Neftalí, el atleta

Vie, 10/05/2013 - 06:00
- ¿A qué horas vuelve de la calle mujer?

– No voy a vagar, voy a trabajar, por si no lo recuerda. Además no sé, todo depende de cuánta ropa tengan en la casa del doctor. Yo creo que por ahí
- ¿A qué horas vuelve de la calle mujer? – No voy a vagar, voy a trabajar, por si no lo recuerda. Además no sé, todo depende de cuánta ropa tengan en la casa del doctor. Yo creo que por ahí a las 6 de la tarde ya estoy de vuelta - ¿Seis de la tarde? ¡Por Dios! A esa hora ya no me dejan entrar al polideportivo para usar la piscina. Sea más considerada conmigo mujer - ¿Considerada con usted, Neftalí? ¡Tiene huevo! Yo soy la que consigue lo de la comida en esta casa desde que a usted le dio por ponerse a correr. No ha pasado un solo día desde que yo no haya tenido que salir a rebuscar el sustento mientras usted corra y corra y corra. ¿Para qué? Neftalí, ah, dígame, ¿para qué? ¿Usted cree tener alguna posibilidad de ganar algo con cuarenta y ocho años? A esa edad todos los atletas ya llevan retirados por lo menos diez años, y usted ahora pretende empezar a esa edad. Dejémonos de bobadas Neftalí. Usted quiso cambiar el azadón por el par de tenis porque se mamó de arar la tierra para nada. Yo sé que esa es la razón, pero no por eso crea usted que ahora va a alcanzar la fama corriendo y va a tener lo que el arado de la tierra no le dio. Yo lo apoyaré hasta donde pueda, pero no me pida más de lo que puedo darle. Si no va a ir a trabajar por lo menos encárguese de lo que me tocaba a mí cuando usted salía. La casa. No tiene que hacer más. Y cuando lleguen los niños, pues se encarga de ellos. Solo es darles la comida y cuidarlos. Cuando vuelva, si aún tiene tiempo de ir a correr, pues va, si no, lo siento, pero es todo lo que puedo hacer por usted. Ahora, me voy porque me está cogiendo la tarde. Hablamos en la noche. Cuídese, y ya sabe, colabóreme que yo le colaboro. El silencio que siguió a esa breve conversación le duró a Neftalí toda la mañana. Pudo hacer un recuento por los momentos más significativos de su vida y se dio cuenta que varias cosas proferidas por la boca de su esposa eran ciertas. En especial una: toda la vida no había hecho otra cosa que arrancarle vida a la tierra para nada. No tenía absolutamente nada. La casa era una vieja herencia de su madre. De resto no tenía más que a su esposa y sus hijos. La parcela donde se partía las manos con el azadón no era de su propiedad. Era la tierra de un hacendado que rara vez iba por aquellos lugares. Los que sí iban y con frecuencia eran los hijos del dueño. Hacían rumbas que escandalizaban a todos los habitantes de la vereda. Trago, música, drogas, carros lujosos y prostitutas era el desfile de cada fin de semana en aquella casa. Neftalí veía lo mismo siempre. Y lo deseaba cada día más. No las drogas ni el trago, pero sí la casa, los carros y aunque lo negara, las mujeres de la vida alegre. Quizás movido por aquella envidia en su interior fue que no escatimó en golpes cuando el mayordomo de la finca lo quiso golpear por observar con morbo a la novia del hijo del señor de la casa. La verdad sea dicha. Neftalí no observaba a la jovencita. Sólo se había quedado ensimismado contemplando aquella escena de derroche. No veía nada en particular, era el conjunto lo que lo desbordaba. Pero claro está, así no lo vio el mayordomo Bellorín, que con el fin de congraciarse con su amo, se lanzó sobre Neftalí para reprenderlo por su conducta, con tan mala suerte que nuestro futuro atleta lo esquivó y lo llenó de patadas rápidamente por todo el cuerpo. Se necesitaron tres personas para separarlo de su oponente. Una liquidación irrisoria, un problema casado para el futuro y la fama de boxeador fue lo único que Neftalí logró con aquel acto. Desde el problema con el mayordomo Bellorín hacía ya más de cuatro meses. Desde ese entonces Neftalí no había hecho otra cosa que correr desde los alrededores de su finca hasta el parque central del pueblo y a veces, si el corazón se lo permitía, llegaba hasta la troncal del Magdalena donde se detenía por miedo a ser arrollado por un camión. Daba media vuelta y nuevamente emprendía el retorno hacia su casa. Neftalí no corría por gusto, ni porque algún ente divino se lo hubiese encomendado en un sueño, sino porque había leído que en su pueblo, en el cual había vivido toda su vida, terminaría la triatlón más importante del país que cumplía 60 años de estarse llevando a cabo. El pueblo de Santa Clara había sido escogido porque allí había nacido el primer ganador de la triatlón, don José Manuel Fernández, fallecido ya, y quien era desconocido por la mayoría de los habitantes de aquel lugar. No era para menos. Don José Manuel sólo había nacido allí. A los 3 años había sido llevado a la capital por su madre después del divorcio que afrontó con el padre de José Manuel, un viejo rico y hacendado que dejó hijos por doquier. De hecho, Neftalí era de apellido Fernández, pero nada tenía que ver con este caballero. Se enteró de la competencia por medio de los miles de volantes y pasacalles que invadieron el pueblo en menos de quince días. Por todos lados se anunciaba la gran carrera. En todos los negocios, bares y prostíbulos se hablaba de lo mismo. Y Neftalí no era el único que corría en el pueblo. Muchos de sus amigos querían hacerlo también en el triatlón, pero ninguno había renunciado a su trabajo. Todos ellos, campesinos que ya rondaban los cincuenta años pensaban hacer de esta competencia su gran hazaña en la vida. Pero quizás ninguno lo tenía tan claro como Neftalí. Además, había un aliciente mayor para querer lograrlo. Todos los volantes, todas las pancartas y todos los pasacalles tenían como encabezado los cien millones de pesos del premio mayor que otorgaba la comisión organizadora del evento. Cien millones que quizás para los atletas kenianos que venían a arrasar cada año con estos premios ya no era nada, pero que para personas como Neftalí lo eran todo. Era el retiro merecido para un campesino curtido por el sol, con una enfermedad en la próstata y una desviación pronunciada en la columna que le impedía moverse con naturalidad. Tenía una cierta inclinación hacia la derecha que se le notaba poco, pero que no por ello desaparecía. Era el regalo de toda una vida acomodada en esa posición. Neftalí corría y nadaba, además de andar en la bicicleta, cada vez que el trabajo de su esposa planchando se lo permitía. En la casa del doctor del pueblo vivía un batallón y los arrumes de ropa eran infinitos. Tres días a la semana se dirigía allí para pasar las doce horas de pie que le tomaba acabar con toda la tarea. Aunque planchaba de mala gana, la ropa le quedaba bien. Los días que podía, Neftalí salía a correr desde las cinco de la mañana. El recorrido le tomaba dos horas y media. Luego, al regresar, desayunar y hacer un breve descanso, se iba a nadar hasta el mediodía. Después del almuerzo y de despachar a sus hijos para el colegio, tomaba su bicicleta y se iba a recorrer las trochas y caminos de herradura que serpenteaban aquellas montañas. Él no conocía el trazado de la competencia, pues éste sólo sería revelado la noche anterior a la largada, así que debía suponer por dónde atravesaría. Este era el trajinar diario de Neftalí. Llevaba en ello más de cuatro meses y aún faltaban dos más. La fecha acordada era el dieciséis de diciembre. Por los eventos anteriores se sabía que la competencia duraba doce horas. Siempre se iniciaba a las siete de la mañana y se finalizaba a la misma hora en la noche. Neftalí trataba de entrenar el mismo tiempo, doce o trece horas, para estar acondicionado al tiempo que duraba la prueba. Una noche cualquiera antes de la competencia, Esther, la mujer de Neftalí, convocó a una reunión familiar. Estaban presentes sus cuatro hijos de catorce, once, nueve y cinco años, Neftalí y ella como moderadora. El motivo era sencillo. Lo que ella estaba aportando para la casa no estaba alcanzando y Neftalí, quien debería en principio ser el encargado de esta tarea, “como lo habían hecho todos los hombres por los siglos de los siglos” (afirmó con un tono de voz que sonó a reproche) se había dedicado a correr, nadar y andar bicicleta. Era necesario, como se suponía, que la situación cambiara o iban a terminar por endeudarse tanto que la casa se la iban a quitar. Nadie dijo nada, todos escucharon atentos los reclamos de la madre furiosa con la presunta conchudez de su marido. Sólo Neftalí tuvo el valor suficiente para dar por terminada la reunión. “Sé que voy a ganar, mujer”. Los dos meses restantes Neftalí se tuvo que multiplicar. Ahora corría pero para llevar encargos. Ahora andaba bicicleta pero para transportar personas. Los pesos extras que pudo conseguir con su trabajo fueron bien recibidos por su mujer, quien cariñosamente recompensaba los esfuerzos de su hombre en la cama. Faltando cinco días para la gran prueba Neftalí tuvo que rehusar los besos y caricias nocturnos de su esposa. “Esto me puede restar energías a la hora de la prueba, mujer”. Los últimos días el entrenamiento fue más fuerte. Corrió más que nunca, pedaleó hasta el desmayo y nadó hasta el calambre. Suficiente. Una misa en la noche previa y listo. Ya todo estaba consumado. El pueblo estaba a reventar. Carros, modelos, trago, atletas y periodistas abarrotaban los hostales del pequeño pueblo. Neftalí citó a una reunión en su casa. Mañana es la gran prueba, familia. Todo el esfuerzo de este tiempo llega a su final. Sólo quiero decirles que los amo a todos por igual y que mi meta será llegar hasta el fin, no importa nada más, probarme a mí mismo que lo puedo hacer – Papá, si todo este tiempo lo ha invertido en eso, lo mínimo que tiene que hacer es ganar. Usted puede viejo, sólo concéntrese en que así va a ser y verá que lo logra – Neftalí, usted más que nadie sabe que yo me opuse desde el principio a todo esto, pero hoy, al ver el esfuerzo que le ha conllevado prepararse sé que le va a ir muy bien. Y si no, aquí estaremos nosotros para recibirlo con los brazos abiertos. Un gran abrazo familiar selló el esfuerzo de seis meses. Lo demás corría, literalmente, por los pies de Neftalí. Los kenianos no nadaban muy bien, por eso fueron muchos los que se les adelantaron desde el momento en que el disparo había dado la orden de la largada inicial. Entre los que tomaron ventaja se encontraba Neftalí. En cada brazada sentía que se le iba la vida. No importaba el estilo, importaba nadar y nadar y nadar. Que si de mariposa, que si de pecho, que si de espalda. Todos daban lo mejor de sí. Al tocar suelo firme Neftalí iba de doce. Tomó su viejo caballito de acero y empezó a pedalear. El sendero trazado recorría un área por el que muchas veces había pasado, así que en el momento de empezar a correr ya teníamos a Neftalí de sexto. Corrió y corrió con los ojos cerrados gran parte del tiempo. Sus pies desfallecían y los kenianos ya respiraban en su nuca. Para cuando se encontraba a lo que él creía no debían ser más de cuatro zancadas del que corría en segundo lugar, Neftalí nos ofreció su mayor esfuerzo. Se podía apreciar al pobre viejo a punto de morir por los gestos que hacía. Las venas de la frente estaban a reventar. El sudor caía por litros y las piernas parecían desmoronarse con cada paso. Neftalí corría y corría por su honor, por su familia y por los cien millones. A escasos ochenta metros y cuando todo estaba servido para el triunfo inaudito del viejo Neftalí, de entre la multitud saltó el mayordomo Bellorín, quien le propinó un tiro de escopeta. Veinte millones de pesos ofreció el comité organizador a la familia. El triunfo fue para el keniano Fredrick Kyalo Kibaki, de veintitrés años.
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