Mucho wiki y pocas nueces

6 de abril del 2011

He intenado hacer seguimiento al fenómeno de los Wikileaks durante el último año y, quizás, lo que tengo para decir será tan poco interesante como aquello que a mi juicio ha generado este fenómeno mediático, claramente sobrevalorado.

Para los pocos que aún no lo saben, Wikileaks es una organización que desde hace 5 años se dedica a filtrar información clasificada por diferentes gobiernos, gracias a una red de informantes protegidos.

Al respecto, quiero decir que, en primer lugar, Wikileaks no es nada diferente, en escencia, a lo que hacen los cuerpos diplomáticos desde hace varios siglos. La intención de esta herramienta es la misma que la del periodismo de investigación de Daniel Coronell, las redes de espionaje que mantuvieron llenas las salas de cine durante la Guerra Fría, el National Security Archive de la Universidad George Washington, los cerebros tras el Watergate que le costó a Nixon su puesto en la Casa Blanca, quienes procuraron la desclasificación de los archivos Kennedy, y los informantes que filtraron toda la información sobre el régimen totalitario cubano mientras Silvio Rodríguez fumaba y cantaba a unicornios azules perdidos. Todos, en momentos históricos diferentísimos, intentaron develar secretos en la operación de su propio Estado o de Estados enemigos. El fenómeno, en sí mismo, no es nuevo, no nos engañemos. Entre Assange y James Bond, la diferencia es que el segundo nunca fue acusado de violación, por lo menos que yo recuerde.

En segundo lugar, tal como afirmó Leslie Gelb, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, “lo que se ve en los cables son diplomáticos sonsacando información sensible de líderes extranjeros, buscando caminos para la acción común y luchando por aplicar la dosis adecuada de presión a otros países. ¡Y ese es su trabajo!”. Nada más cercano a la realidad: lo que han hecho los cables de Wikileaks es explicarle a quienes no han estado intersados nunca, cómo funciona la diplomacia, que no siempre es muy diplomática.

Tercero, Estados Unidos, principal objeto de las filtraciones, no ha cuestionado el contenido de los cables, sino el hecho mismo de la filtración y de la manera como fue obtenida la información. Eso indica, a mi modo de ver, que la información no representa una revelación que pueda poner en peligro al Tio Sam y sus secuaces. Los románticos conspiradores que esperan que los gobiernos caigan por obra y gracia de las filtraciones, como en su momento rodó la cabeza de Nixon, mejor que esperen sentados. Los efectos de los cables serán mucho menos de los que todos se han imaginado hasta ahora. ¿Que Hillary piensa que la viuda de Kishner está loca?, ¿Qué Uribe piensa que Chávez es una amenaza para la región?, ¿Que Pachito Santos y el general Naranjo acudían a la embajada de Estados Unidos para tratar de convencer a su jefe de que aveces metía la pata? Que le pregunten a los argentinos si creen que Cristina está loca a ver qué opinan, que me pregunten a mí si creo que Chávez es una amenaza, que le pregunten a Miles Frechete si cuando era embajador en Colombia no co-gobernaba este país. Ya lo dijo Fidel Cano cuando regresó de su viaje cuasi novelesco a Londres para convertir a El Espectador en el corresponsal oficial de la agencia en Colombia: mucha información, poca noticia. Los cables son, según sus propias palabras, mayoritariamente “muchas generalidades conocidas…chispazos de información sin ningún contexto”. En conclusión, no solo los objetivos de las filtraciones no son novedosos, sino que sus contenidos no son reveladores y, por tanto, no tendrán un efecto político tan decisivo como piensan algunos.

Lo que sí creo que cambió fue la herramienta de difusión de la filtración. Wikileaks es un ejercicio interesante de “democratización” de la información.  Poco útil, pero información finalmente.  Esto, eso sí, exige de los periódicos conectados a su red un criterio importante que les permita confiar ciegamente en unas fuentes no localizables geográficamente, unas fuentes a las que no pueden exigir responsabilidad alguna, porque están solo representadas por la marca Wikileaks. Es decir, El Espectador en Colombia, o El País en Madrid, deben confiar ciegamente en Assange y compañía, porque no tienen nunca contacto con las fuentes originales. Pero por otro lado, y más importante aún, los receptores de la información, el lector desprevenido de la noticia, debe resolver rápidamente el problema ético que implica creer en fuentes de este tipo. Cano, en su calidad de director de El Espectador, y yo, como uno de esos lectores, aunque menos desprevenido de lo que me gustaría ser, debemos hacernos una pregunta hoy, como nunca antes: ¿a quién le creo?

El debate cae , por tanto, en el centro de la discusión sobre la ética del ejercicio periodístico, pero no sobre la evidencia reveladora de un nuevo ejercicio noticioso: el periodismo es el mismo, las filtraciones siempre han existido. Lo novedoso es la inmediatez de la difusión y lo difuso de la fuente primaria. Todo un reto ético para emisores y receptores, pero para nada una novedad periodística.

Quienes ven en Wikileaks la herramienta tumbagobiernos, bien pueden, insisto, esperar sentados.

Imágenes de: http://www.distrogeek.com/2010/12/batman-en-wikileaks/ y http://www.taringa.net/posts/info/8445606/Wikileaks_-Gran-hermano-al-reves.html

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