La historia de Daniel Quintero no empieza en la política ni en un cargo público. Empieza mucho antes, en una Medellín atravesada por la violencia de los años ochenta y noventa, en una ciudad donde crecer significaba aprender demasiado pronto qué era el miedo. Nació en Campo Valdés y creció en Tricentenario, al norte de la ciudad, junto a sus dos hermanos y bajo la guía de su madre, María Estela Calle Mejía: una mujer que sacó adelante a su familia como cabeza de hogar e insistió siempre en que el estudio era la única puerta posible hacia un futuro distinto.
Una infancia marcada por la violencia
La Medellín de aquellos años era dura. El narcotráfico había penetrado la vida cotidiana y la violencia hacía parte del paisaje. Para muchos niños de barrios populares, la muerte dejó de ser una noticia lejana y se volvió una presencia constante. Quintero lo resume con una frase que retrata el ambiente de esa época: “Cuando tenía 10 años ya había visto más muertos que muchos sepultureros”. No lo dice como exageración, sino como descripción de una ciudad donde las balaceras, los asesinatos y las masacres se volvieron rutina.
Una escena se le quedó grabada. Siendo apenas un niño, presenció una masacre en la que once jóvenes que jugaban fútbol fueron asesinados cerca del camino que debía recorrer para volver a su casa.
Su madre intentó protegerlo como pudo. En medio de esa Medellín violenta tomó una decisión que marcaría su vida: le regaló un computador. No era un lujo ni un capricho, sino una estrategia para mantenerlo dentro de la casa y lejos de la calle, donde muchos jóvenes terminaban atrapados por estructuras criminales. Ese computador se convirtió en mucho más que un objeto: fue el inicio de una relación con la tecnología que terminaría definiendo buena parte de su camino. Años después, al recordar ese momento, suele decir que su madre murió sin saber que ese regalo le había cambiado el destino.
La muerte de su madre llegó cuando él era todavía muy joven. Un infarto la sorprendió y dejó a Daniel y a sus hermanos prácticamente solos. Desde entonces, la vida cambió de manera abrupta y la supervivencia se volvió prioridad. Trabajó como vendedor ambulante, mensajero y en cualquier oficio que le permitiera sostenerse. Aun así, el estudio nunca desapareció de su horizonte.
Se graduó del bachillerato a los 14 años e ingresó a la Universidad Nacional para estudiar ingeniería química, pero la falta de dinero lo obligó a retirarse. Lo intentó después en la Universidad de Antioquia y allí volvió a encontrarse con el mismo obstáculo: no tenía con qué pagar la matrícula.
La historia dio un giro cuando una funcionaria de la universidad decidió ayudarlo. Tras escuchar su situación, pagó la matrícula con su propio salario y lo apoyó para acceder a un programa de alimentación que le permitió mantenerse estudiando. Ese episodio, que suele narrar como uno de los momentos decisivos de su vida, le dejó una idea que repetiría más tarde: muchas veces el problema no son las personas, sino las reglas de las instituciones.
De la tecnología al servicio público
Con el tiempo se graduó como ingeniero electrónico. La tecnología, que había llegado con aquel computador que su madre le regaló para alejarlo de la calle, se volvió el eje de su carrera. Hizo su práctica en Empresas Públicas de Medellín y trabajó como desarrollador de software. Más adelante decidió emprender: creó una empresa de tecnología y se trasladó a Bogotá, donde estudió finanzas en la Universidad de los Andes. Su camino también lo llevó a Estados Unidos, con cursos en Boston University y en Harvard relacionados con innovación, tecnología y emprendimiento.
Como empresario, su carrera avanzaba, pero las preguntas por la realidad social del país seguían ahí. Quintero empezó a involucrarse en iniciativas ciudadanas y ambientales. Una de las más recordadas fue “Piensa Verde”, que surgió en 2012 a partir de una idea simbólica inspirada en una frase atribuida a Martin Luther King: sembrar árboles incluso cuando el futuro parece incierto. La campaña invitaba a plantar un árbol y a pedir un deseo. Lo que comenzó como una iniciativa pequeña terminó movilizando a miles de personas que sembraron en distintos lugares y convirtieron la propuesta en un movimiento ambientalista.
Poco después apareció otra iniciativa que llamó la atención por su forma de cuestionar la política tradicional: el Partido del Tomate. Nació como una protesta ciudadana contra el sistema político, con un nombre que invitaba a una acción directa: “tómate la política”. En distintos lugares del país surgieron vallas que criticaban decisiones o actores públicos, acompañadas de canastas con tomates para que la gente expresara su inconformidad. La idea conectó con muchos jóvenes y creció rápido, aunque también chocó con las barreras del sistema electoral colombiano para abrir espacio a nuevas fuerzas.
Su llegada al gobierno nacional ocurrió durante la administración de Juan Manuel Santos, cuando fue nombrado presidente de iNNpulsa, entidad encargada de promover el emprendimiento y la innovación en Colombia. Desde allí impulsó programas para fortalecer el ecosistema emprendedor y, posteriormente, fue designado viceministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. Sin embargo, su trayectoria política tomó otro rumbo cuando decidió regresar a Medellín para aspirar a la alcaldía.
Para muchos analistas, esa aspiración parecía improbable. Venía de procesos políticos nacionales y había apoyado públicamente a Gustavo Petro en una ciudad donde ese respaldo no era mayoritario. Aun así, Quintero ganó la elección y se convirtió en alcalde de Medellín con una de las votaciones más altas registradas hasta entonces. Su administración quedó marcada por una agenda centrada en educación, innovación y tecnología, temas que él conecta con su propia historia.
Entre los programas que suele destacar está la entrega masiva de computadores a estudiantes. Para él, esa política tiene una raíz personal: si un computador cambió su vida cuando era niño, cree que ese mismo acceso puede abrir oportunidades para miles de jóvenes que hoy crecen en contextos parecidos al que él vivió.
Cuando habla de política, Quintero vuelve una y otra vez a esa infancia atravesada por la violencia y las dificultades económicas. Ahí sitúa el origen de su motivación. Su recorrido, que va de la tecnología al emprendimiento, de los movimientos ciudadanos a los cargos públicos, suele explicarlo como una manera de responderle a ese niño que creció en la Medellín más difícil. En su relato, cada decisión tiene relación con esa historia y con la idea de que el país puede ofrecer a las nuevas generaciones oportunidades que, en su momento, parecían imposibles.
En esa trayectoria, donde se mezclan memoria personal y vida pública, Daniel Quintero insiste en que su lucha no empezó en la política. Empezó mucho antes, en los barrios de Medellín, en una ciudad donde crecer era sobrevivir y donde un computador, regalado por una madre que quería proteger a su hijo, terminó abriendo un camino inesperado.
