Del olor y otros demonios

Del olor y otros demonios

18 de junio del 2015

Existen muchos tipos de seductores. Los hay que se mueren de vergüenza y emplean la timidez y la mirada de cordero degollado como arma letal. También están los que se asfixian en el silencio y las palabras se les atragantan como papas calientes, esgrimiendo una ternura muda e interesante. Otros, en cambio, son el verbo personificado. Dominan y predican, hablan y hablan y destilan un poder de convencimiento calientito en cada frase. Sin embargo, en el mundo nocturno, y en especial el de Cali, todos somos iguales: la noche es una madre que no distingue y da a sus hijos cariño y rejo a partes iguales. Y es que cuando dos cuerpos danzan muy juntos en medio de una pista, no hay diferencia. Sin embargo, algunos triunfan y otros no, ¿a qué se debe esto?

El trabajo de campo que he desarrollado sábado tras sábado en la noche caleña para resolver esta pequeña incógnita ha sido arduo. Incluso, para darle más veracidad a mi investigación, también he tirado paso. La conclusión es sencilla: la seducción, en las pistas de baile, es una cuestión eminentemente olfativa. Hay factores importantísimos y elementales, claro está, como saber bailar y tener una dentadura sana. Sin embargo, si hueles mal estás perdido: si eres tímido pero tus axilas son elocuentes, lo mejor es que no salgas de casa.  Si tienes una halitosis que empaña espejos y tapona oídos, bailar para seducir no es lo tuyo.

El olor es la antesala del sabor. Los ojos son el espejo del alma, dicen, pero el aliento es el retrete y si éste no está en condiciones óptimas de salubridad, ¿de qué vale un espejo bien brilladito? La fuerza enamora, pero cuando un hombre levanta los brazos un poco para marcar sus bíceps y un animal poderoso escapa de la caverna, todo el esfuerzo hecho en el gimnasio se va al traste. Existe otros demonios en la noche, pero el más poderoso es este. Un olor es capaz de derribar el amor más firme. Pero hay esperanza, caballeros: este es un demonio que se puede exorcizar. Sólo se necesita un poco de agua bendita y mucha fe.

Gabriel Rodríguez

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