Acción y Reacción

1 de junio del 2011

Las manifestaciones populares que se han visto en los últimos meses alrededor del mundo son un claro síntoma del malestar que se vive en países asiáticos, latinoamericanos, europeos y, en días recientes, también en EE. UU. Cada vez es más clara y sonante la insatisfacción de la población común y corriente por las medidas que se toman con arbitrariedad e inconsecuencia.

El problema no radica en si se quiere privatizar la educación superior o si lo que se quiere es restringir el acceso a la información en Internet; si se quieren perpetuar gobiernos monárquicos o dictatoriales. El problema estriba en que el modelo por el cual se está rigiendo la mayor parte de lo que se considera mundo civilizado, es un modelo caduco.

La acumulación ilimitada de bienes, la explotación sin freno de recursos renovables y no renovables, la anulación del otro en función de la propia comodidad, son muestras más que palpables de esa caducidad. En ese orden de ideas sería bueno saber a cuántas muertes en las plantas de producción en China equivalen todos y cada uno de nuestros electrodomésticos.

A medida que las condiciones de vida de la mayor parte de la población van cayendo en una espiral que lleva a la miseria y la hambruna, las acciones de unos cuantos se vuelven cada vez más radicales. Es así como ciertos levantamientos populares en Medio Oriente y el Norte de África son vistos con buenos ojos por parte de los gobiernos occidentales, que en muchos casos tienen intereses en la explotación de los recursos de esas regiones. Pero si la insatisfacción se da con acciones civiles en esos mismos países occidentales, estas se tachan de vandalismo o desorden, y son reprimidas sin que se considere como un acto autoritario.

Se empieza a vislumbrar la posibilidad de que la ciudadanía pueda volver a tener el control sobre sus vidas y sobre sus decisiones. A medida que el descontento crece las medidas en contra de la organización y la información libre se hacen cada vez más fuertes y la censura y autocensura son el pan de cada día. Es hora de pensar seriamente en las reales posibilidades del poder ciudadano y en la relación de cada uno de nosotros y el mundo que está más allá de nuestra piel.

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