Moralidad Real

19 de mayo del 2011

With or without religion, good people can behave well and bad people can do evil; but for good people to do evil—that takes religion. Steven Weinberg

Hace unos días leí una noticia que me causó pavor. No era sobre los peligros de la energía nuclear, ni sobre la perpetua amenaza terrorista, sino sobre un peligroso retorno a otros tiempos cuando la iglesia y el estado aún no se habían divorciado. Decía la noticia que el presidente del Partido Conservador, el senador José Darío Salazar, planea radicar un proyecto de ley en el Congreso que reformaría el artículo 11 de la Constitución para que diga: “El derecho a la vida es inviolable y recibirá igual protección desde la fecundación hasta la muerte natural”.

Parece inofensivo, pero detrás de este proyecto se esconden repercusiones del tamaño de una iglesia. Para empezar, esta reforma a la Constitución cumpliría con el objetivo de sus promotores: penalizar la práctica del aborto en toda circunstancia.

Uno de los peores efectos de la religión consiste en separar la moralidad de la realidad del sufrimiento humano (y animal). La religión hace que las personas piensen que sus preocupaciones son morales cuando no tienen nada que ver con el sufrimiento de seres conscientes o incluso cuando causan un gran sufrimiento. Esto explica que la religión católica se oponga al uso del condón en África, donde mueren millones de personas al año por causa del SIDA. Y también explica que protejan la vida de un feto con un sistema nervioso en proceso de formación, aunque hacerlo conlleve a la muerte de la madre: un ser humano plenamente capaz de sufrir.

Esta reforma a la Constitución también prohibiría el tratamiento del embarazo ectópico, que ocurre cuando un óvulo fecundado se implanta en un sitio diferente al útero, donde pertenece. Aunque generalmente se trata como un embarazo inviable y se procede a “abortar” a este ser humano en potencia, hay casos en los cuales estos embarazos han llegado a un feliz término. Y sin embargo, a ningún médico en su sano juicio se le ocurriría poner la vida de este embrión por encima de la vida de la madre, pues este mal puede poner en peligro la vida de la madre si se deja sin tratamiento.

Otra nefasta consecuencia de esta reforma sería prohibir definitivamente la investigación con células madre embriónicas. Otro caso donde la religión confunde temas morales con temas que no son morales o son altamente inmorales. Las células madre prometen ser uno de los desarrollos más importantes en medicina, ya que podrían ayudar a salvar un sinnúmero de vidas y aliviar una enorme cantidad de sufrimiento humano. Sin embargo, la investigación con células madre embriónicas supone la destrucción de embriones humanos de 4-5 días de edad. A esta edad, un embrión humano consiste de una masa de 50 a 150 células y aún no cuenta con una sola neurona. En comparación, el cerebro de una hormiga tiene aproximadamente 250.000 células. Aún así, los religiosos pretenden tener un argumento “moral” en contra de matar un puñado de células para salvar la vida de millones de personas. Si en realidad les preocupara el sufrimiento en el mundo, matar una hormiga debería traerles más dificultades morales que matar un blastocisto humano.

Por otro lado, el proyecto del presidente de Partido Conservador llevaría a hacer inconstitucional la fertilización in vitro y la eutanasia, temas que dejaremos para otra ocasión. Total, nos advierten algunos religiosos, el mundo acabará este 21 de mayo.

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