El resentimiento es una fuerte atadura al pasado, que impide que se disfrute el presente. Cuando guardamos rencor por alguien que nos ha hecho daño o que nosotros creemos que nos hizo daño, le estamos dando a esa persona un poder sobre nosotros que, por lo general, no ha solicitado.
Cuando odiamos a nuestros enemigos les damos poder sobre nuestros deseos, nuestra presión sanguínea, nuestra salud y nuestra felicidad. Los enemigos bailarían de alegría si supieran cómo nos preocupan, cómo nos torturan y cómo se nos imponen, aun estando ausentes. El odio que sentimos no los daña, pero a nosotros nos convierte los días y las noches en un infernal torbellino.
Hay personas cuyos rostros se han arrugado y endurecido por el odio y desfigurado por el resentimiento. Ningún tratamiento de belleza mejoraría su aspecto tanto como lo haría el perdón, la ternura y el amor.
¿Los enemigos no se frotarían las manos de gusto si supieran que el odio que sentimos hacia ellos agota y altera los nervios, desfigurando, creando perturbaciones cardiacas y, probablemente, acortándonos la existencia? Si no podemos amar a nuestros enemigos, amémonos al menos a nosotros mismos.
Amémonos lo suficiente, como para no permitir que otros dominen nuestra felicidad, nuestra salud y nuestro aspecto.
En lugar de odiar compadezcamos y demos gracias a Dios por lo que somos. En lugar de amontonar condenas y venganzas, procuremos comprensión, simpatía, ayuda, perdón y oraciones. Examinemos los recuerdos con compasión y comprendamos que las situaciones dolorosas del pasado, aunque desagradables, dejaron enseñanzas y ahora nos permiten ver y pensar de otra manera.
Vivir el presente y entender que el tiempo no retrocede es una regla básica para sentirse libre y disfrutar de cada momento que nos regala la vida. Liberarnos de los efectos debilitadores de la ira y los resentimientos son motivos suficientes para perdonar.
Jaime Valdivieso C.
