El video del momento exacto del ataque se conoció recientemente y volvió a estremecer al país. En las imágenes se ve a un hombre vestido con traje y corbata que permanece durante varios minutos en el norte de Bogotá. Cuando Gustavo Andrés Aponte Fonnegra y su escolta, Luis Gabriel Gutiérrez Garzón, salen de un establecimiento del sector, el sicario les dispara por la espalda y luego huye en motocicleta por la carrera Séptima.
Ambos fueron trasladados con vida a la Clínica del Country, pero fallecieron debido a la gravedad de las heridas.
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Mientras las autoridades avanzan en la investigación para esclarecer los móviles del crimen, quienes enfrentan el vacío más profundo son sus padres, Gustavo Adolfo Aponte y Juanita Fonnegra. Ellos entregaron sus primeras declaraciones públicas tras conocerse los detalles del asesinato.
Con la voz quebrada, Gustavo Adolfo Aponte lanzó un mensaje que fue más un clamor que una declaración. "El país tiene que cambiar porque mi hijo, como tantas personas, un hombre bueno, dedicado a la Virgen, dedicado a sus amigos, a su familia, ¿por qué me lo mataron? No, no podemos seguir así. No, por favor, no hagan este mal daño en este país. Ustedes no saben lo que estamos sintiendo, semejante hombre que era mi hijo, y me lo matan de esa manera. Hay que cambiar eso".
No habló como empresario ni como figura pública. Habló como padre.
Gustavo Andrés Aponte era empresario de tercera generación en una familia con tradición en el sector arrocero. Tras la adquisición de la marca Arroz Sonora en 1993, la familia impulsó un proceso de fortalecimiento que consolidó la compañía en el mercado nacional y amplió su presencia en departamentos como Tolima y Casanare. Dentro del gremio agroindustrial era reconocido por su papel en el crecimiento de la marca, aunque mantenía un perfil público discreto.
También hacía parte del Consejo Directivo de la Fundación Gustavo Aponte Rojas, organización que desarrolla programas de formación y acompañamiento para niños y niñas en condiciones vulnerables, especialmente en sectores como Patio Bonito, en el suroccidente de Bogotá.
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En medio del dolor, Juanita Fonnegra agradeció las muestras de solidaridad recibidas desde que se conoció el crimen. "Yo quiero dar gracias a todas las personas que desde hace mucho nos han acompañado, familiares, amigos, las redes no dejan de hablar de lo lindo que era mi hijo Gustavo Andrés. Todas las palabras de afecto y amor, porque era un hombre bueno. Y ojalá, Dios mío, este país cambie. Tenemos que luchar por tener un país sin violencia".
Pero fue una frase sencilla la que terminó de desnudar la dimensión de la ausencia: "Esta mañana me levanté y la primera llamada era la de él, pero el teléfono no sonó. No sonó".
Sus palabras no estuvieron cargadas de rabia, sino de una súplica. No pidieron venganza, pidieron un país distinto. Uno donde ningún padre tenga que preguntarse por qué mataron a su hijo, donde ninguna madre tenga que agradecer condolencias en lugar de celebrar la vida.
Hoy, en esa casa donde el teléfono ya no suena en las mañanas, el dolor tiene nombre propio, Gustavo Andrés.
