Andrés Felipe Arias, el veredicto de Dios.

Vie, 21/06/2013 - 13:06
 
Aunque los medios tradicionales no parecen estar muy dispuestos a hacer un “mea culpa” fr
 

Aunque los medios tradicionales no parecen estar muy dispuestos a hacer un “mea culpa” frente a su poco ético papel incriminatorio en el caso de Andrés Felipe Arias, todos saben muy bien que su “carcelazo” se debe a una bomba mediática con fines políticos. ¡Punto!

No más es ojear el artículo de la revista CAMBIO, epicentro del sismo, para encontrar en él una serie de generalizaciones que, bien administradas, daban a la opinión pública la idea de que AIS era una tramoya orquestada desde el Ministerio de Agricultura para robar. Lo cual, si bien fue suficiente para frustrar las aspiraciones políticas del exministro, por lo visto hasta ahora nunca fue así.      

Y es que, ante la ausencia de pruebas, lo que ahora sí se puede inferir de este comportamiento mediático, que a todas luces no tiene nada que envidiarle al matoneo infantil, es una inquina tal que rebasó todo horizonte objetivo. Lo digo porque, si bien es normal estar en desacuerdo con algún tipo de línea política —izquierda o derecha— y por qué no sentirse ofuscado por ella y por lo mismo criticarla de manera —si se puede— imparcial, graduar de delincuente a alguien, sacando provecho además de una estructura de poder que induce a pensar de determinada manera a la gente, es casi —porque la injuria parece estar cobijada también bajo la libertad de expresión— un delito.

Y lo peor: si no un delito sí una práctica que viene haciendo carrera como forma de hacer “justicia‑política” a través de los medios. Porque, no seamos hipócritas, hoy por hoy para eliminar la honra de alguien, sinónimo de maniatar a un rival, solo basta un titular entrecomillado en primera página que conjugue un apellido, usualmente el sujeto a cazar, con un verbo descalificador, tipo arremeter‑acosar‑perseguir‑robar, y la fuente: zutanito de tal —últimamente el alias de un gran criminal—,  y ya está. Ahí tenemos el veredicto de Dios.

Por lo demás, no en pocos casos, titular sustentado bajo una serie de inferencias más propias de la ficción: “… sonrió de manera orgullosa, como burlándose del país…” o “… con esa mirada de pícaro nada raro que haya robado…” o “… valga aquí recordar que el personaje de marras es primo segundo de la esposa del mafioso…”

Así las cosas, los medios en vez de dar ejemplo de tolerancia y buen juicio, sobre todo en un país urgido de voces y plumas ecuánimes, capaces de ver entre grises, de hacer recapacitar a las masas violentas, se han convertido en un eje más de  polarización y conflicto. En ellos, los comunicadores, escudados en la infinita libertad de expresión, dan rienda suelta a sus amores y odios. Amores y odios que, bajo un manto de profesionalismo —en algunos casos—muy bien zurcido, subjetivizan al extremo toda ecuación.  

@Fe_derrata

 
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