Redú-cidos

20 de septiembre del 2012

Todos hacemos parte de una desenfrenada sociedad de consumo donde nos bombardean mensajes a una velocidad sorprendente. Compra, usa, ensaya, prueba, adelgaza, embellécete, rejuvenece, no estés conforme con lo que tienes  y busca compensar todos tus defectos físicos y emocionales con lo que yo te ofrezco. Nos rellenan de mensajes que tienden a modificar nuestras […]

Todos hacemos parte de una desenfrenada sociedad de consumo donde nos bombardean mensajes a una velocidad sorprendente. Compra, usa, ensaya, prueba, adelgaza, embellécete, rejuvenece, no estés conforme con lo que tienes  y busca compensar todos tus defectos físicos y emocionales con lo que yo te ofrezco. Nos rellenan de mensajes que tienden a modificar nuestras decisiones de compra y la mayoría de las veces, esos mensajes están cargados de ponzoñosas mentiras.

Y hablando de mensajes engañosos,  la época laboral más feliz de mi vida la tuve cuando trabajé en la Superintendencia de Industria y Comercio en la Delegatura de Protección al Consumidor y podía ser testigo de las artimañas de las que se valían los productores y anunciantes  para reducir la voluntad de los consumidores nublando  por entero sus conciencias. Creo que no puedo hacer públicos los nombres de los victimarios, pero se acordarán de campañas como el Cincuentazo de Colsubsidio o los famosos cursos de inglés… y qué decir de tantas y tantas y tantas denuncias contra los operadores de telefonía móvil celular.

Ahora que ya no soy juez y puedo ser parte,  he visto con asombro y rabia lo que hacen los medios, los publicistas y en general todos los que participan en la cadena de producción y distribución, para captar consumidores y usuarios en sus redes de lucro (no supe cómo expresar la idea sin parecer una activista de izquierda, pero creo que todos los camaradas entienden lo que intento decir).

No estoy hablando de casos tan evidentes como el de Revertrex, que muestra a una Amparo Grisales momificada diciendo que encontró la fuente de la juventud (sin advertir que los efectos colaterales incluyen la resequedad extrema del cerebro), ni de situaciones tan irrisorias como el jabón Siluet 40 que ayuda a adelgazar (yo lo intenté, duré 40 minutos en la ducha restregándome los muslos y créanme que además de terminar con la piel como una uva pasa, seguí igual de abundante en la zona afectada), ni  de los fabulosos paquetes de viaje y hoteles que promocionan en prensa que ofrecen viajes a Miami por $200,000 pesos (jejejejejeje… Miami se llama el hotel en el Carmen de Apicalá adonde llegan los incautos turistas).

Es cierto que se parte de la base que el consumidor es un poco menso. El cuento del ‘consumidor racional’ que se emplea en las distintas agencias de protección al consumidor nacionales y extranjeras, se puede reducir en la siguiente idea: Al consumidor no se le puede pedir que haga evaluaciones detalladas del mensaje que se le transmite, porque se asume que no tiene capacidad de discernimiento frente al contenido del mensaje, salvo que se trate de una situación exagerada al extremo, que hasta el más atembado sabría que es una mentira.

Sin embargo, aun siendo parte del selecto grupo de atembados que se dejan engañar con la falsa promesa de una vida mejor (ya les conté del Siluet 40, pero no puedo dejar por fuera la plancha de vapor, el brassier de aire, el power plate y Mr. Chop- la maquinita que pica todo con precisión suiza),  estoy realmente preocupada por una serie de mensajes que se está transmitiendo a niños y adolescentes.

En estos días se está transmitiendo un comercial de Redú Fat Fast (todavía no entiendo por qué no conservaron el nombre original de Reduce Fat Fast que se emplea en el resto del mundo…eso genera aún más dudas, porque por lo menos a mí, me hace pensar que le hace falta algún ingrediente… ummmm….¿racumín?),  en donde una mamá , a la hora del desayuno, le pregunta a la hija en tono de reclamo si se tomó la pastilla para adelgazar- vendida como suplemento dietario. http://youtu.be/qb52M9h082I.

Yo, que siempre he estado en el sector de las abundantes, al ver el comercial sentí como si mi mamá inquisidora me mirara mientras me como un delicioso croissant de almendras de MASA- recién salido del horno, con las almendritas crujientes encima y la crema inglesa ligera por dentro- y me dijera: “Mamita…ya se vio al espejo… tómese la pastillita, porque como dice la periodista  cuyo nombre empieza por A y su apellido termina en cárate…, a uno gordo sólo lo quiere la mamá”.  ¿Con qué ganas desayuna uno? ¿Con qué ganas se mira al espejo y dice me acepto como soy?  ¿Con qué ganas emprende uno el día sintiéndose naturalmente bello?

Por mensajes como esos, entre muchos otros que andan rondando por ahí, que no contienen una mensaje claro para niños y jóvenes, se generan más problemas para esta generación que ya está lo suficientemente fregada, REDÚ-cida, por no decir la palabra jodida, que se ve tan fea cuando uno la escribe.

Ya que no soy juez y puedo ser parte, he decidido emprender la causa como propia y escribí a las agencias encargadas para ver qué medidas toman al respecto frente a este Redú Fat Fast. Les estaré contando y de paso los invito, los exhorto a que me escriban si notan alguna otra irregularidad en los mensajes que recibimos como consumidores de tantos otros producticos que andan por ahí.

Con todo el respeto al Dr. De la Espriella, le grito al mundo que desde hoy, el Abelardo de los consumidores soy yo.

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