Psicología uribista

14 de diciembre del 2017

El senador antioqueño llegó nuevamente para quedarse mucho tiempo.

Psicología uribista

En una sociedad pedigüeña como la colombiana resulta muy normal tener medio centenar de personas pidiendo la firma para que los ciudadanos avalen su candidatura a la Presidencia de la república. Aquí oye uno a diario gente que pide: “me regala su teléfono”, “me regala la cédula”, “me regala un tinto”.

Me ocurrió el otro día a la salida del metro de Medellín. Tres chicas jóvenes pedían la firma para avalar la candidatura presidencial de Marta Lucía Ramírez, ¿Por qué a mí?, me pregunté. ¿Por qué no se instalan en la calle con una foto de la candidata y un ‘letrerito’ proclamando su cometido y dejan de molestar a la gente? Que se acerque allí quien quiera y apoye a la doña, pero a mí que no me fastidien.

La cosa me molestó y lo comenté con un amigo. Y fue ahí cuando viene a conocer un caso grave de esta nueva etapa de la vida colombiana que tendrá que titularse: “¿Me regala una firmita?”

Resulta que en la familia de mi amigo están pasando por el doloroso trance de perder a un ser querido, y a su mujer —a quien le cuesta superar el episodio— le recomendaron buscar ayuda profesional, que en este caso se trata de una psicóloga. Acudió a la lista que tiene en esa especialidad su medicina prepagada y pidió la correspondiente cita.

En la tercera sesión de terapia, durante un breve paréntesis que hicieron por razones que no vienen al cuento, la psicóloga le presentó a su paciente una pila de papeles firmados para una de las campañas a las que los uribistas dedican todo su empeño.

“Mira —le dijo la psicóloga a la mujer de mi amigo— regálame una firmita para impedir que los guerrilleros puedan presentarse como candidatos a la presidencia”. Esa la desconocía. Sabía que hay legiones de personajes pidiendo firmas para convertirse en candidatos. Pero que también se estaba pidiendo poner tu nombre en una campaña para impedir que alguien sea candidato presidencial es nuevo para mí.

No es un episodio aislado desde luego, ni creo que por contarlo aquí vaya a disminuir este tipo de atropellos. Es consecuencia de la polarización que ha traído al país Álvaro Uribe. Un fenómeno propio de la vida política colombiana de comienzos del siglo pasado, que desapareció en la segunda mitad, y que con el senador antioqueño llegó nuevamente para quedarse mucho tiempo. Nadie sabe hasta cuándo ni de qué forma podrá extinguirse.

Reconozcámole sus logros a Uribe, que alguno tuvo. Pero media Colombia vive hoy convencida de las capacidades taumatúrgicas de un mago de sombrero aguadeño y cursi mano en el pecho que miente, enciende las redes sociales y manipula en el ejercicio político, que jamás reconocerá sus errores ni el sufrimiento que también trajo a mucha gente de este país. Solo por los mal llamados “falsos positivos”, ya que no lo harán los tribunales, recibirá la condena de la historia.

A personas como la psicóloga aludida no les importa ni la ética ni el respeto a sus pacientes. Todo a mayor gloria del mesías.

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