MEMORIAS DE UN BEBEDOR EN EJERCICIO

3 de julio del 2012

Dos semanas después del diagnóstico mi cuñado y yo inaugurábamos una temporada de vacaciones en la que protagonizamos innúmeras bacanales dionisíacas, además de pantagruélicas jornadas en cuanto restaurante se cruzaba en nuestro camino

Lo que faltaba: gota. Sucedió hace unas tres semanas, cuando me despertó un intenso dolor en el pie derecho. Mi papá, un médico retirado, al ver mis rencos desplazamientos por su casa -adonde había ido de visita por esos días-, no dudó un instante en diagnosticarme un ataque agudo de gota: al dolor de tortura medieval lo acompañaba la hinchazón y enrojecimiento de la zona afectada (que, por lo demás, se trataba del sitio clásico del 90% de primeros ataques de gota: la primera metatarso-falángica del pie).

A pesar de mi posición escéptica contra todo tipo de superstición, en estos casos médicos he estado tentado a temer por una conspiración astral contra el inofensivo hecho de que disfrute de uno de los placeres más grandes del mundo: tomar un trago (o dos, o muchos).

Todo empezó en el colegio, en quinto de bachillerato; una mañana, durante el segundo recreo, empecé a ver por el rabillo del ojo unas figuras extrañas, vaporosas, que paulatinamente iban aumentando y se iban desplazando hacia el centro de visión, hasta hacer difícil el simple acto de leer o detallar algún objeto. Inmediatamente después me atacó un atroz dolor de cabeza, que me convenció, a la sazón, de lo poco imaginativo que resultaba Dante en su descripción de los nueve círculos del infierno. Jaqueca o migraña fue el diagnóstico.

En aquel momento, con las primeras prohibiciones, entré al aburrido mundo de los adultos: la pizza, los quesos, los chocolates, los helados, las coca-colas, los cheetos estarían, en adelante, vedados.  Y también el vino tinto. Aunque un adolescente colombiano de 1984 no era propiamente un bebedor de vino tinto (y yo no era la excepción), la mera prohibición me dejaba un pequeño sinsabor, que no hacía sino aumentar el enorme sinsabor que me dejaban las demás prohibiciones a esas otras exquisitas muestras de sibaritismo adolescente.

Afortunadamente decidí, como buen adolescente colombiano de 1984, desobedecer olímpicamente las recomendaciones médicas, con la consecuencia de que los repetidos ataques iniciales se hicieron cada vez más esporádicos: ahora sólo los sufro muy raramente, se limitan a la primera parte del acceso (sólo la sicodélica visión de las figuras fantasmales, sin el subsiguiente dolor), y sin relación alguna con el consumo de los alimentos contraindicados.

Años después vino la segunda embestida prohibicionista.  Después de sufrir frecuentes dolores estomacales en la oficina, me remitieron a la clínica Santa Fe, donde, una vez sometido a los más indignos procedimientos (deambular de una dependencia a otra con mis vergüenzas apenas cubiertas, para después culminar en una camilla metálica donde me practicaron una humillante lavativa con un líquido rosado), me diagnosticaron colon irritable: “se trata de una enfermedad incurable, señor Rosales, y la única forma de prevenir futuros malestares es con una estricta dieta, así que evite el consumo de los siguientes alimentos”. Y ahí me dispararon un régimen alimenticio que excluía el 99% de los alimentos disponibles en el planeta Tierra: legumbres secas, charcutería, melón, plátano, pescados grasos, café con leche, pan, caldos, frituras, mantequilla, gaseosas, pimienta, huevos…Hasta mascar chicle (pocas veces en mi vida he visto una lista más exhaustiva). Y, por supuesto, alcohol.

Esta vez me sacó del apuro la mediocridad que un empleado oficial, como lo era yo entonces, fácilmente traslada del trabajo a la obediencia de las prescripciones médicas: dos semanas después del diagnóstico mi cuñado y yo inaugurábamos una temporada de vacaciones en la que protagonizamos innúmeras bacanales dionisíacas, además de pantagruélicas jornadas en cuanto restaurante se cruzaba en nuestro camino. ¿Resultado?: los malestares abdominales desaparecieron como por ensalmo; y desde entonces nunca he vuelto a tener una crisis como la padecida en la oficina.

No obstante, la enófoba conspiración sideral me reservaba un embate demoledor: el corazón. A finales de 2004, después de una parranda babilónica de dos días, tuve la brillante idea de jugar un partido de fútbol 5 en el sofocante calor de las dos de la tarde de Barranquilla. Después de un pique por la punta derecha empecé a sentirme extraño; los latidos del corazón cobraron una presencia sobrenatural: podía sentirlos claramente, sin necesidad de tocarme el pecho, y su irregularidad era evidente. Volé a la clínica donde, después del aspavientoso recibimiento de un médico novato, terminé en la unidad de cuidados intensivos.

Tres días de chequeos más tarde, y con un diagnóstico de fribrilación auricular bajo el brazo, me enfrenté a la inminente realidad abstémica, encarnada en un cardiólogo de ascendencia árabe: “señor Rosales, usted no debe tomar más de un trago por día.  De hecho le aconsejo que se acostumbre a tomar cervezas sin alcohol”. Habrase visto semejante estupidez: cerveza sin alcohol. En ese momento recordé la aclaración que le hizo un caballero de mediana edad a su novia mucho más joven, cuando ésta, mientras los dos se tostaban al sol en la piscina del hotel Santa Clara de Cartagena, pidió una piña colada sin alcohol: “tú lo que quieres es un jugo de piña de treinta mil pesos”, le dijo.

Tuve, entonces, que recurrir al viejo truco que consiste en recorrer médicos y médicos hasta dar con el que diga lo que uno quiere oír. Así fue como atiné con un cardiólogo que me autorizó a tomar un número de tragos razonable por noche. Con la aquiescencia de mi nuevo compinche empecé a explorar el campo minado de los convalecientes del corazón.  Al principio me limitaba a cuatro tragos por noche. No pasó mucho tiempo para que incrementara esa cantidad al doble. Y no alcanzaron a transcurrir tres meses antes de que tuviera la borrachera más feroz que han visto mis cuarenta y cuatro años de existencia.  Al otro día, sin embargo, y en contravía de las terroristas advertencias del galeno fundamentalista, mi corazón latía con la regularidad de un reloj atómico.

Casi ocho años, incontables borracheras, y cero arritmias después vino el asunto de la gota. El reumatólogo, desde el principio, embistió con la furia de un toro de lidia: eliminar el trago, las carnes rojas, los mariscos, los pescados azules (en realidad las proteínas en general), además de algunos vegetales: coliflor, espinaca, garbanzos… (¿Han notado que, de seguir los consejos médicos, a estas alturas mi única alternativa alimenticia consistiría en unirme al primer hato de ganado que viera y acompañar a las vacas en la monótona actividad de rumiar durante todo el santo día un enorme bolo de hierba?).

Nunca en toda mi vida he oído palabras con mayor indiferencia como se las escuché a aquel reumatólogo. Lo de la gota era la gota que amenazaba con rebosar la copa de mi paciencia sanitaria, por lo que decidí tomármela fondo blanco. De modo que, sin los prudentes rodeos acostumbrados, salí del consultorio del despótico especialista directamente al restaurante de rodizio a atiborrarme de carne de res y vino tinto.

Espero que, con todas esas abundantes demostraciones de perseverancia y tenacidad espirituosas, les quede claro a los astros que su aburrido complot de sobriedad me tiene sin cuidado.

@samrosacruz

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