Los disfraces de la violencia

14 de septiembre del 2012

Legitimar y legalizar la violencia fue la línea de acción del gobierno republicano George W. Bush (2001-2008).

Las secuelas del 11 de Septiembre*


Rostro de la violencia, el terrorismo como amenaza al imperio estadounidense. Archivo libre.

La historia del joven afgano Dilawar ocurre frecuentemente en los conflictos, ya sean civiles, intervenciones militares, étnicos, religiosos. Pues la pregunta sustancial es por qué un ser humano es capaz de dar muerte a otro de forma deliberada y racionalizada. Gibney en su documental intenta introducirse en la lógica de la guerra, sus daños y afectaciones colaterales: desplazamiento masivo de civiles, amenazas, histerias colectivas, asesinatos, torturas, oportunismo político. Todos estos comportamientos humanos tienen una matriz común: la violencia. Su atmósfera, causas, alcances y consecuencias. Y dentro de las posibles raíces y desarrollo, la burocracia juega un papel particularmente importante.

Un ejemplo es ilustrativo. Adolf Eichmann fue un Teniente Coronel de las SS Nazis, y responsable directo de la solución final, política con la que se exterminaron seis millones de judíos durante la 2ª Guerra, principalmente en Polonia. Al finalizar la confrontación fue capturado con una identificación falsa por el Ejército estadounidense, que tiempo después le perdió el rastro. Huyo por diversos países europeos hasta llegar a la Argentina en 1948, con el nombre falso de Ricardo Klement. Vivió como incógnito en el sur del continente hasta 1960 cuando fue aprehendido por la Mossad y llevado hasta Israel para ser juzgado por crímenes de guerra. Desde Tel Aviv el mundo supo de una empresa criminal planeada y ejecutada con tal grado de precisión, que para Eichmann “no se trataba de seres humanos, sino de cifras, de estadísticas”, de la muerte como producción respaldada por resultados eficientes. Al final, en una confesión cruel pero honesta dijo que “él solo siguió órdenes de sus superiores, que la cadena de mando así lo dispuso”. Remató la célebre confesión con un argumento simple: “fui un buen trabajador”.

El juez de la Corte Israelí lo condenó a la horca, no sin antes precisar en su veredicto que la “cadena de mando no es excusa cuando las acciones van en contra de los principios de la vida y de la dignidad humana”.

El caso de Eichmann se explica por la burocracia, que para Weber es “una forma de organización que realza la precisión, la velocidad, la claridad, la exactitud y la eficiencia conseguida a través de la división prefijada del trabajo, de la supervisión jerárquica, del acatamiento de reglas”. Si aplicamos estos criterios al caso concreto de Dilawar, podemos ir tejiendo una posible explicación de su muerte: lo mató la burocracia, el acatamiento irrestricto de las normas de conducta militares; no lo mataron -en sentido figurado- los rodillazos de los soldados estadounidenses en la cárcel de Bagram, cerca de Kabul. No fueron los golpes ni las torturas de hombres y mujeres que la Teniente Caroline Butt llama “unas cuantas manzanas podridas”, y que la portavoz del Departamento de Estado, Victoria Nuland, prometió investigar hasta las últimas consecuencias. El ultimador de Dilawar no tiene rostro, ni nombre ni procedencia ni edad ni sexo. No podemos señalarlo con el dedo ni observarlo con la mirada. Porque al final, como lo señala Hanna Arendt, “lo mató el sistema […], las atrocidades que disfrazan la violencia”.

Eso lo comprobamos a medida que Alex Gibney entrevista a los involucrados en el caso. El Capitán de turno, Dan McNeill señaló que “lo importante no era un juicio justo, o si era inocente o culpable, sino información”. El Coronel del contingente responsable de la administración de la cárcel de Bagram, McCoy fue enfático al decir al hablar del “método Bagram”. Se refería a la tortura como herramienta legitima en busca de información que condujese a la disminución del riesgo terrorista para los Estados Unidos, y de paso, consolidara la intervención en suelo afgano en busca de los Talibanes que protegían a Osama Bin Laden.

Legitimar y legalizar la violencia fue la línea de acción del gobierno republicano George W. Bush (2001-2008). De la mano de su Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, del aparato político estadounidense: las dos Cámaras, el Partido Republicano; los organismos de seguridad: la CIA, el Pentágono, el FBI; incluso del aparato social como la prensa, los canales de televisión, las sectas religiosas, los conglomerados económicos de Wall Street, y algunos respetados académicos de derecha. Todos estos son los que conforman el establecimiento, el sistema, permeado por el combustible de la burocracia administrativa. Cuyo único escenario de respeto a las normas constitucionales y el DIH, es el propio territorio estadounidense. Más allá de las fronteras, no existen las garantías ciudadanas ni los derechos civiles, tampoco la responsabilidad y ética humana. Por eso la cárcel de Guantánamo en Cuba, la Prisión de Abu Ghraib en Irak, o el presidio de Bagram, en Afganistán. Porque escapa a las leyes que rigen los Estados Unidos y por extensión, son lugares “sin ley ni Dios”.


George W. Bush con el famoso pavo falso visitando a las tropas en Afganistán en el 2003.

Esta teoría la sustentó el ideólogo John Yoo, “el abogado del sistema burocrático” en una serie de ensayos académicos en revistas de las Universidades de Harvard, Yale, Georgetown. Y que llevó al Senado mismo estadounidense amparado en la figura de la Seguridad Nacional. No sobra recordar que todo imperio como el norteamericano necesita una Némesis, un antagonista que lo refleje en su espejo para aumentar su poder y su valoración cultural y civilizatoria: primero fueron los aborígenes; luego las mafias de gánster y contrabandistas; después la Alemania Nazi y la Unión Soviética; hace un tiempo el narcotráfico; desde el 9/ 11 el terrorismo internacional; y hoy en día, los inmigrantes.

Como el terrorismo no tiene rostro ni lugar ni ideología, sino acciones esporádicas y contundentes, el enemigo es grande o lo ampara una organización humana mayor que un país. Por eso, el Islam y su fundamentalismo fanático es visto desde Norteamérica como una amenaza, con lo cual sus fieles seguidores (habitantes, hombres, soldados, campesinos como Dilawar) encarnan la imagen del enemigo que Son Kurt y Katty Spillman describen en siete características: desconfianza, acusación del enemigo, anticipación negativa, asimilación al mal, principio de suma cero, desindividualización, rechazo de toda empatía. Agregan que “las representaciones del enemigo son el fruto de una percepción determinada, únicamente, por evaluaciones negativas, las cuales son por naturaleza subjetivas y profundamente enraizadas en los irracional”.

La muerte de Dilawar no tiene una explicación lógica, coherente, eso lo vemos a lo largo de todo el documental de Gibney, porque precisamente la violencia deliberada junto con sus métodos y herramientas de acción son irracionales en sí mismos, llegando a la conclusión de Nietzsche según la cual “a mayor racionalización en el detalle, mayor irracionalidad en el conjunto”. Eso es la burocracia, y la muerte de Dilawar un dato, un error, despojado de la dignidad humana. Y la cadena de mando, la disciplina militar un recipiente de la degradación de una guerra.


Fernando Botero y la serie de torturas en la Prisión de Abu Ghraib en Irak, 2005.

*Este artículo está basado en el documental “Taxi en el lado oscuro” del director estadounidense Alex Gibney, y que ganó el Oscar como mejor documental en 2007. Narra la historia de Dilawar, joven afgano muerto en la cárcel de Kabul a manos de tropas estadounidenses en el 2003, en plena guerra contra el terrorismo de la administración Bush.

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