Yuli Zapata: del desplazamiento a la cosecha

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Yuli Zapata: del desplazamiento a la cosecha

29 de abril del 2018

Corriendo de un lado a otro permanece Yuli Zapata. Viaja todos los días de Barranquilla -donde vive- a Soledad. Su propósito no es otro más que ir a trabajar en sus dos fundaciones en las que atiende a víctimas del conflicto. Una tarea que la apasiona y que le ayuda a sanar una a una las dolorosas heridas internas que le causó la violencia. Solo las del alma, porque en su cuerpo lleva todas las marcas dejadas por una guerra que llegó a su vida cuando apenas era una niña.

Adonde llega es rodeada por un halo de sencillez y tranquilidad. No sonríe mucho, ni suelta grandes carcajadas. De vez en cuando deja entrever una tímida risa que rápidamente se difumina para dar paso a un rostro apagado, pero que se niega con todas sus fuerzas a dejarse ver débil y vulnerable. Es el resultado de haber crecido entre armas, uniformes, combates y enfrentamientos.

Era el año 1993. Yuli tenía nueve años y llevaba una vida tranquila en Puerto Libertador, Córdoba, un paraje tranquilo donde los Zapata podían alimentarse del arroz, el plátano y el maíz que cultivaban, además de unas cuantas gallinas y marranos. Eran gente de campo, de su tierra, una codiciada que sería regada por sangre.

Un día, su familia, compuesta por nueve hermanos y sus dos padres, quedó fragmentada. Una mañana, y sin previo aviso, la guerrilla llegó a Puerto Libertador. Con grandes fusiles en sus hombros intimidaron a toda la población. Eran la ley. Todo el que le llevaba la contraria era llamado ‘paraco’, sacado del pueblo o asesinado sin ningún escrúpulo.

“A mi papá lo amenazaron y se tuvo que ir. A mis cuatros hermanos mayores los querían reclutar, así que prefirió regalarlos a otras familias para que no se los llevaran”, comenta Yuli en medio de lágrimas.

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Ese día empezó su dolor. Un acuerdo entre su padre y un comandante destruyó de inmediato su infancia, truncando sus sueños y desdibujando su inocencia: podría escapar con su familia, pero Yuli y otro de sus hijos se quedarían en la finca, que se convirtió en el centro de operaciones de la guerrilla en el pueblo.

“Allí se reunían, era como un cuartel. Ejecutaban y torturaban a mucha gente. Yo tenía que hacer trabajo pesado, con palas, azadón, atenderlos, cultivar e incluso me mandaban a darles información de lo que hacía la gente en el pueblo. Solo tenía nueve años y mi hermano dieciséis. Nunca supe lo que es crecer con una madre al lado, una adolescencia normal, una muñeca. No. Yo era una niña recluta”, expresa.

Escuche aquí la entrevista de Diana Calderón a Yuli Zapata

A la más leve desobediencia, la mínima torpeza, el pequeño tropiezo, la inocente imprudencia, era castigada. Golpes, cortes y quemaduras eran la consecuencia de sus equivocaciones. No importaba que fuera mujer o una niña. Las marcas en su cuerpo demuestran la falta de compasión. Sus brazos, piernas, espalda, cuello y rostro, todo su ser se convirtió en el lienzo en el que la guerra plasmó su crueldad.

Ese maltrato fue soportado durante cuatro años. Mil cuatrocientos sesenta días en los que calló, no opinó ni expresó palabra. Lloraba en silencio en su habitación, solo cuando los comandantes no estaban en el pueblo porque de lo contrario debía estar las veinticuatro horas a su servicio.

Solo un hecho la llevó a hablar. Un día, cuando los guerrilleros bajaron a la cabecera municipal a realizar una de sus acostumbradas rondas, uno de los hombres armados quedó encargado de cuidar el lugar y a los hermanos. Sin ningún testigo a la vista, este hombre hizo uso de su fuerza y su tamaño para intimidar y violar a la pequeña Yuli. No hay descripción más fiel del dolor que sintió esa noche que las lágrimas que brotan de sus ojos.

Podía soportarlo todo. El fuerte trabajo, los golpes y maltratos, pero no haber sido violada: “Le conté al comandante. En ese grupo hubo mucha maldad, mucha crueldad, pero no permitían ese tipo de agresión a una niña”.

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Sacrificio. Esa fue la sentencia que recibió el hombre. En la finca, frente a los demás guerrilleros, Yuli tuvo que ver cómo su verdugo era decapitado públicamente por haberse atrevido a satisfacer sus deseos sexuales con una menor, una niña que ni siquiera se había desarrollado, que no tuvo un novio nunca, que no conocía esa clase de maldad de la que era capaz el ser humano.

Al pasar los días Yuli enfermó. La fiebre que sufría llegaba a temperaturas alarmantes. Estaba deshidratada, desnutrida y sin fuerzas. El vil ataque de su agresor dejó en ella una marca que le tomó mucho tiempo superar: la contagió de Hepatitis B.

Enferma recibió la libertad. Buscó la forma de encontrarse con sus padres y lo logró. Pero ellos vivían ahora en la ciudad de Barranquilla y no contaban con recursos para alimentar una boca más. En medio del dolor, fue regalada a una tía, donde continuó siendo maltratada.

Trató de escapar de todas las formas y la única que le resultó fue casarse a los 20 años con un hombre que la amaba, del que tuvo un hijo, pero que no soportaba ver porque le traía a la mente la imagen viva de ese sujeto que se aprovechó de ella, cuya muerte cargaba en sus hombros como si fuera la culpable.

Volvió a escapar, esta vez con su hijo. Huir de sí misma, de su pasado, le hizo abandonar a la persona que la amó. Su hijo era su única esperanza y el motor que la llevó a ir dejando atrás el dolor. Le tomó cerca de ocho años reunir el valor para contar su historia y declararse víctima del conflicto armado ante el Estado colombiano. El acompañamiento de psicólogos y de diferentes fundaciones le permitió emprender una nueva vida, una en la que el perdón es posible y puede aceptarse a sí misma.

“Aprendí a sobrevivir a esos daños. Soy una víctima sobreviviente. Una mujer que sufrió los estragos de la violencia, pero que ha salido adelante, que cree, que sueña, que estudia, vive, siente”.Yuli Zapata

No fue un camino fácil. Hubo obstáculos pero nunca se rindió. Aprendió a hacer amigos, a reconciliarse con sus padres y encontró un motivo para vivir: ayudar a otras víctimas, a otras miles de mujeres que, al igual que ella, fueron maltratadas, destrozadas y humilladas.

“Yo no dibujo el pasado a blanco y negro. Yo vivo mi presente de colores vivos. Debemos mirar que más allá del pasado hay fronteras vivas. Si Dios nos dio la posibilidad de sobrevivir, debemos enfrentar la vida con alegría”.