
“¡Desocupa tu cuenta bancaria!” me gritó un hombre que, salvo por un gorro de rayas verdes y amarillas, estaba completamente desnudo. Ahí supe que me acercaba al famoso Zuccotti Park, en pleno distrito financiero de Nueva York, el corazón del movimiento llamado Occupy Wall Street. Cientos de policías resguardaban el parque y sus alrededores, que ese 17 de Septiembre había sido ocupado nuevamente por los protestantes –
occupiers – que celebraban el primer aniversario del movimiento que reclama equidad social y denuncia la avaricia, corrupción e influencia negativa que tiene el sector financiero y las corporaciones en el gobierno y la democracia.
Las escenas eran idénticas a aquellas que le dieron la vuelta al mundo hace un año. Cientos de jóvenes, armados de arengas y pancartas, ocupaban el parque de forma pacífica y reclamaban justicia social, política y económica. Pero la primera impresión que las decenas de periodistas y visitantes se llevan es que el movimiento parece un circo cuyo objetivo es llamar la atención. Los manifestantes, en un ambiente que apestaba a chucha con marihuana, se exhibían orgullosos frente a las cámaras, trataban de llamar la atención de los periodistas, desfilaban sus disfraces – desde cerdos de corbata hasta Adanes sin hoja de parra – y gritaban a los transeúntes y conductores. La policía, presente pero tranquila por el pacifismo de la protesta, apenas miraba con desdén a los jóvenes que fumaban marihuana a un par de pasos de distancia. Adultos mayores vestidos con ponchos de colores y flores en el pelo, representantes de la nostalgia hippie, repartían abrazos y flores y gritaban contra las guerras que libra su país en otras tierras. Por un momento me sentí en un concierto, horas antes de que la banda subiera al escenario. Salvo las pancartas, nada me decía que estuviera en el corazón de una protesta, y menos en una tan famosa como Occupy Wall Street.
[caption id="attachment_248276" align="aligncenter" width="300" caption=""Hermano, ¿Me regalas un billón?""]

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Cuando estaba pasando la fascinación por los disfraces, las pancartas y la algarabía, empecé a notar que muchos manifestantes se sentaban en círculos y discutían, con moderadores improvisados, distintos temas. Cuando me acercaba escuchaba conversaciones acerca de las elecciones presidenciales, de las propuestas de los candidatos, de la posición de Estados Unidos frente al conflicto Sirio, de las guerras actuales y las futuras, de la influencia del dinero de las grandes corporaciones en la política, de inmigración, de drogas y muchos temas más. De repente escuché como se acercaba hacia mí, como una ola, lo que parecía ser la voz del parque. A lo lejos, a unos 40 metros, un hombre pequeño de tez morena y gafas gruesas se dirigía a los manifestantes sin alzar la voz, pero cada persona presente, en voz alta, repetía cada frase al unísono para que todo el parque escuchara el mensaje. Era el famoso “mic check”, el sistema de amplificación que usan los manifestantes para reemplazar los megáfonos y parlantes prohibidos en el parque. El hombre recordó las reglas de la ocupación, como nada de violencia, no dormir en el predio y no hacer basura. Luego recalcó que el movimiento seguía vivo después de un año, tan fuerte como en sus inicios, y anunció que en unos momentos se reuniría la asamblea principal y que cada manifestante podía acercarse a proponer temas para discutir.

Yo escuchaba, de pie, el mensaje del representante de la asamblea, cuando un hombre me tocó el hombro y con excesiva cortesía me pidió que me sentara para que todos pudieran ver. Noté que era la única persona de pié en un radio de 20 metros y me senté, avergonzado. Todos repetían las frases, una a una, mientras yo miraba sorprendido. Un hombre a mi lado me dio un pequeño codazo, como reclamándome que participara y ayudara a que se escuchara el mensaje, y ahí fue cuando me di cuenta de que estaba estorbando. Que esta protesta va en serio, que tienen objetivos claros y que es importante para los manifestantes. Que de verdad creen que pueden hacer la diferencia, y que por algo sigue viva un año después. Así que empecé a gritar las frases, a aplaudir, me emocioné y despedí de pié al representante de la asamblea. Me senté de nuevo y me encontré, sin darme cuenta, en uno de esos pequeños círculos donde los manifestantes discutían. Sentí algo de miedo, pero no me moví.
Un moderador voluntario puso el tema del déficit fiscal y cómo reducirlo, y empezó la discusión. Afortunadamente conocía el tema y pude opinar, y cuando empecé a sentirme cómodo, una mujer, con su hija de 8 años llamada Cloe, me preguntó de dónde venía. Les conté de Colombia, y envalentonado por su curiosidad, les hablé de nuestro país. Les conté de la guerra, de la riqueza natural, de la corrupción, de los paisajes, de la pobreza, de la comida y de la droga. Hablamos de legalización, del amplio consumo de cocaína en Estados Unidos, de la carga que tenemos los países productores, de la influencia del narcotráfico en la economía y en la política. Hablábamos de corrupción, cuando me preguntaron “¿Y qué han hecho ustedes al respecto?”. Con vergüenza les conté de una que otra marcha, alguna protesta, pero tanto ellos como yo nos dimos cuenta de que no hemos hecho nada para acabarla.
Ya era tarde y debía irme. Terminé un sánduche de pastrami que me habían regalado y me despedí. Me dieron abrazos y besos, me recomendaron sitios para visitar en Nueva York, me entregaron sus correos electrónicos y me dijeron adiós. Di unos pasos y la pequeña Cloe me alcanzó, me tomó de la mano, me dio un beso en la mejilla y me regaló una flor amarilla. Fue el regalo más irónico que pudo haberme dado, porque la flor que me recordaría una protesta que celebraba un año de vida, moriría en solo un par de días. Vine a recordar a Cloe y la flor amarilla el 2 de Octubre, cuando en Bogotá se celebró el llamado “24-0”, 24 horas con 0 muertes violentas. Una propuesta bonita, pero que mi mente cínica leyó como “si quiere matar a alguien, hágalo mañana”. La flor era el regalo perfecto en estas manifestaciones, las que hacemos en Colombia de vez en cuando, que un día están vivas y son hermosas y coloridas, pero que al otro día ya están muertas.
[caption id="attachment_248270" align="aligncenter" width="300" caption=""Todavía estamos aquí""]

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