LA FORMA DE LA ESPADA

14 de junio del 2012

(Con motivo del vigésimo sexto aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, y como una contribución, así sea mínima, al debate acerca de las discriminaciones, publico esta columna sobre el ataque sufrido por Daniel Zamudio, un joven homosexual chileno, a manos de un grupo neo-nazi)   “Es por ello que no es injusto que […]

(Con motivo del vigésimo sexto aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges, y como una contribución, así sea mínima, al debate acerca de las discriminaciones, publico esta columna sobre el ataque sufrido por Daniel Zamudio, un joven homosexual chileno, a manos de un grupo neo-nazi)

“Es por ello que no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine a todo el género humano; como no es injusto que la crucifixión de un solo judío sea suficiente para salvarlo” La Forma de la Espada, Jorge Luis Borges

Hay un cuento de Borges en el que un traidor cuenta la historia de su traición con la voz del traicionado; de esa forma se asegura de que su interlocutor lo escuchará hasta la revelación final; y concluye: “ahora desprécieme”. Se llama La Forma de la Espada, y me vino a la memoria por lo que me ocurrió hace un poco más de tres meses, y que procederé a contarles a continuación. 

Soy un vendedor de ropa que sueña con ser modelo. Tengo apenas 24 años, y aunque sé que tengo muchos defectos por corregir, mis padres, hermanos y abuelos aseguran que soy buen hijo, hermano y nieto. Yo también creo que lo soy, pero lo que más ansío es ser un buen padre. Esto último, sin embargo, es motivo de tristeza para mí, pues debido a mi orientación sexual las cosas no son tan fáciles como quisiera.  En parte creo que se debe a la discriminación e intolerancia que reina en el mundo, especialmente en algunos lugares como Chile, mi país.

Fue justamente eso, la discriminación, la intolerancia, lo que originó mi infortunado incidente. El 3 de marzo pasado fui atacado por un grupo de jóvenes que desde mucho tiempo atrás habían venido molestándome: amenazas e insultos eran su forma habitual de saludarme. Los argumentos para tal comportamiento (injusto, incomprensible para mí), los deduzco a partir del sartal de gritos y vituperios de los que era objeto, y de ciertos símbolos que portaban con inexplicable orgullo; esos argumentos hablaban de superioridades y preponderancias. Y, por supuesto, de odio. El día referido no fue la excepción; pero ese día, ese aciago día, sumaron a la ira verbal una verdadera furia física: fui atacado brutalmente, me golpearon repetidamente, arrojaron varias veces una enorme roca sobre mi estómago, forzaron mi pierna en sentido contrario de la natural articulación de la rodilla hasta que mis huesos se fracturaron.

Una golpiza memorable. Ya era suficiente: debía aprender a comportarme de forma que no fuera amenazante para ellos. Fue entonces cuando quise encontrar explicaciones al hecho de que yo representara una amenaza tal para un grupo de personas a las que nunca había hecho ningún daño. Un antiguo profesor mío, un ser humano culto y tolerante, me habría hablado de los efectos nocivos de vivir –como vive hoy casi toda la humanidad- en una especie de zoológico humano. Sí: recuerdo que me decía que aquello de que la ciudad es una selva de cemento es exactamente lo contrario de lo que constituye el fenómeno: en la selva, el hábitat natural de hombre de hace 100.000 años, el espacio sobraba; entonces, los grupos humanos no se hacinaban, como lo hacen hoy, en grandes urbes, y esta circunstancia hacía que los inevitables roces entre grupos o individuos se resolvieran por medio de armas casi exclusivamente disuasorias. Así como lo hacen los demás animales (excepto los confinados en parque zoológicos). Nuestro cerebro no pudo cambiar al vertiginoso ritmo que lo hizo el esquema social, y por eso reacciona fácilmente de forma agresiva y violenta.

También recordé un experimento llevado a cabo en Estados Unidos hace 50 años.  El experimento demostraba que personas corrientes, bajo la presión de una figura autoritaria, eran capaces de subvertir sus propias convicciones morales e infligirles un daño muchas veces fatal a otras personas que apenas conocían y que no les habían hecho daño alguno. El experimento buscaba explicaciones a la barbarie nazi, a la que se vieron arrastrados millones de alemanes del común. Tal vez alguno de ellos (de mis atacantes), alguien muy enfermo de la mente, ejercía una fuerte representación autoritaria sobre los demás miembros del grupo.

Muy a propósito esta última consideración con lo que me ocurrió: mis atacantes pertenecían (¿pertenecen?) a un extravagante grupo neo-nazi chileno. Y aunque las anteriores hipótesis acerca de los motivos que tuvieron para golpearme de esa manera podrían explicar el hecho, no lo justifican: somos muchos más los que, viviendo en las mismas condiciones, logramos sacrificar nuestras pulsiones primitivas en beneficio de la convivencia civilizada.

Y a pesar de que mis atacantes fueron identificados, atrapados y serán, probablemente, condenados, ni mi familia ni yo queremos que este hecho  genere más violencia. Queremos, más bien, que mi muerte sirva para que las diferencias en el mundo ayuden a mejorar la vida de las personas y no a destruirlas; que sirva como punto de partida de reconciliación pues, como dice el narrador del cuento de Borges, “lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres”; y si el acto cometido por mis atacantes mancha a todo el género humano, tal vez mi perdón baste para salvarlo. Y sí, así es, no sobreviví al ataque: lo conté de esta manera para que el desprecio hacia mis agresores no les impidiera leer hasta el fin. Ahora perdónenlos.

@samrosacruz

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