Una mica en extinción vive en las calles de Honda

Una mica en extinción vive en las calles de Honda

12 de Agosto del 2011

‒Por aquí toca ir despacio por la mica ‒dijo el taxista al pasar por la Avenida Centenario en Honda, Tolima.

‒¿Cuál mica?

‒Una que vive en este barrio. Eso camina por todo el barrio, le da la mano a la gente para que la ayuden a pasar la calle y va a la tienda por pan.

‒¿Y qué tan grande es?

‒Huy, ese animal es grande, es como una especie de orangután chiquito ‒respondió el taxista, sin medir la consecuencia de sus palabras, porque un orangután indica que se trata de un animal de pelo rojizo que puede llegar a pesar hasta 120 kilos y medir hasta dos metros de alto y tres de ancho, con los brazos abiertos. Pero ese no es el dato más preocupante sobre los orangutanes: son nativos del otro lado del mundo, de Malasia e Indonesia y viven en las cumbres de los árboles. Si el taxista estaba en lo cierto, ¿cómo había llegado a Colombia?

La avenida Centenario en Honda, Tolima, es el territorio de Micaela.

Con el paso de los días, otros taxistas, vigilantes y trabajadores de una bomba de gasolina del sector, magnificaban la historia de Micaela, como la llamaban. Decían que una vecina la había encontrado acostada en su cama con una bolsa llena de panes. Otros, incluso, decían que estudiaba inglés en el Instituto General Santander, que iba al supermercado a comer y que al ver un vehículo que se acercaba en la calle se levantaba en dos patas y alzaba las manos para hacer la señal de pare. Sin embargo, nadie sabía cómo había llegado un orangután a Honda, ni quién era su dueño.

Sentada en la esquina del barrio, Micaela se rascó la barriga, miró la calle en dos sentidos, pasó la calle en cuatro patas, con su cola de más de setenta centímetros levantada como un periscopio, y entró a una funeraria. No medía ni dos metros de alto, ni pesaba 120 kilos, ni era de pelo rojizo.

Micaela pasa la calle estirando su cola de 70 cm como un periscopio. A veces, cuando viene un vehículo en la calle, se levanta en dos patas y pone las manos en señal de “pare”. Algunos ciudadanos la ayudan a pasar la calle tomándola de la mano.

Se trata en realidad de un Ateles hybridus, o mono araña, que habita en los departamentos de Cundinamarca, Cesar, Guajira y Caldas. Puede medir hasta cincuenta centímetros de alto, pesar cerca de ocho kilos y está en  peligro crítico de extinción. Es decir, su población ha disminuido 80% o 90% en los últimos diez años, un porcentaje que indica que existen menos de 250 individuos maduros en libertad. Esta tragedia se debe a la destrucción de su hábitat y la cacería para consumo humano. Su gran importancia para el medio ambiente es que dispersa las semillas de al menos 138 especies vegetales. No es exagerado decir, entonces, que la riqueza en frutas de las riberas del Magdalena se debe en gran parte a los oficios digestivos de los monos arañas.

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‒¿Viene por la mica? Ella me mordió aquí, mire ‒dice un hombre que entra a la funeraria a ver a Micaela. Ella se acuesta, mira a las personas, recibe un pedazo de pan, sale por la puerta trasera, sube a un árbol que hay en el patio y se sienta en el techo del local. Los monos araña sólo son agresivos cuando se les ataca. De hecho, suelen ser huraños, incluso con otras especies de monos son distantes y solitarios, subidos en sus árboles alimentándose‒. Allí, más adelante, vive el dueño, es soldador.

Don Ricardo, el dueño de Micaela, no pesa tanto como un orangután, pero sí se acerca a los cien kilos. No tiene pelo rojizo, pero su piel es ocre, y de su pecho sale una mata de canas, como ‘Copito de Nieve’, el único gorila albino de la historia. Es un hombre rudo, que suelda sin gafas de protección y parece de hielo: su cara emana gotas incontenibles de sudor, como si se derritiera.

Sentado en una silla afuera de su local, Ricardo cuenta que un hermano suyo llegó con Micaela hace cerca de treinta años ‒sin embargo, algunos primatólogos afirman que los Ateles viven sólo alrededor de veinte años‒. Pero su hermano no era quien cuidaba a la mica, sino un tío que la cargaba, jugaba con ella y le daba de comer los mismos alimentos que se preparaban en la casa para toda la familia. Micaela estuvo amarrada más de veinte años con una cuerda que le permitía jugar en el patio interior de la casa.

A inicios de 2010, a sus 78 años de edad, el tío de Ricardo murió de bronconeumonía, y Micaela empezó a adelgazar de tristeza, al punto de que le quedó grande el arnés que la aprisionó durante su vida de cautiverio. Eso pasó en marzo de 2011, y desde entonces camina con libertad por la avenida Centenario. En las mañanas, Micaela visita a las tías de Ricardo en la ventana de la casa. Las acaricia, les busca piojos en el pelo y desayuna con ellas.

‒Usted la pone en un espejo y empieza a mirarse y a peinarse. Lo único que le falta para ser una persona es hablar, porque además ella ha comido comida de sal toda la vida. Lo mismo que comemos al desayuno se le sirve a ella, hacemos una olla y pa’ la mica y pal’ perrito, nosotros en el comedor y ella en su puesto ‒dice Ricardo.

Luego, Micaela sale de nuevo a la calle, visita el Instituto General Santander, recibe comida de los estudiantes, y al mediodía una niña de una miscelánea la busca, se la lleva de la mano a su casa, le da almuerzo y toman juntas la siesta en una cama. En la tarde sale de nuevo, se sube a un árbol, se acuesta en la esquina o entra al supermercado. Una de las vendedoras afirma que se mete en la sección de escobas y traperos a tomar una siesta, quizá el lugar más parecido a un bosque en ese sector de Honda.

‒Aquí vinieron a llevársela, no sé si de Cortolima o de la Umata, pero no volvieron. Yo digo, ¿a dónde se la van a llevar para que le den el menú que ella come? Café, chocolate, aguapanela con calao, caldito de papa, sancochito, arroz. ¡Toca llevársela a un hotel cinco estrellas! Ella ya no está acostumbrada a subir a coger un mango. Ella va es al supermercado. Va allá, no hace daños, pasa revista, pregunta cuánto vendieron y sale. Un día cogió un bocadillo y ahí me lo cobraron. Me guardó la mitad ‒afirma Ricardo, quien dice además que Micaela no es agresiva. Tato, un conductor de volqueta, fue al hospital porque Micaela lo había mordido. Una señora se acercó y les dijo a los médicos que Micaela lo había atacado porque le había jalado la cola. Algunos vecinos afirman que también ha mordido a otras personas cuando le pegan con un palo en su clítoris, que sobresale de su vulva y puede ser más grande que el pene de los machos de la misma especie.

‒El animal es de verlo no más. Es como un perro. Perro que no se conoce, no se le coge la cola. Así pasa con la miquita ‒sentencia Ricardo. Él dice que se pondría muy triste si se llevan a Micaela. Un señor le ofreció cuatrocientos mil pesos por ella, y una señora le dijo que tenía dos micos de la misma especie y que se los iba a llevar a una finca, que si quería él se llevaba a Micaela con ellos.

‒Yo le dije que no se me la llevara, le dije “mande los suyos, la mía déjemela quieta”. Después dijo “voy a traer a mi mico entonces” y le dije que no, porque viene y la corrompe, porque ella me dijo que el mico de ella es dañino, y Micaela no es dañina. La mica es un cuento aquí en honda hoy en día. Es lo único que hay de novedoso en la ciudad como para borrar la tristeza que hay en este pueblo. Deberían es preocuparse por el pueblo y dejar a la mica tranquila y ponerle un vestido ‒concluye Ricardo.