La siesta del martes

13 de septiembre del 2012

En estas tierras donde el éxito o la bonanza de las personas causa las más explosivas, mezquinas, e incluso, masivas demostraciones de envidia, el triunfo alcanzado por el escritor Gabriel García Márquez, hace ya treinta años, logra vencer la inedia y la mediocridad del criterio ambiente. Notables entendidos y autoridades del ayer y hoy: críticos […]

En estas tierras donde el éxito o la bonanza de las personas causa las más explosivas, mezquinas, e incluso, masivas demostraciones de envidia, el triunfo alcanzado por el escritor Gabriel García Márquez, hace ya treinta años, logra vencer la inedia y la mediocridad del criterio ambiente.

Notables entendidos y autoridades del ayer y hoy: críticos literarios, defensores de la moral, apoderados del pudor colectivo, argumentaban que el conjunto de su obra era desmesurado y su mundo exuberante, tropical, divorciado de la historia americana. O lanzaban anatemas contra las procacidades que abundan en su páginas, olvidando que igual o más de obscenos e inmorales fueron Shakespeare, Bocaccio, Rabelais y Quevedo. Buscando minimizar la realidad de su capacidad creativa, justificaban su brillo en el llamado “Boom latinoamericano”, o le inventaban un venerable árbol genealógico de influencia o modelos literarios: Joyce, Faulkner, etc. , antes que apreciar de manera justa sus meritos de narrador criollo.

No soy quien para apreciar a profundidad el valor intrínseco de la obra de “Gabo”, por cuanto son limitados mis conocimientos academicistas de crítica literaria. Soy un librero y lector que trata de no adoptar de antemano actitudes preconcebidas, o categorías buenas o malas aplicables al autor; me atengo únicamente al texto que voy leyendo. Y la obra del hijo de Aracataca, es para mí, punto de referencia para entender el esfuerzo apasionado, lento y consciente de un escritor creador. Y que debe ser juzgado, como todos, primero en su individualidad, luego a la luz de sus pares del mismo origen, y en último lugar por sus posibles similitudes con el resto del mundo. Por ejemplo, la afinidad con Faulkner, solo la encuentro en la temática, más no en el estilo. La sobriedad descriptiva del Colombiano contrasta con la construcción laberíntica, interminable y complicada del también premio Nobel de Literatura del año 1949. Y si bien es cierto el “calor” propicia metáforas excesivas, divagaciones subjetivas y exceso de ornamentos, el autor costeño va directo al grano. A mi modesto parecer, y en concordancia con Ernesto Valkening, un párrafo de  “La siesta del martes”, ejemplifica mi anterior digresión:

“El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la  brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas, entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y aún no había  empezado el calor”.

Parsimonia y lenguaje que enfoca el fenómeno climático, elemento omnipresente en toda su obra, y que nos acerca  rápidamente al tejido principal de la narración.

Se le  condena de igual manera porque en sus cuentos “poco sucede”, todo es descriptivo y sus finales abruptos. Falta el llamado “broche de oro”. A primera vista es cierto; pero el narrador con su particular visión de un mundo inconcluso y su sutil malicia y ambigüedad, pone en conocimiento público algo más allá de los elementos propios de la historia: nos revela al hombre contemporáneo de estas tierras; sus hombre y mujeres no son los seguros de sus atributos que crearon los clásicos, tampoco los ilusionados de las épocas románticas; el hombre de García Márquez es el de hoy, aquel que tiene la certeza de ser punto de confluencia de las luchas de la carne y del espíritu; son eróticos, angustiados; tallados por el placer, el esfuerzo y el afán de la modernidad.

La obra de García Márquez enseña, como lo exponer Vargas Llosa en su: “García Márquez, Historia de un Deicidio”, que la vocación y oficio de escritor se debe ejercer apasionadamente, como argumento básico y principal de vida, como objetivo de los mejores esfuerzos, como necesidad vital, y por lo tanto imprescindible.

Por otra parte, es fuerza reconocer que Colombia forma parte del mundo gracias a la pluma del escritor y que la elaboración y reelaboración de su mundo, lejos de la controversia  del porqué de su éxito, marca la escisión histórica de mayor trascendencia, desde Cervantes, en los dominios del viejo imperio de Castilla.

Alberto salazar castellanos

wica08@yahoo.com

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