Tercera parte
En la mañana salí a llamarlo porque la señal del sitio donde me quedaba era fatal. La amiga que me hospedaba ya me había dicho que él le había dado dos veces la misma información, que por favor lo llamara, sin importar la hora, la primera vez en un correo de voz y la siguiente en una llamada que ella atendió creyendo que le diría algo nuevo.
Hablé por teléfono con el fotógrafo y supe la hora a la que me esperaba. No pude cumplir con puntualidad el compromiso, porque a pesar de las múltiples indicaciones que incluyó en el mapa que me hizo la noche anterior, mientras estábamos en el bar, el sistema de señalización con varias estaciones compartiendo el nombre de las calles, me confundió de nuevo y me hizo caminar a toda prisa 8 cuadras para llegar no tan tarde. Cuando finalmente llegué al delicatessen propuesto él me estaba esperando pacientemente, pero me advirtió que deberíamos ser rápidos a la hora de comprar mi cámara porque el almacén a donde entraríamos había estado cerrado varios días por fiestas religiosas, por lo que la afluencia de gente sería mucho mayor que la habitual.
Entramos y conseguí todo lo que necesitaba. Haciendo la fila para pagar se encontró con una coterránea mía, él no dejaba de hablar con desconocidos en cuanto lugar entraba. Quizá se desilusionó al ver que no entablamos conversación, le expliqué que si quería relacionarme con gente de mi país para eso tenía muchísimo tiempo, pero que si salía quería untarme de la cultura local.
Estando ya casi afuera del local me invitó a almorzar a su casa, no esperaba que lo hiciera pero me pareció una nueva amabilidad de su parte. En el camino lo vi repetir el acto de acercarse a un extraño que llamaba su atención para pedirle que le dejara tomar una fotografía suya, en realidad era una pareja, a él no pareció molestarle, pero ella estaba un poco más reticente. Al final ambos sonrieron y nosotros seguimos nuestro camino. Lo dejé decidir qué rutas tomar, al fin y al cabo era él quién conocía la ciudad y el destino.
Soltamos los paquetes y nos metimos a la cocina, dije que le ayudaría a cocinar, mas la verdad es que yo me quedé cocinando mientras él, víctima de su rasgo controlador, destapó mi cámara y sacó la batería para ver cómo se usaba, llamó a la fábrica para pedir indicaciones de cómo cargarla por primera vez y la conectó, todo, según él, con mi permiso. Yo entretanto lidiaba con los pocos implementos de cocina de una casa de hombres y mi casi completa ignorancia acerca de cómo preparar espárragos.
Minutos más tarde pasé esa prueba también, la comida quedó comestible y hasta sabrosa. Disfrutamos a la carrera un almuerzo tardío y una vista maravillosa en un lindo balcón de su casa que yo desconocía, a la carrera, porque en esa ciudad se corre todo el tiempo.
El motivo de nuestra prisa era una película que queríamos ver en un teatro cercano, comenzaba dentro de poco y queríamos llegar a tiempo para no perdernos el inicio, me dijo que odiaba eso y yo también, pero como estaba de vacaciones no me importaba.
Cuando llegamos al teatro descubrimos que éramos los únicos asistentes a la función, la proyectaron sólo para nosotros y no nos perdimos de nada.
Hubo momentos en los que me perdí terriblemente porque el acento de los actores me hacía imposible entender lo que decían, pero como se trataba más de la historia contada con actos y mostrada con una hermosa fotografía no me sentí tan perdida y entendí el final.
Tras ver la película e intentar conseguir, sin éxito, una sinopsis de la misma volvimos a su casa, le mostré unas fotos de mi ciudad y me comí una gelatina a la que le tenía ganas desde antes. Él insistió en regalarme un par de libros pero sólo acepté uno, un poco por vergüenza y otro por preocupación de exceso de equipaje. Recogí mis bolsas de compras electrónicas, incluida la batería de mi cámara que se estaba cargando y tras un abrazo me despedí de un nuevo amigo.
Esa noche él me escribió un correo diciéndome que se alegraba del rato que habíamos pasado juntos, me deseaba buen viaje y me expresaba sus deseos de mantener contacto conmigo para que le enseñara un poco de español.
Constantemente observo cómo las recomendaciones de la policía, tras un nuevo crimen, son de tono puramente defensivo: no hable con extraños, avise a las autoridades si observa comportamientos sospechosos, desconfíe de todos. Si uno las siguiera al pie de la letra, así como ese consejo que solían darnos los mayores cuando éramos niños: no hables con extraños, hoy no tendríamos amigos. Todos nuestros amigos fueron en algún momento extraños, algunos llegaron a nuestra vida por medio de otros, pero seguro tuvimos que ceder por lo menos una vez para poder construir nuestro grupo social.
Ciertamente las enormes ciudades son lugares en donde se puede cultivar fácilmente la desconfianza, pero si se es como yo, aficionada a los caminos menos transitados, se preferirá andar un poco más sin miedo, sin ansiedad, de un modo zen quizá, corriendo el riesgo de ganar más de lo que se pierde. Yo lo hice esta vez y ahora soy más rica que antes porque encontré un amigo.
No hubo miedo, no hubo ansiedad, todo fue muy zen quizá. Conocer a este personaje fue parte de la experiencia de un viaje totalmente increíble, uno que me transformó el cerebro y que felizmente me dejó siendo una mujer distinta a la que llegó.
Esta serie termina aquí.
@licuc
No hables con extraños, a menos que sean interesantes - IV
Jue, 27/09/2012 - 15:18
Tercera parte
En la mañana salí a llamarlo porque la señal del sitio donde me queda
En la mañana salí a llamarlo porque la señal del sitio donde me queda
