“Yo iba pa’l infierno”

“Yo iba pa’l infierno”

2 de Abril del 2013

El combate llevaba seis horas. Eran las dos de la madrugada y la oscuridad se interrumpía por ráfagas de fusil y explosiones a lo lejos. Se escuchaban gritos, pero lo que más se oía era el estallido de las armas. Era el martes 4 de agosto de 1998. El corregimiento de Pavarandó, en Mutatá (Antioquia), estaba bajo el castigo del fuego. La brigada del ejército se encontraba rodeada por unos 500 hombres de los frentes 58 y Quinto de las Farc. La línea ofensiva de éste último era comandado por Karina.

Ella disparaba a un punto fijo y de ese lugar también respondían. Oyó como si una lata cayera a su lado. Explotó. No recuerda ni el dolor ni el miedo, solo sintió que ascendía, como si un cohete la jalara hacia arriba, varios kilómetros. Subía mucho, a niveles que nunca se hubiera imaginado. Vio cosas que no podrá describir, pero que jamás salieron de su cabeza. Había colores y figuras errantes. Descubrió un mundo fascinante, y justo a un paso, otro aterrador.

Vio flores. Allá arriba se mezclaba en ella la angustia y la paz. No había nadie más. Finalmente observó un abismo que se la quería tragar, la absorbía a la oscuridad. “Yo iba pa’l infierno”, dice, y cierra los ojos para evitar llorar. “Eso fue horrible, pero yo sé que iba para allá”.

Antes de que esa oscuridad la engullera, gritó. Se acordó de su hija y un lamento la hizo reaccionar. A su lado estaba una niña de unos 17 años, llamada Sindi. También estaba herida por la explosión, pero no de gravedad. Le decía: “Comandante, no se queje, que nos van a acabar de rematar”.

Karina sangraba, casi no veía y el golpe le había dislocado la quijada. Sindi le confesaba su miedo, quería huir pero no pensaba dejarla sola. De alguna forma, Elda le hizo entender que quería que la dejara morir ahí. La niña se negó y, arrastrándose, se fue a buscar ayuda.

En ese entonces Karina tenía 30 años. Aunque era muy fuerte no pudo quitarse el equipo de campaña que la aprisionaba. Intentó ponerse en pie. Las balas no la alcanzaron. Caminó como borracha hasta un alambrado que no vio. Tropezó y cayó. No tenía fuerzas para levantarse. Tirada en un pastizal vio de nuevo a Sindi. Cerró los ojos y se quedó dormida.

Elda Neyis Mosquera, ‘Karina’, no supo más de sí misma sino ocho días después cuando despertó del coma, en una carpa, en alguna parte de Urabá. A su alrededor estaba el comandante del Frente Quinto, alias ‘Jacobo Arango’, y un par de enfermeras de camuflado, que la estaban cambiando de ropa luego de haberla bañado.

La trasladaron a Medellín a casa de una pareja de guerrilleros urbanos, que la cuidaron y llevaron a servicios médicos. Solo pudo recibir la visita de una tía que, al verla con un ojo operado y numerosas cicatrices, le pidió abandonar las armas y le prometió una nueva vida en Maicao. Volvió a sentir miedo, y decidió que no saldría de las Farc.

Elda nació en Puerto Boyacá. A los tres años su familia se estableció en Currulao, entonces corregimiento de Turbo, en el Urabá antioqueño. Sus papás tomaron un terreno en una vereda. A Elda la mandaron con su abuela al pueblo. Fue la única de sus hermanos que pudo ir a la escuela, “pero a cambio de eso no fui una niña como las demás –dice–. Me tocaba levantarme a las cinco de la mañana a vender arepas. A mediodía vendía mazamorra y en la tarde frutas. El estudio era en dos jornadas: de 8 a 11 y de 2 a 5 de la tarde”.

Se crió con su abuela. A su papá lo veía cada ocho días porque bajaba al pueblo a mercar, y a su mamá una o dos veces al mes, solo cuando iba a visitarla.  “Mi abuela fue muy tirana conmigo aunque yo la quería mucho. Hoy tiene 101 años y aún vive. En algún momento me gustaría volver a ver cómo está la viejita”.

A los doce años terminó la primaria y su abuela le prohibió volver al colegio por temor a que consiguiera novio. Volvió a donde sus padres. “Mi papá en su brutalidad decía que uno como ser humano no necesitaba estudio, mucho menos para criar hijos y tener marido. También en el caso del hombre, no necesitaba aprender nada más que a trabajar la tierra”.

En los años 70 del siglo veinte Urabá parecía tierra sin ley ni dueño. Elda veía en las calles manifestaciones alusivas al marxismo, comunismo, juventudes revolucionarias. No entendía nada, sólo que su papá simpatizaba con ellos. Eran civiles, hablaban de la lucha armada y que con ella sacarían a su pueblo de la pobreza. Esta idea la emocionaba más que nada.

Desde su niñez escuchaba hablar de ‘los muchachos del monte’. A veces el eco de una balacera la despertaba en las noches. Al otro día, en un desayuno con aguapanela y arepa, oía a sus papás o a su abuela comentar que ‘los muchachos’ habían matado a un policía o a tres campesinos.

Una noche, y a pesar de la oscuridad, vio desde su ventana a cuatro señores, de edad avanzada, uniforme y fusil, pasar frente a la casa. “Mi papá me dijo que eran ellos de los que tanto hablaban: eran guerrilleros de las Farc”.

A los quince años era miembro de la Juco. Asistía a fiestas del partido comunista, auténticas parrandas con música, trago, baile y comida. Los ‘muchachos del monte’ participaban en las reuniones. Eran jóvenes uniformados, apuestos y con aspecto rudo. Coqueteaban con las adolescentes como Elda y las convidaban a su vida de aventuras. Les contaban historias de héroes que cambiarían el país y lo convertirían en uno en el que no hubiera ricos ni pobres. “Nos motivaban, nos lavaban el cerebro”, dice Karina.

Elda estaba aburrida en su casa. Soñaba con ser enfermera o confeccionista. A los 16 conoció a alias ‘Érica’, una mujer cercana a las Farc. Le preguntó cómo sería irse selva adentro. “Es la guerra. No es vacaciones. Piénselo ocho días y si se decide la esperamos en la carretera”, le dijo.

“Por eso digo que nunca me obligaron”, aclara. Un día antes de cumplir el plazo anunció en su casa la decisión. Su mamá rompió en llanto. Su papá le dijo que si ese era su deseo, no se lo impediría aunque no estuviera completamente de acuerdo. El 3 de septiembre de 1984, sin decir nada a nadie, empacó sus cosas y salió de su casa para nunca volver.

Un hombre del Partido Comunista la recogió en el lugar señalado. Con ella se enlistaron siete jóvenes, entre ellos un menor de edad. Ese mismo año unos 200 jóvenes entraron a la guerrilla. En la vereda de Elda no quedaron adolescentes.

Alias Karina, Kienyke

Elda Mosquera creció rodeada de agrupaciones de izquierda y promesas de revolución marxista. A los 15 años ya pertenecía a la Juventud Comunista (Juco). A los 16 ingresó a las Farc.

(Bogotá, Calabozos del DAS. Año 2009) “Desde chiquita me gustaba la ranchera, el vallenato y la música romántica. Pero eso trae muchos recuerdos. En cambio, desde que conocí de Dios me ha ido gustando la música cristiana; como que me anima, me alimenta el alma. Extraño bailar: es mi hobby, lo que más me gusta.

En el campamento los recibió el comandante Guillermo Usuga, alias ‘Tío Pacho’, cuya primera orden fue que se bañaran. ‘Karina’ se sintió incómoda cuando tuvo que mostrarse en ropa interior frente a una tropa de hombres que no hacía más que mirarla con morbo. Con el tiempo tuvo que acostumbrarse.

Al comienzo, los nuevos seguían vistiendo de civil y no portaban armas. Se les daba charlas contra el Estado colombiano y sobre el marxismo. Ser ordenada y disciplinada cautivó a sus superiores. A pocos días de ingresar Elda fue premiada por su desempeño y nombrada parte de una escuadra comandada por alias ‘Efraín Guzmán’.

Debido a un castigo tuvo que salir a buscar leña. Se sentó a solas a llorar. Una guerrillera antigua llamada Gladys la descubrió.

–¿Está aburrida, sardina?

–No –respondió de inmediato, secándose con rapidez las lágrimas. Ya sabía que si algún joven decía que quería irse, los subversivos lo mandaban para la casa, pero lo mataban por el camino.

Elda se tragó su melancolía. Le dieron su primer arma, un revolver para hacer guardia. Por esa época también aprendió a bailar.

“Solo sabía bailar el Turumbis Tumbis –confiesa–. Era como una carranga. Solo saltar y mover los hombros. Pero en la Comisión había un muchacho, el reemplazante, que armó una pista para una hora diaria cultural. Yo ahí aprendí del vallenato, baladas y otras músicas”.

Pero así como pasó tardes de juerga también conoció un rito siniestro. La orden vino de ‘Efraín Guzmán’ y era tajante: debía matar a un hombre que al parecer era un infiltrado.

–Tome este machete –le dijeron–. Usted tiene que hacerlo. Él está amarrado. No haga ruido y no deje que grite.

Karina hizo caso. “En la guerrilla hay un dicho: el que no sirve para matar, sirve para que lo maten”, sostiene. Con el tiempo se imaginó que la habían elegido a ella porque su víctima era su amigo. Querían probar su lealtad. Entró al lugar donde estaba el prisionero. Karina tomó  la peinilla y lo golpeó en la garganta con el lado afilado . La cuchilla no lo cortaba sino que rebotaba y lo lastimaba.  Al fin le dijeron: “páseselo sobadito”.

(Límites entre Caldas y Antioquia. Julio de 2000). Mi misión era que cayera la estación de policía de Arboleda (Pensilvania, Caldas). Nada más. Lo otro más grave lo planeó alias ‘Marcos’. Fue el primer asalto que maquiné como encargada del frente. Bueno, mejor lo ayudé a planear, porque eso lo hicimos entre varios, y como digo, lo más grave lo inventó ‘Marcos’. Yo no fui la de la iniciativa del carro bomba ni de mandar tanto cilindro. Yo hubiera dejado sana a Arboleda. Sé que hubo muchos muertos. Creo que 18 contando 14 policías. De esa experiencia quiero pedir perdón a esa población. Dios me dé para hacer algo simbólico en Arboleda.

Karina era guapa para trabajar. De novata la retaron a remolcar una carga de alimentos. Fue la única mujer capaz de cargar 120 libras de panela de un envión. Así se ganó la fama de la negra fuerte.

En 1986, dos años después de su ingreso, la llamaron a un curso de estrategia al que solo asistieron altos mandos. Aprendió pericias de guerra, asaltos, de orden cerrado, orden abierto y tácticas de emboscada. ‘Tio Pacho’ dijo que había sido una de las mejores del curso. De guerrillera rasa la ascendió a comandante de escuadra.

Arboleda Pensilvania Caldas, Kienyke

(Archivo) Destrozos de la toma al corregimiento de Arboleda, Caldas, en julio del año 2000.

En septiembre de 1988 participó en la toma del puesto de policía de Saiza (Córdoba) y el asalto a una patrulla del ejército cerca al pueblo. “No lo hicimos solo los de las Farc –aclara–. Fue una acción de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar que contaba con el EPL”. Karina participó en el grupo de asalto.  Dice que ingresó al pueblo como a las 4 de la mañana y que a las 2 de la tarde ya tenían tomado el puesto de Policía. Entonces regresó ante sus superiores, victoriosa.

Vio que ‘Tío Pacho’ estaba preocupado porque necesitaban refuerzos para vencer al Ejército. Se ofreció, pero solo tenía 30 tiros de munición. Algunos guerrilleros, más temerosos de volver a combate, le completaron 100 tiros. Fue a pelear y ganó. Ahora no solo era la fuerte, era la mujer combativa.

Estuvo en el 89 en La Uribe (Meta) y fue instruida por cinco extranjeros de los que no da detalles, según ella porque no se preguntaba jamás quienes eran los profesores. “Uno de ellos era como español”, reconoce. De 150 estudiantes, ella fue una de las diez mejores.

Ese mismo año quedó embarazada. La noticia desató la ira de sus superiores. Le pidieron abortar. Ya era reemplazante de compañía y tenía a cargo 50 hombres. Como prefirió tener a su hija la sancionaron y degradaron. Con seis meses de embarazo sufrió paludismo y la sacaron de las filas. Dio a luz en Apartadó a finales de 1990.

Cuarenta días después de la dieta la llamaron de vuelta al monte. Dejó a su hija con la familia del padre, que también era combatiente. Aunque regresó como guerrillera rasa a los pocos días le devolvieron el cargo de reemplazante y tiempo más tarde la quinta dirección de mando en el Bloque cinco.

“A mí me llamó ‘Iván Márquez’. Usted se va a ayudarle a Harrison al 47. Sólo eso me dijo”. Karina llegó como reemplazante de frente hasta que a alias ‘Harrinson’ lo capturaron cuando regresaba de San Vicente del Caguán, en septiembre de 2000. Sin ningún ascenso especial Karina fue nombrada la jefe del Frente 47, con unos 350 hombres bajo su dominio.

Ya había tenido éxito en Arboleda, y vendrían muchas más operaciones en el sur de Antioquia, Caldas y Risaralda que, con su sello y mando, la dibujarían como el azote del occidente colombiano.

“No me dio difícil porque yo fui una persona de mucho carisma con los combatientes; la gente me caminaba mucho porque no era una mujer tirana. Que no lo diga yo: usted lo puede averiguar con cualquier otro pelado del Frente Quinto o 47. Como yo venía de ser guerrillera rasa, me metía en el zapato de ellos. Más bien tenía como complejo de inferioridad”, asegura.

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(Medellín, marzo de 2013) El fiscal me dice: descríbase cómo era usted. Le dije: hombre, fiscal, me considero una mujer humilde, sencilla, flexible y humana. Ese señor se me reía en la cara. Me dijo que si era verdad, que por qué surgí en la guerrilla. Hasta donde tengo entendido, le dije, me fue bien por ser buena en el campo combativo. El fiscal me dijo después que las víctimas hablaban mal de mí. Y le respondí que cuando yo era la comandante, yo era la heroína y la líder para la población civil. En los pueblos me ayudaban a cuidarme. Hasta mandaba robar, y no me da vergüenza decir que robaba al que uno dice que tenía un par de vacas, y hacíamos que repartiera de a kilito de carne a los campesinos. Es que mire muchacho, yo sé que cometí muchos errores. El hecho de haber estado en las Farc me hizo cometerlos, pero no soy la mujer mala ni sangrienta que todos creen.

En el Urabá y el sur de Antioquía se tejió todo un mito alrededor de Karina. Hoy ella dice que reconoce sus víctimas, pero no las de otros comandantes como ‘Marcos’ o ‘Iván Ríos’. Se separa de voluminosas listas de muertos y desmiente en su accionar una estela de torturas y monstruosidades.

“Ese señor Miguel Páez Ramos dijo que yo lo había castrado. Pero dice que fue en el año 2000 y en el Frente Quinto, cuando yo ya estaba en el 47. Su denuncia fue hasta que yo me desmovilicé, y ni siquiera me han abierto proceso por eso”. Sigue sus desagravios. “Que dizque en la toma de Arboleda yo jugaba con la cabeza de los policías. Reconozco que hubo unos 15 militares muertos, que el pueblo quedó destruido y que hubo policías vivos que se entregaron y que ‘Marcos’ los mandó a matar. Eso lo he confesado. Pero es mentira que los guerrilleros jugaran balón con sus cabezas. Si fuera verdad, ¿dónde hay un acta de defunción que diga que los policías fueron decapitados?”.

Alias Karina, Kienyke

Alias ‘Karina’ niega ser la comandante sanguinaria que hoy conoce el país. Asegura que no participó en masacres y promete seguir diciendo la verdad para, de esta forma, empezar a pedir perdón a sus víctimas. 

Dice que la Karina del Frente 47 y Quinto acepta que le digan criminal porque, en combates con el Ejército vió correr la sangre de decenas, de parte y parte. Pero jamás reconocerá que participó en masacres a civiles. “Dios lo sabe; no tengo ni una masacre. Ni la de la Chinita, ni de la Osaka, ni nada de eso”.  No obstante sí acepta reclutamiento de menores y, más allá, la participación en algunos de sus fusilamientos.

–¿Karina ordenó fusilar a alguien?

–No –responde a secas. Pocas veces convoqué consejos revolucionarios. La orden o sentencia la dictaba una asamblea guerrillera.

–¿Votó a favor de fusilamientos en esos consejos?

–Si la gente no votaba en consejos de guerra, era mandato de ‘Marcos’ que se volviera a convocar asamblea hasta que saliera fusilado.

–¿Participó en algún fusilamiento? ¿Usted disparó?

–(Agacha la cabeza, piensa unos tres segundos) No –responde al fin–. Una vez en el Quinto me nombraron comandante del pelotón. No disparé, solo di la orden de abrir fuego.

–¿Pero usted sí dio la orden de fusilar a informantes, violadores y ladrones, tanto de las Farc como de afuera?

–En cumplimiento de las normas de la guerrilla había comportamientos que daban fusilamiento. Si había un violador, ladrones o informantes, así fuera en los pueblos, se mandaban matar.

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(Sonsón, Antioquia. Mayo 18 de 2008) A Michín siempre lo tendré como el ángel que Dios me mandó para sacarme de las Farc. Estaba aburrida y decepcionada. Sabía que por las armas no nos tomaríamos el poder y las Farc ya estaban cometiendo crímenes horribles como el de los diputados del Valle. Tuvimos una relación con Michín desde finales de 2004, aunque ya lo conocía como cuatro años atrás. Era más chiquitico y flaco, y hasta diez años menor que yo. Como en noviembre de 2007 me insinuó que, si estaba aburrida, mirara la opción de desmovilizarme. Lo miré de reojo como furiosa y le dije que prefería morir como un héroe. Siempre tuvo miedo que por eso lo mandara a fusilar, y él mismito me lo dijo después. El caso fue que mi vida ya estaba en peligro y me convenció por el lado de mi hija. Pues le dije que sí. Organizamos el plan y nos vinimos.

A las cinco de la mañana del 18 de mayo, Michín y Karina salieron del campamento, por zona rural de Sonsón. Caminaron bastante para alejarse de sus compañeros. Karina huyó echando a la basura 24 años de historia en las Farc. Quería que desde ese momento se le conociera como Elda.

Pero también escapaba de la muerte a traición. Un par de años antes, ‘Iván Ríos’, quien fue uno de sus amigos, terminó detestándola. Años atrás, en un combate su compañía se dividió. Ella se quedó con Tatiana, la novia de ‘Iván Ríos’, una sobrina de ella y dos jóvenes combatientes.

Duraron una semana perdidos, en pantano y sin comida, hasta que se comunicaron con ‘Iván Ríos’. Les aseguró que mandaría por ellos, pero en la espera fueron asaltados por el Ejército. Murieron todos menos Karina. El comandante, que esperaba sobre todo a su novia, solo vio a Elda. ¡Usted es la que debería estar muerta! le dijo con rabia. La relación se fue deteriorando. De un momento a otro sintió que ‘Iván Ríos’ cobraría la sangre de su amada con la suya.

El día que huyeron, Elda y Michín se comunicaron con alguien en Medellín que les hizo puente con agentes del DAS. Les dijeron que le llevarían a su hija para garantizar la seriedad de la entrega. La exguerrillera aceptó. Escucharon los helicópteros. Prendieron una humareda y se pusieron ropa blanca. Los recogieron.

Cuando escapó de la selva abrazó a su hija con tanta fuerza y a la vez desespero, que la niña sólo le pudo decir: “Mami, gracias por devolverme la vida”.

Alias Karina, Kienyke

Elda se desmovilizó junto con su compañero sentimental el 18 de mayo de 2008. Desde 2009 fue nombrada Gestora de Paz y recibe beneficios de Justicia y Paz. 

Fue atendida por el ejército y llevada a la Cuarta Brigada. Esa noche pudo dormir con su hija. Elda juntó su colchón con el de su niña para dormir juntas. Cenó pollo a la broaster, nunca antes lo había comido, y quedó fascinada. Le costó conciliar el sueño. Habló tanto con su hija que quedaron fundidas a las 2:30 de la madrugada y se volvieron a despertar a las 4 para seguir charlando.

“Con Michín al fin no pudimos hacer vida de pareja. Cuando me metieron en los calabozos del DAS nos separaron. Poco tiempo nos veíamos y terminamos separándonos de común acuerdo. Él ahora tiene esposa. Yo lo aprecio mucho”.

Casi todo su tiempo, desde que se sometió a Justicia y Paz, la pasa en diligencias judiciales, intentando contar la verdad de lo que hizo en 24 años de guerra. De vez en cuando lee. Le gustan los textos de historia, los que cuentan las victorias de las guerrillas en El Salvador o Guatemala, que hoy son partidos políticos. Suele repasar la Biblia y algún libro de Gabriel García Márquez. Ahora es cristiana y escucha más a Alex Campos y Adrián Romero que las rancheras del pasado.

“Yo fui víctima del Estado y víctima de la guerrilla. Pero también lamentablemente me convertí en victimaria –insiste ahora–. Si una cosa me duele a mí es que Iván Márquez diga en Cuba que las Farc no son victimarios y que no tienen víctimas”. Elda es una escéptica del proceso de paz.

–Las Farc dicen que no han despojado tierras…– le pregunto.

-Eso sí es mentira. En todos los frentes hay tierras usurpadas. Yo, como Elda no tengo bienes, pero el frente 47 sí se adueñó de las tierras. Por equis o ye motivo la gente salió y dejó sus tierras y las Farc se las quitó. Eso era así. Llámelo despojo o como sea, pero eso pasó. Y cuando hablaron que no tenían secuestrados yo dije que si decían eso, mejor dijeran qué los hicieron. Hay víctimas que reclaman secuestros de hace 10, 15 u 8 años; yo digo: eso no reclamen a esa persona porque debe estar muerta. Mejor pidan saber dónde lo enterraron.

“Esa es la experiencia que uno conoce de las Farc. Y también dicen que no son narcotraficantes, pero uno sabe que están vinculados con eso desde el 95. A mí una vez en 2005 ‘Iván Ríos’ me dijo que a los frentes del Urabá los iba a poner a sembrar coca”.

Elda Mosquera ocasionalmente ve a su hija, pero habla con ella con frencuencia. Asegura estar arrepentida del daño que produjo. Pide perdón, pero al tiempo siente que está poniéndose a pases con Dios. Y sobre todo, ya no le teme a la muerte, porque la vivió. “Ya sé qué se siente: es como estar dormido, sin soñar nada”.

Twitter: @david_baracaldo

Los crímenes de Karina

Desplazamiento y posterior asesinato de Ernesto de Jesús Tabares, en Samaná (Caldas), en el año 2003.

Toma del corregimiento de Montebonito (Caldas) en marzo de 2006. La acción fue cometida con cilindros de gas y artillería, un agente de policía y tres civiles murieron.

Secuestro y posterior desaparición de Óscar Mario Cifuentes Giraldo en Samaná (Caldas), en marzo de 2001.

Toma del corregimiento de Arboleda (Pensilvania, Caldas) en el 2000, en la que murieron 12 policías y cuatro civiles.

Ataque a la base militar de Pavarandó, Chocó (1998).

Toma del municipio de Bagadó, Chocó (1997).

Ataque a población de Nariño, Antioquia (1997).

Asalto a la base militar de Mutatá, Antioquia (1993).

Asalto a la base militar de Saiza, Caldas (1988).