morris Taboada, su primo cercano, estuvo a punto de morir en la cárcel de pena moral. Sufrió principios de infarto. Aunque está libre luce un físico desencajado. Ha perdido el pelo y le cambió la expresión corporal. Se volvió un hombre triste. Pero dicen que a quien más duro le ha dado la cárcel es a Salvador Arana, condenado a cuarenta años en diciembre de 2009 por el asesinato del alcalde del Roble y sus vínculos con paramilitares.

A Salvador Arana, en las pasadas elecciones, cuando éste intentó “sabalearse” a otro grupo, lo mató con una frase sabia y certera: “No te me volaste en libertad, menos ahora que te tengo a tres calabozos”.

Muy pocas personas daban un peso por la salvación de la curul del Gordo García en las elecciones de 2010. Se la jugó toda por su hermana Teresita, una mujer profesional, pero sin experiencia en política. Pero lo logró con todas sus argucias electorales. Así, nadie resistía una comida preparada por García, ni tampoco una llamada. De modo que para armar algunas coaliciones candentes, una de las medidas precautelares de sus antagonistas era que los acuartelados apagaran los celulares. “El Gordo” convencía a sus enemigos políticos con una llamada bien temprano. Si no eran llamadas, eran visitas y una buena comida. Decía que casa de político en que a la seis de la mañana no hubiese visita estaba mal. En la suya se servía el primer café conversado a las cuatro de la mañana.

Su psicología era la del ganador. Aunque no gustaba de eslóganes ni de asesores de imagen, sus amigos le diseñaron su última frase, antes de caer en desgracia, en desarrollo de una parranda. “Juéguele al ganador”, aduciendo que la gente le apuesta al gallo jodido, no al bueno.

García no hablaba en el Senado ni pegaba afiches desde el día que lo pintaron sentado en un inodoro, pero en su casa del barrio Venecia de Sincelejo, mantenía una bodega repleta con cajas de ron blanco. Siempre fue socio de las distribuidoras de las licoreras y amigo de las bandas de vientos. Los caciques y líderes, que en su mayoría eran de la Acción Comunal o de la Junta de las Fiestas Patronales de los 26 municipios de Sucre, no se presentaban a pedirle para pavimentar una calle o para construir un aula de clases.

Eran felices cuando se iban cargados con veinte cajas de ron y la orden para la banda de músicos “vienteros”. Esa era la psicología que manejaba García y que, por supuesto, aplica ahora que está en la cárcel. La gente bebía cuatro noches de fandango con su ron y su banda, pero era posible que pronto pasaran del goce al velorio. Así pasó con la matanza de Chengue. Los 28 cadáveres fueron depositados en el coliseo donde meses antes habían celebrado el ritual de las gaitas, en Ovejas.


La masacre de Macayepo en 2000, es uno de los capítulos más dolorosos en la historia del sur de Bolívar.

Despatarrado en la camilla de una lujosa clínica de Bogotá, Álvaro García Romero trataba de hilvanar palabras, pero no podía. Su lengua le pesaba como un saco de piedras. Faltaban pocos días para las elecciones del Senado de 2010 y aún no había logrado acuerdos con algunos de sus antiguos aliados. En política lo importante son los acuerdos en la recta final de campaña, ser practico, quizá bajarse de un helicóptero con un saco de plata, como hacía ocho años antes. Cuando llegaba el helicóptero se rompían coaliciones y se rearmaban otras.  Sabía que si se había volteado el Titanic, ¿cómo no se iba a voltear un concejal de Majagual?

El periodista que lo llamó en ese momento a su teléfono tenía que hacer un gran esfuerzo para entenderlo.

‒El maldito  médico me sedó ‒dijo, un poco embolatado.

Para él resultaba sospechoso el cambio de médico en la clínica, donde lo habían recluido días antes por exceso de estrés. Lo único que lo atormentaba era una pérdida electoral, nada más. Su corazón iba a estallar, pero aún así no dejaba de hablar por teléfono, dando órdenes a diestra y siniestra. Allí lo visitaban funcionarios y alcaldes. Al resto del mundo lo arreglaba por celular.

‒Si usted no quiere morir del corazón, debe apagar esos celulares ‒le ordenó el médico.

Viejo zorro de la política, García sospechaba que la oposición le había cambiado el médico para fregarlo electoralmente, de modo que pataleó para admitir la orden del médico, quien para evitar un infarto, como se engaña a un niño chiquito, le inyectó un sedante que lo mantuvo diez horas dormido.

El nuevo medico lo halló en la clínica como quien encuentra a una vendedora de minutos en la esquina caliente de Corozal,  que no daba abasto a las llamadas.

Habían  pasado cuatro años desde su entrega a la Fiscalía,  faltaban  catorce días para las elecciones de Senado 2010, y  García había logrado el traslado de la cárcel a la clínica argumentando una enfermedad que no sentía, pero que lo estaba matando. Los cuatro celulares con los que coordinaba la campaña eran su peor veneno. Ninguno de sus líderes y votantes quería arreglos con diputados, alcaldes ni ex gobernadores. El arreglo lo querían con él, preso o no. Dicen que en la región de la Mojana, uno de sus fortines, sus avisos a sol y sereno, sobreviven en el tiempo, y sus afiches, cuando posó para ellos, eran utilizados para velaciones milagrosas, como si fuese un santo.

Ahora, allí recuperándose del somnífero, sabía que en su camino a la gloria o a la muerte, había peleado contra las Siete Plagas de Egipto. Cuando la Fiscalía lo acusó como presunto determinador de la masacre de Macayepo, no se echó a llorar. Era noviembre de 2006. Pensó que su vida estaba signada por coincidencias macabras, como calificó su conversación telefónica interceptada por la Fiscalía y publicada por la revista Semana, donde dialogaba con un ganadero de Sucre, al parecer entregando señales sobre lo que iba a pasar el 16 de octubre de 2000, y como pasó en realidad. Ese día los paramilitares entraron “como Pedro por su casa”, pasaron raudos un retén militar que se volvió invisible, ciego y mudo. Masacraron diez campesinos en Macayepo.

En Sincelejo, el día de su entrega, cayó un aguacero frío, acompañado de brisas por fuera de época, se apagaron las velitas de la Concepción por la tarde y la gente no sabía si festejar o lamentarse. El coletazo de los leones  heridos asustaba. Juan Guevara atravesaba en ese momento la plaza de Majagual, con aire de porro, entre triste y alegre. Pero más triste que alegre, caramba.

Campaña en medio de adversidades

En Sucre las cosas no andaban muy bien ese 24 de febrero de 2010, día en que se conoció su condena de cuarenta años. Teresita

García había madrugado a La Mojana, una región lejana y olvidada, que era por tradición un fortín político de la Nueva Fuerza Liberal, como siempre se ha llamado su grupo. La candidata, en dos camionetas cuatro puertas forradas de polvo, un camarógrafo, un periodista, su hija Yuli, un alcalde de incógnito, un guardaespaldas, dos choferes y dos acompañantes, atravesaban el caño del Rabón a pie a través de caminos escabrosos y lugares perdidos como Callejón, Santiago Apóstol, Grillo Alegre, Calzón Blanco, Punta de Blanco, Higueretal y Tomala.


Teresita García, en la región del San Jorge, entregándole el número de su tarjetón a niños campesinos.

A las 11 a. m., cuando se supo la noticia, Teresita hablaba, megáfono en mano, a unos cincuenta campesinos. Su hija y su asistente soltaron el llanto como si hubiese un muerto grande en el ambiente. En cambio, ella, revestida de una fortaleza desconocida hasta entonces, lanzó su mejor discurso veinte minutos después, contándole a la audiencia lo sucedido. Su hermano acababa de ser condenado a cuarenta años de prisión por la Corte Suprema de Justicia. Calificó el hecho como un fallo de tipo político. Si hubiese callado la noticia era lo mismo, en una región sin radios ni televisores. La gente no se entera casi nunca de qué pasa en el mundo. Pero ella dio la noticia con su propia boca, antes que se enterasen de otra manera.

Al final, regresando de Punta de Blanco ya entrada la noche,  donde la aspirante terminó su periplo para llegar al Senado, un costal extraño en la carretera obligó a la delegación a un cambio de vehículos para despistar la posible presencia de la guerrilla. La Policía levantó al bulto extraño a tiros, para  cerciorarse de que no era una bomba. Fue un gran susto, pero al final, con Álvaro en la cárcel, la curul fue salvada, en medio de estrategias que hoy son contadas como si se tratase de una película.

De regreso a Sincelejo

Los hombres que viajan en el avión para Sincelejo están más ebrios que parrandero primerizo un 31 de diciembre.  Con sus dos acompañantes, de corte sabanero, de barca y sombrero, se bebieron una botella de aguardiente en la sala de espera en el puente aéreo del Aeropuerto El Dorado de Bogotá. En el avión siguen la alharaca y el capitán de la nave interviene para llamarles la atención, antes de decolar. Ellos paran la parranda a regañadientes. Todos vienes de visitar a  Álvaro García. La felicidad se les nota, han cumplido el deber de la amistad. El más viejo y barrigón es el padre del hombre que controla los desvaríos de los funcionarios públicos.

El más alto y delgado, cara fileña, se da golpes de pecho. “Yo estoy preso con García”, dice. “El Pinky”, como le llaman, habla con orgullo del hombre que lo sustrajo del estrato uno y lo subió al cuatro. Refiere que una vez egresado de la universidad, trabajó con el Gobierno Departamental como recomendado de los Guerra Tulena, quienes lo respaldaron por un tiempo y después lo dejaron en la calle. El día que conoció a Álvaro García se le apareció la Virgen. García lo puso a trabajar en la dirección de Impuestos y Aduanas, donde cumplió su periplo laboral, hasta jubilarse con el suculento sueldo de profesional adscrito a una Unidad de Trabajo Legislativo en el Senado. Hasta entró varias veces a la Cámara en los tiempos del carrusel.

Indica que cuando Sincelejo era un pueblo sano y García se quería aislar del acoso de sus electores, que le pedían becas, puestos y recomendaciones, se iba para su casa del populoso barrio Argelia, donde se “encerraba” a hacer “maldades”. El político pesaba 140 kilos y los taburetes convencionales no le aguantaban su peso. Allí fue donde le mandó a fabricar una poltrona tipo presidencial, le hacía sancochos y le servía su whisky preferido. García, que no tenía hijos, adoptó uno a uno los suyos, hasta llevarlos a la Universidad.

Aún con la pea viva, refiere que cuando Sincelejo se empezó a dañar y las bandas criminales secuestraban y mataban en los alrededores, García le recomendó que se mudara a un barrio más seguro. No había problema, le prestó plata para adquirir una casa en Florencia, en estrato cuatro. Allí mandó a construir un cuarto refrigerado, donde García se encerraba para aislarse del acoso electoral y calcular sus “maldades” políticas.

Cierto día, manifiesta,  García adquirió una Toyota burbuja verde, con aire acondicionado, automática. El jefe pensó que no era justo que el hombre de su confianza, que le consignaba en los bancos y le tramitaba las diligencias, rodara por Sincelejo en un carro tan costoso. La camioneta había costado sesenta millones de pesos, pero se arreglaron por 30 millones. El Pinky le pagó 20 para darle los 10 millones restantes después. Pero Álvaro, dice, prestaba y nunca cobraba.

Como “El Pinky”, se consiguen en Sucre por lo menos cien personas dispuestas a meterse al calabozo con García, en especial ahora que tramita su traslado para la Cárcel