Llegar a Mompox no es nada fácil, para qué os voy a decir lo contrario. Y menos por carretera desde Bogotá, pero lo volvería a hacer una y otra vez para visitar este bellísimo, mágico e intemporal rincón en el río Magdalena con aire español y sabor caribeño que tantas veces inspiró a García Márquez.
Salimos el martes bien temprano desde Ubaté y llegamos al imponente Cañón del Chicamocha, el segundo más grande del mundo y, dicen, no sé yo si es verdad, más profundo que el de Colorado, ubicado en el departamento de Santander, ya muy cerca de Bucaramanga. Nos quedan todavía muchos kilómetros por delante así que no paramos en el parque del mismo nombre pero estoy segura que volveré a atravesar el cañón en teleférico de un extremo al otro y, si consigo dejar el miedo en casa, sobrevolarlo en cablevuelo como aquí lo llaman.
Pasamos la noche en San Martín, un pueblito cerca de Aguachica y por la mañana bien temprano, ponemos rumbo a Mompox. Nuestra ruta: desvío por El Burro -menudo nombrecito -vía Tamalaque-, El Banco, donde me encuentro de bruces con el inmenso río Magdalena al que sólo antes había visto morir en Barranquilla. Un buen tramo de carretera no está asfaltado pero la verdad no me importa porque voy feliz contemplado los imponentes árboles del camino.
Podría piropear a Mompox durante horas pero me quedaría corta; me habían contado que era lindo pero es lindísimo; de este pueblecito perdido del departamento de Bolívar me gusta todo, hasta el acento costeño y cantarín de sus habitantes. Nosotros lo primero que hacemos al llegar es irnos de cabeza al Comedor Costeño y reponer fuerzas con una mojarra frita con arroz con coco y patacones que nos quita de cuajo todos los males. Hace mucho calor así que nos subimos a un motocarro que nos lleva al cementerio y a un taller de filigrana donde aprendo muchas cosas de este arte centenario.
Siempre he sido un desastre para los trabajos manuales, paciencia desgraciadamente tengo bien poca y con la edad estoy perdiendo vista así que mal fichaje sería yo para trabajar en uno de esos talleres momposinos moldeando los finísimos hilos de oro o plata. En Mompox la filigrana se trabaja como hace cientos de años, no hay maquinaria nueva ni herramientas sofisticadas y el tintineo de los martillos sigue sonando como antaño. El oro y la plata se funden y se aplanan hasta obtener unos delgadísimos hilos del grosor de un cabello que serán enrollados en forma de espirales y hábilmente encajados dentro de un marco hasta convertirse en delicadas lágrimas, corazones, mariposas, pescaditos, flores y caracoles que harán incluso más bellas a muchas mujeres. ¿Precioso trabajo, verdad?
Mompox es como Cartagena de Indias pero en chiquitito; es una delicia pasear por la Calle Real del Medio, toda adoquinada, con sus coloridas casonas coloniales, husmear en los patios, oír el repicar de las campanas, sentarse a orillas del río a ver el atardecer, probar el queso de capa, caminar bajo los portales de la Casa de la Marquesa, cenar delicioso en el Parque de Santo Domingo o entrar en cualquiera de sus siete iglesias, a cual más bonita. Ahora entiendo por qué la Unesco decidió declarar Patrimonio de la Humanidad este rincón colombiano.
¿Pero queréis que os cuente un secreto? Una de las cosas que más he disfrutado de Mompox es la noche que pasé en La Casa Amarilla (lacasaamarillamompos.com), un encantador y colonial alojamiento frente al río, vecino de la iglesia de Santa Bárbara, con un precioso patio y una terraza de inmejorables vistas, en donde te hacen sentirte como en casa.
Podéis seguirme en mi blog www.colombiadeuna.com, Podéis ver más fotos de éste y de otros viajes por Colombia en mi página de facebook y seguirme en twitter @colombiadeuna
Podría piropear a Mompox durante horas pero me quedaría corta; me habían contado que era lindo pero es lindísimo; de este pueblecito perdido del departamento de Bolívar me gusta todo, hasta el acento costeño y cantarín de sus habitantes. Nosotros lo primero que hacemos al llegar es irnos de cabeza al Comedor Costeño y reponer fuerzas con una mojarra frita con arroz con coco y patacones que nos quita de cuajo todos los males. Hace mucho calor así que nos subimos a un motocarro que nos lleva al cementerio y a un taller de filigrana donde aprendo muchas cosas de este arte centenario.
Siempre he sido un desastre para los trabajos manuales, paciencia desgraciadamente tengo bien poca y con la edad estoy perdiendo vista así que mal fichaje sería yo para trabajar en uno de esos talleres momposinos moldeando los finísimos hilos de oro o plata. En Mompox la filigrana se trabaja como hace cientos de años, no hay maquinaria nueva ni herramientas sofisticadas y el tintineo de los martillos sigue sonando como antaño. El oro y la plata se funden y se aplanan hasta obtener unos delgadísimos hilos del grosor de un cabello que serán enrollados en forma de espirales y hábilmente encajados dentro de un marco hasta convertirse en delicadas lágrimas, corazones, mariposas, pescaditos, flores y caracoles que harán incluso más bellas a muchas mujeres. ¿Precioso trabajo, verdad?
Mompox es como Cartagena de Indias pero en chiquitito; es una delicia pasear por la Calle Real del Medio, toda adoquinada, con sus coloridas casonas coloniales, husmear en los patios, oír el repicar de las campanas, sentarse a orillas del río a ver el atardecer, probar el queso de capa, caminar bajo los portales de la Casa de la Marquesa, cenar delicioso en el Parque de Santo Domingo o entrar en cualquiera de sus siete iglesias, a cual más bonita. Ahora entiendo por qué la Unesco decidió declarar Patrimonio de la Humanidad este rincón colombiano.
¿Pero queréis que os cuente un secreto? Una de las cosas que más he disfrutado de Mompox es la noche que pasé en La Casa Amarilla (lacasaamarillamompos.com), un encantador y colonial alojamiento frente al río, vecino de la iglesia de Santa Bárbara, con un precioso patio y una terraza de inmejorables vistas, en donde te hacen sentirte como en casa.
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