A media asta. No merecemos a Nairo



Los colombianos hemos demostrado, una vez más, que no estamos a la altura de nuestros deportistas.

Hace algunos meses, mientras hacía maletas ant
Los colombianos hemos demostrado, una vez más, que no estamos a la altura de nuestros deportistas. Hace algunos meses, mientras hacía maletas antes de viajar a Italia a correr el Giro, Nairo Quintana advirtió: 'qué no lluevan piedras en lugar de flores'. Bien sabía, por experiencia propia, y de otros que comparten barrio en el Olimpo con él, que eso pasaría. Ante su primer resbalón, llovería fuego amigo. Y así fue. La bandera a media asta, la lengua cargada de ingratitud, y los ágiles dedos prestos para destruir en redes sociales a aquel cuyo más grande pecado fue hacernos soñar. El de Nairo es el enésimo capítulo de una historia que ha tenido diferentes protagonistas, pero el mismo final. Pasó con Óscar Figueroa, a quien llamaron viejo y le pidieron el retiro a un mes de ganar el oro en los Olímpicos de Río. Pasó con Rigoberto Urán, a quien no bajaron de segundón en su propio país, y quien ahora hace un Tour majestuoso. Pasó con Mariana Pajón, a quien acabaron por unas declaraciones equivocadas sí, pero filtradas al fin y al cabo. Pasó con los futbolistas de la Selección y con todo aquel que, por alguna u otra razón, no ha podido corresponder a las exigencias de un país que es muy bueno para tomar parte en la victoria, pero muy malo para agacharse y abrazar al ídolo caído. Más allá de la etapa 13, en la que Nairo volvió a sonreir y sus piernas respondieron otra vez, su visita a Francia este año ha sido una verdadera odisea para él. La apuesta de hacer doblete Giro-Tour salió mal, su gregario de lujo (Valverde) se accidentó en la primera etapa y su ángel guardián (Anacona) ve la carrera por televisión. Y aún así, Nairo sobrevivió. Es el único de los que fueron TOP-10 en el GIRO (2do), que se mantiene en el TOP-10 del Tour, sigue dando la cara, tratando de reducir al máximo el daño. Respondiendo en la bicicleta, y abajo de ella, a quienes le exigen explicaciones desde un escritorio. Hemos olvidado que para entonar la estrofa de la gloria inmarcesible y el júbilo inmortal, hay que comprender las palabras del que muere en la cruz. Qué no hay edén sin desierto. Y qué si celebramos sus títulos en España e Italia, lo mínimo que podemos hacer es acompañar su sufrimiento en Francia.
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