El entretenimiento como ibuprofeno de la literatura

12 de noviembre del 2018

Por: Camilo Villegas.

literatura

Un día te detienes en una de esas librerías del centro de Bogotá en donde sacan algunas cajas a la calle. Exploras las montañas de libros y tropiezas con alguno de ellos, quizá, el que arruinó tu época de estudiante. Lo separas del resto, relees la primera página y sin saberlo, acabas de comenzar el regreso a los buenos tiempos. Cuando te acercas a pagarlo (cuesta tan solo cinco mil pesos) te dicen que puedes llevarte otro abonando tres mil pesos más. Pero les dices que no porque para suicidarse basta solo una bala. Lo cierto es que, comienzas a leerlo esa misma noche después de cenar como el que se introduce en un callejón por el que se llega al centro del laberinto del que se pretendía salir.

Cualquiera puede escribir un libro. Yo estoy escribiendo uno. Eso sí, muy mediocre. Voy a ver si lo saco por mi cuenta, sin editorial ni diseñador, sin corrector de estilo ni mercadeo, y así va a ser jodido. Es que cuando tocas las puertas de una editorial ponen cara de drama y dicen que solo pueden darte el 10% de las ganancias porque en los libros no hay plata. No entiendo a esas empresas; si el negocio en el que están no es rentable, dedíquense a otra cosa y dejen de morirse y matar de hambre a los escritores.

Bien, yo no soy escritor; yo trato de escribir, que es diferente. Escritores Ayn Rand y John Locke, Gabo y Lucifer, pare. Yo todavía no tengo nivel para ser publicado por una editorial, y ese es el problema del mercado del libro, que cualquiera se cree con talento para escribir uno. Lo más horrorizante del tema es el poco prestigio que tenemos los blogueros y el mucho que tienen los que publican un libro, si ambos hacemos lo mismo.

Alguien lanza un libro, así sea una basura, y empiezan a llamarlo “Escritor”. Lo sacan en la prensa, lo invitan a dar conferencias y a dictar clase en una universidad. A un bloguero no le pone atención ni la mamá. A un escritor de libros, en cambio, no se lo soporta ni la mamá. No entiendo esa idolatría, si ser un autor publicado no es ningún mérito. Vea usted al ex sacerdote Alberto Linero, por ejemplo, que de la noche a la mañana se convirtió en gurú de los consejos espirituales y sacó un libro llamado ‘Dios es mujer’. Se trata de una vaina muy deprimente de la que no tiene sentido hablar ahora. Listo, imprímase, la pieza es éxito en ventas, sale en reseñas de prensa, lo ves en las cajas de los supermercados y las amas de casa le piden al autor sugerencias sobre buscar a Dios, conservar al marido, endurecer las uñas y hacer durar el esmalte. Todos consejos que se encuentran en internet o que los podría dar una tía.

En ocasiones, escribir un libro no es muy diferente de leerlo. Créeme, es así de toda la vida, lo empiezas con un planteamiento equis, primordialmente liberador, pero él te va trayendo paso a paso de regreso a la prisión de la que pretendías fugarte, Imagina a un preso que tras excavar durante meses un túnel llega misteriosamente a la misma celda de la que salió, en la que ahora hay dos huecos, uno de entrada y otro de salida. La lectura es el túnel por el que sales y la escritura por el que entras. Como la tragedia de Sófocles; “Edipo”, solo has escapado para cumplir deseos estúpidos que intentabas burlar, y que casi siempre son una alternativa más o menos distante de aquel viejo argumento fundacional: matar al padre para casarse con la madre. La lectura, como la escritura, debe ser insana, desequilibrada, es decir: debe ser cocaína pura y dura. Lo demás es entretenimiento. El entretenimiento como ibuprofeno de la literatura.

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