En medio del ruido de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, donde las voces se cruzan y las ideas se exhiben, Júlia Salander toma la palabra para hacer lo contrario a lo cómodo: incomodar. Politóloga, analista de datos y activista digital, llega con un libro que no busca consenso sino reflexión. Fuego al machismo moderno no es solo un compendio de frases cotidianas; es un ejercicio de memoria, de respuesta y de confrontación.
¿Quién es Júlia Salander en sus propias palabras? ¿En qué momento las convicciones resultaron en un trabajo diario?
Es difícil describirse a una misma. Pero, en esencia, mi trabajo en redes consiste en señalar el machismo, especialmente la violencia que sufrimos las mujeres. Mi objetivo es visibilizar lo que ocurre e invitar a la reflexión.
Hay muchas cosas del machismo que tenemos completamente interiorizadas. Por eso nace también la idea del libro: Fuego al machismo moderno. Es un recopilatorio de frases machistas que hemos escuchado a lo largo de la vida —incluso frases que yo misma he dicho—. Algunas son muy evidentes, otras mucho más sutiles. Lo que hago es recogerlas y responderlas. No para que la gente repita mis respuestas, sino para que las entienda y analice qué hay detrás. Mi objetivo es fomentar el pensamiento crítico, cuestionar aquello que repetimos por inercia y entender qué violencias hemos normalizado.
¿Cómo surge la idea de construir respuestas frente a esas afirmaciones?
Surge de la vida cotidiana y también del trabajo en redes. Muchas seguidoras me escriben diciendo: “Me han dicho esto, sé que está mal, pero no supe qué responder”. A todas nos ha pasado: en medio de un debate te quedas en blanco, y luego, en casa, piensas en lo que hubieras querido decir. El libro nace de ahí, de años escuchando frases, investigando, leyendo y analizando datos. Hay ideas tan arraigadas que requieren profundizar mucho para desmontarlas. Entonces decidí recopilar todo eso y ofrecer herramientas que inviten a reflexionar.
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¿El libro puede entenderse también como una respuesta a esa idea de que “callada se ve más bonita”? ¿Qué significa hoy recuperar la palabra?
Totalmente. Hay una frase que me gusta mucho: “Lo que no se nombra no existe”. Por eso es tan importante la palabra. Nombrar, visibilizar, explicar. También reivindico mucho el uso de datos. Los datos aportan una realidad tangible. No es lo mismo decir “los hombres cobran más que las mujeres” que decir “en España los hombres cobran un 23% más”. Ahí ya no estamos en el terreno de la opinión, sino de la evidencia.
Nombrar las cosas con datos permite dimensionar el problema, pero también ayuda a no sentirnos solas. Cuando hablamos, especialmente de violencias como la sexual, entendemos que no es algo individual, sino colectivo. Y eso da fuerza.
¿Qué le han revelado los datos sobre el machismo que no podría verse de otra forma?
Sobre todo en violencia sexual. Hay datos muy impactantes, como que el 60% de las mujeres que han sufrido agresiones sexuales nunca se lo han contado a nadie. También está la cifra de denuncias: en España solo se denuncia alrededor del 8%. Eso significa que el 92% de los casos no llegan nunca a registrarse. Entonces, la magnitud real del problema es difícil de dimensionar. Y hay otros ámbitos, como la prostitución, donde directamente faltan datos. Yo, por ejemplo, soy abolicionista de la prostitución, y cuando intento acercarme a este tema desde esa perspectiva, me encuentro con que no hay cifras claras. No sabemos cuántos hombres consumen prostitución ni cuántas mujeres o niñas están en esa situación. Sin datos, no podemos entender ni combatir el problema. Para poder atajarlo, primero necesitamos dimensionarlo.
¿Cómo evalúa la disposición de los Estados para registrar la violencia machista?
Terrible. Casi no se registran datos. Y no solo eso, muchas veces se registran mal. Por ejemplo, con el feminicidio: dependiendo de cómo lo definas, lo cuentas o no lo cuentas, y hay muchos casos que nunca llegan a las estadísticas oficiales. Entonces es un problema muy grande, porque si no hay datos, no podemos entender la magnitud del problema. Y muchas veces tampoco hay interés en recogerlos, porque dimensionar el problema implica asumir que tienes que buscar soluciones. Y cuando no hay voluntad política real, ¿para qué lo vas a medir?
Hablemos del título: Fuego al machismo moderno. ¿Cómo se manifiesta hoy ese machismo?
Muy turbio. Yo pensaba que las generaciones anteriores eran machistas porque les educaron así. Nadie nace feminista, yo tampoco. Yo me he convertido en feminista leyendo, estudiando, reflexionando, desaprendiendo lo que me habían enseñado. Pero ahora veo a chicos de 16, 17, 18 años con discursos profundamente machistas, incluso más que los de sus abuelos. Y eso me impacta muchísimo, porque ahora tenemos más información que nunca. Creo que las redes sociales tienen mucho que ver. Premian la hostilidad y el odio. Si un chico publica un mensaje insultando a las mujeres y recibe miles de “likes”, eso genera validación social. Aprende que cuanto más odio expresa, más reconocimiento obtiene.
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¿Qué papel juegan las redes sociales en este fenómeno?
Es complejo, porque no solo es el algoritmo, también somos nosotros como consumidores. El contenido negativo conecta más, genera más reacción, más compartidos. Si explicas una injusticia, una agresión, eso remueve emocionalmente y se viraliza más que una noticia positiva. Entonces, también hay una responsabilidad colectiva en qué consumimos. En el caso de los incel, por ejemplo, hay mucha frustración y una necesidad de validación grupal. Y en esas comunidades se refuerzan discursos de odio.
Se dice que el machismo actual se esconde en el humor, que es más sútil ¿Cuál es su postura frente a esto?
El humor puede ser una herramienta, incluso para el activismo, pero hay que tener cuidado. Para mí, el humor debe ser horizontal o de abajo hacia arriba. Cuando es de arriba hacia abajo, es violencia. Muchos chistes se hacen sobre mujeres o colectivos vulnerables. Bajo la excusa de “es una broma”, se perpetúan desigualdades. Entonces hay que cuestionar qué hay detrás de ese humor.
¿Cómo ha sido para Julia convivir con el hecho de que sus ideas pueden incomodar?
Hay una frase que me gusta mucho: “El feminismo que no incomoda es marketing”. Yo sé que mis ideas incomodan, pero eso significa que estoy señalando algo que no funciona. Si no incomodas al sistema, es porque no lo estás cuestionando. Entonces, para mí, incomodar forma parte del proceso. Muchas veces intentan invalidar el mensaje criticando el tono, diciendo que somos exageradas o que estamos enfadadas. Pero es una forma de desviar la conversación.
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Este libro no solo es para los lectores o lectoras, es también para usted, Escribir es un regalo íntimo y personal… ¿Qué le dejó a Julia Sallenders el proceso de escribir este libro?
Al principio tuve mucho síndrome de la impostora. Me daba respeto dejar mis ideas por escrito, pensar que en unos años podría cambiar de opinión. Pero también pensé: hay muchísima gente publicando sin cuestionárselo tanto. Así que decidí hacerlo. Fue un proceso muy terapéutico, porque muchas de esas frases las recibo en comentarios de odio y nunca respondo por salud mental. El libro me permitió responderlas desde otro lugar. Fue una forma de transformar todo eso en algo útil.
