Montañas, agua de panela, queso y almojábana como testigos

Montañas, agua de panela, queso y almojábana como testigos

10 de Julio del 2015

Cuando me puse a pensar en la Bogotá que yo quiero, me fue bastante difícil hacerlo, pese a ser consciente que esta ciudad me encanta y que me ha ofrecido muchas cosas.

Hice el ejercicio y me puse a pensar ¿qué es lo que hace que no me vaya de esta ciudad? que, por ejemplo me ofrezcan trabajo en otras ciudades y yo no me vaya, ¿por qué? Y fue en ese mismo momento cuando recordé la visita de un amigo Uruguayo, creo, si no estoy mal para el año 2013.

Recuerdo que lo paseé de sur a norte y viceversa. Nos regresamos luego para el “paso obligado”, el centro de la ciudad. Allí caminamos por las calles empinadas, llenas de hombres y mujeres que nos ofrecían manillas, incienso y demás cosas. Pero también por los cafés, la biblioteca, los bares, las universidades. Llegamos a Monserrate. Subimos y pudimos admirar la ciudad desde lo alto de esta montaña. Agg recuerdo ese momento y suspiro. Majestuosa vista.

Cuando arribamos a Monserrate eran más de las seis de la tarde, hacia demasiado frio. Pero eso no importo, caminamos de un lado a otro hasta llegar donde está la iglesia – para quienes la conocen se ubican, para los que no invitados a subir a esta montaña- cuando estuvimos allí, hubo un silencio entre mi amigo y yo. No supe porque, pero no quise perturbarlo. Luego de un rato, él suspiró profundo y dijo algo así como “por Dios, mira las montañas, mira las luces, mira lo grande, lo bello”. Y yo me detuve a pensar cuan fascinante podría ser mi ciudad.

Luego de un rato coincidimos con otras personas, entre ellas el señor de la seguridad privada, quien no dudó en comenzar la charla con mi amigo. Sonrisas fueron, historias también, no solo de Monserrate, sino también del cerro de Guadalupe. Luego, optamos por entrar a uno de los restaurantes ubicados allí, bastante romántico, bello. Allí tomamos agua de panela con queso y almojábana.

Hablamos largo, hasta que lo perturbe con mi costumbre de poner el queso dentro de la agua de panela “¿por qué haces eso?”, increpó él, yo solo sonreí y le dije que mis abuelos me lo habían enseñado y que me gustaba hacerlo.

Luego, descendimos y en la carrera 4 con 19, unas chicas se acercaron, lo convencieron y él me regaló un anillo. Yo sonreí, de hecho sonrío cuando recuerdo aquella noche. Y entonces, me permite a mí pensar, que la Bogotá que yo quiero es esa, que es cómplice silenciosa de lindas historias, de la gente amable, cordial, de los lugares. De gente que a diario se la rebusca vendiendo anillos para lograr el dinero de la cuota del semestre o que vende manillas para poder alcanzar a pagar la habitación de esa noche.

Esta gran ciudad, que muchos dicen que es de nadie pero que a mi modo de ver es de todos y que nos permite encontrar en los pequeños detalles grandes cosas, seguirnos fascinando con su oferta social, cultural. Y dando la bienvenida a diario a miles de personas que pueden ser capaces de ver lo bello, lo que para muchos ya es normal y dejarse hechizar con cada detalle.

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