Del ciberactivismo, la ciberhipocresia, y otros demonios.

16 de septiembre del 2014

En medio de un supuesto proceso de paz donde se ha invertido una millonada en campañas que nos invitan a la reconciliación,  la realidad es que los colombianos estamos cada vez más divididos. Muchos estaremos de acuerdo que una de las causas de la polarización –y tal vez la más importante- es consecuencia de nuestra actualidad política, en donde sus grandes líderes parecen estar más interesados en la consecución de vendettas personales que en el bienestar de sus electores.  Sin embargo, esta no es la única razón de nuestra segmentación si tomamos en consideración que otra gran razón de esta es producto de cómo la cultura del odio se ha expandido del contexto político a la cotidianidad de nuestras opiniones.

Un excelente escenario para observar las actuales dinámicas de polarización, odio e intolerancia en Colombia son las redes sociales. Muchos discreparán conmigo teniendo en cuenta el profundo fracaso que significaron las marchas por la Ley 30 y el paro agrario en donde se ejemplificó que en este país de flojos nos encanta hablar y criticar pero son pocos los que deciden construir o realizar cambios. No obstante, estas han ido encontrando poco a poco su espacio y emergen como el nuevo medio de movilización social y descontento. En otras palabras, nos permiten realizar un examen de quienes somos partiendo del hecho que las redes sociales nos generan un sentimiento de confianza que erróneamente solemos confundir con seguridad.  Y tal seguridad ha sido un excelente nicho para nuestra cultura hipócrita, de clavar puñales por la espalda, de hablar mal de los demás… es que todo nos fluye tan fácil escondidos detrás de una pantalla y un teclado.

Reconozco que pertenezco a la cultura tecnócrata en su versión (degeneración) chibchombiana, la cual mezcla la necesidad por la tecnología y las malas costumbres que atentan contra el manual de Carreño, que las redes sociales poco a poco han echado profundas raíces en mi vida y ya son parte de ella, que soy una de esas detestables personas que pasa más tiempo pegada a una pantalla que socializando, que pienso, luego tuiteo/posteo/comparto…Como en este momento.

Gran parte de mi fascinación con las redes se debe a la posibilidad de interactuar o ser testigo con las diferentes personalidades que rondan en ella y sus manifestaciones.  Por ejemplo, están quienes comparten cosas por el simple hecho de sentirse en la moda, esas que probablemente subieron su video del #ALSIceBucketChallenge y ni siquiera saben qué es la esclerosis lateral amiotrófica; los que en su muro tienen más fotos de santos, oraciones y pasajes de la biblia que una tienda cristiana; los que piensan que la mejor manera de concientizar es a través de fotos que rayan en el amarillismo y el morbo enfermizo; o aquellas personas que hoy en día inundan los news feeds con su falsa defensa de los derechos o “cruzadas” por la libertad.

Estas personas que se jactan de ser demócratas y defensores de las libertades individuales son peores que aquellos a quienes pretenden censurar.  Ya no es extraño leer cómo una persona condena de incapaces mentales a quienes no apoyan el derecho al matrimonio/adopción para las parejas gays, escuchan reggaetón, o quienes expresan su dicha sobre la enfermedad de un desdeñable personaje de la política de tinte conservador por su postura con respecto a las libertades de minorías. Y es que la defensa de los derechos poco a poco se ha convertido en una imposición, en una cruzada por la conquista epistemológica de la verdad absoluta.

Así las cosas, la campaña para la apertura de los derechos de minorías ha terminado en manos de gente que más que contribuir a la inclusión de estas ideas en el ideario colectivo, han aportado a la polarización, al odio, a la intolerancia vista desde la otra costa. Al final, son los mismos peleando contra los mismos por más que se quiera maquillar bajo el fundamento de estar defendiendo distintas ideas.  Bajo la consigna de la intolerancia para llegar a la tolerancia y la guerra del lenguaje seguimos deshumanizándonos en la lucha por un mundo más humanitario.

Pero no, para muchos, estas actitudes radicales (de lado y lado) son inofensivas pues el mundo virtual difícilmente se transmuta a la realidad.

Es importante para quienes defendemos las libertades de los distintos grupos que hoy ven sus derechos diezmados que cuestionemos si estamos empleando mecanismos que sean efectivos en el sentido que estos aseguren una inclusión permanente de estas ideas en el ideario pluralista. La imposición (en su connotación conflictiva) de una idea no supone su permanencia y por el contrario perpetúa la batalla  con las ideas “tradicionales” que se ven amenazadas por la manera tan violenta por medio de la cual se ha pretendido hacerlos entrar en razón.

Lastimosamente, estamos jugando mal nuestras cartas, pretendiendo ganar la “guerra” con los mismos medios injustos que fueron el germen para nuestra actual lucha, imitando el infame esquema de la tiranía de las mayorías. Lo anterior se puede explicar por la imposibilidad o inconveniencia que representa alejarnos de la cultura guerrerista en la que nos hemos criado. Empero, bajo la creencia de estar eliminando esta cultura, lo que en verdad se ha hecho es transportarla a otras esferas, como es el caso. Si se fundamentara la búsqueda de la tolerancia no en la imposición sino (en palabras de mi conversador hermano) en la coexistencia con las demás personas respetando su forma de pensar.

Entretanto, nos siguen imponiendo la paz a través de discursos que poco prestan atención a las “particularidades”, todos sabemos que la realidad es otra y las evidencias pueden ser encontradas simplemente ingresando a nuestras redes. Por ello, hasta que no se decida replantear los mecanismos que se están empleando en esta intolerante lucha por la inclusión y respeto,  en Colombia nuestro único ejemplo de unidad seguirá siendo cuando juega “la sele”. (Aun así ¿Cuántos muertos y heridos hubo por riñas en épocas del mundial?)

@carotpiedrahita

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