Será la saga de las primeras veces: este, el que viene, y el siguiente. Y stambién seré la zaga de mis primeras veces. Hoy les contaré de mi primer día de universidad, ¡porque sí que fue para recordar! Hace seis años y 16 días entré a la U: lunes 16 de Enero de 2006.
Primero, dizque mis papás me querían llevar. “No, ¡qué boleta!”, pensé. ¡Qué va!, se los dije: “¡¿Entonces qué?! ¿Llevando la bebé a la guardería?”. Así que de manera autónoma (porque además iba para la Autónoma), como si fuera para para el colegio –solo que un poco más tarde–, salí a la Avenida Pasoancho y cogí un Papagayo Ruta 7 (para los extranjeros: bus, camión, guagua de transporte público), cuyo conductor me dijo que sí iba para la Autónoma. ¡Y adivinen qué! No iba para la Autónoma, y terminé en un potrero, en la m****, cerca de Popayán –yo creo–, por donde no pasaba ni una mosca. Y ni modo de tirármele a un carro, ¿porque de dónde?
Se preguntarán que cómo no me di cuenta de que la ruta no era la que debí haber cogido. Para que entiendan: generalmente los buses que van para el Sur (por donde están las universidades) tienen las mismas rutas, o en algún momento llegan al mismo lugar y pasan por todas las universidades. Excepto un par. Para quienes conozcan: el Bus en el que me monté volteó como quien va para Ciudad Jardín y sus adentros (es decir que no cogió por la clásica carretera Cali-Jamundí, sino por la Avenida Cañasgordas –avenida paralela a la de mi Universidad– y aquí fue la primera vez que pensé “más adelante hace el retorno para coger la Cali-Jamundí”. Pero siguió y siguió… pasó la U. Javeriana, la U. Icesi, y seguía y seguía, así que para tranquilizarme una y otra vez me repetía que por allí, más adelante, haría el retorno. ¡Y nada! Así que cuando ya estaba extremadamente fuera del perímetro urbano, y que me tocó caer en la cuenta de que definitivamente nunca haría el retorno, me bajé de ese HP, histérica y asustadísima. Ustedes entenderán, ¿cierto? Sola, un potrero, primer día de universidad, y ya eran casi las ocho de la mañana, hora en la que entraba…
En shock y me pasé para el otro lado de la calle para ver qué me devolvía. Pero ningún bus me llevaría, porque por ahí no pasaba nada, ¡menos algo que bajara hasta la Autónoma! Un alma caritativa en forma de bus paró, me llevó hasta la U. Icesi, y ahí cogí algo que me dejó en la puerta de la Universidad.
Yo sé que no me creen (quienes me conocen), pero hasta ahí no había llamado a mi mamá. “Aunque usted no lo crea” fue puro autocontrol cada que se me aguaban los ojos, y me decía (y creo que hasta en voz alta): “Maria, no vas a llorar, no es un problema muy grave, en últimas no entras y ya. ¡No pasa nada!”. Pero cuando me enrruté hacia la U y vi que eran como las 8:15 a.m. y que sería reconocida por “la que llegó tarde”, no aguanté más…me puse a chillar (llorar es una palabra muy decente para lo que hice) y llamé a mi mamá, ¡y de paso la acusé de haberme montado en un bus que me llevó para un potrero! Claramente –para mí– era la responsable de haberme perdido. Había que echarle la culpa a alguien. Cuando me contestó inmediatamente le dije: “Mamá, no te vayas a preocupar, no te vayás a azarar ni me vayás a hacer escándalo ni a armar problema, pero no voy a ir a la universidad”. Aunque según ella, lo que le dije fue que no iba a volver a la universidad.
La pobre señora a punta de cháchara intentó calmarme. Y llegué a mi Universidad. Con la nariz roja, con la boca hinchada y con los ojos chiquitos. Menos mal que no habían abierto el auditorio donde nos tocaba. Sí, no llegué tarde. Pero si no fui “la que llegó tarde”, fui “la que llegó llorando”.
Y pese a eso no fui capaz de hacer el esfuerzo de no figurar tanto para más bien pasar desapercibida: desde el primer día me hice famosa…fui la que se atrevió a participar: hablar por un micrófono en un auditorio de 300 personas, y la que encima de eso dijo una palabra rara (que hasta pensé que me la había inventado).
La Pava Navia @MaclaNavia
