Mucho antes de que la conversación sobre identidad de género entrara al debate público, la salsa ya había contado una historia incómoda. Lo hizo en 1989, sin consignas ni discursos, desde un lugar inesperado: la pista de baile. El gran varón, interpretada por Willie Colón, se convirtió en una de las canciones más polémicas y disruptivas de la salsa latinoamericana.
La canción narra la historia de Simón, el hijo “varón” que su padre intenta formar bajo los códigos tradicionales de la masculinidad. Pero el relato se quiebra cuando Simón no encaja en ese molde, decide vivir su identidad y rompe con lo que su familia, y su entorno, esperaban de él. El precio es alto: rechazo, silencio y expulsión afectiva.
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Una tragedia sin moraleja
La letra no juzga ni edulcora. El conflicto no está en Simón, sino en el padre, en la rigidez cultural y en una sociedad que no sabe cómo reaccionar ante lo que desafía sus normas. El cierre de la canción, seco y devastador, no busca moralejas; expone una tragedia humana que solo se comprende cuando ya es irreversible.
Willie Colón nunca presentó El gran varón como un manifiesto, y ahí radica parte de su potencia. La salsa, históricamente ligada al barrio, a la calle y a la experiencia cotidiana del Caribe urbano, se convierte aquí en crónica social. En una América Latina de finales de los años ochenta, marcada por el machismo y el silencio frente a la diversidad, poner esta historia en la radio fue un acto de ruptura.
Una canción que partió el género
El impacto fue inmediato y contradictorio. Para algunos, una canción valiente; para otros, una provocación incómoda. Pero nadie pudo ignorarla. La salsa, un género asociado al goce y al baile, se transformó en un espacio de debate sobre género, familia, exclusión y castigo social.
Décadas después, El gran varón sigue interpelando. No porque haya envejecido mal, sino porque el conflicto que retrata sigue vigente. Cambiaron los términos, pero no la herida: aún hoy, muchas historias terminan en ruptura antes que en comprensión.
Willie Colón entendió algo esencial: la salsa también piensa. No solo celebra, también denuncia, observa y deja constancia. El gran varón no levantó banderas ni pidió adhesiones, pero hizo algo más difícil: obligó a escuchar una historia que muchos preferían callar.
Y quizá por eso sigue incomodando. Porque no habla de teorías ni de consignas, sino de un ser humano enfrentado a la negación. Y frente a eso, ni el ritmo ni el baile alcanzan para escapar.
