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Saber que vamos a morir nos puede llevar a dos extremos: a tomar nuestras cosas demasiado en serio o a aprender a reírnos de nosotros mismos. La primera actitud puede llenarnos de angustia. La segunda, de tranquilidad. La gran mayoría de nosotros optamos por la primera: no somos muchos los que queremos dejar de vivir y, menos aún, en un último arranque de envidia, morirnos y que los otros sigan viviendo.
El docente Rivas pertenecía a los primeros, a los que se tomaban sus cosas demasiado en serio. Digo “docente” porque en algunos círculos el término tiene más peso que hablar de “profesor”. A Rivas mismo parecía llenársele la boca de agua cuando tenía la oportunidad de autodenominarse “docente”, como les pasa a algunos cuando hablan de “los compañeros”, “los trabajadores” o “el pueblo”.
Cuando lo conocí ya le habían pronosticado que estaba invadido por un cáncer. Sin embargo, su enfermedad no nos llenaba de compasión, al menos no a mí. Sospecho que la mayoría de los que trabajábamos en el departamento de publicaciones lo odiábamos en secreto: desde que algunos tenían memoria, había sido un tipo cascarrabias y arrogante que había estado de pelea con medio mundo. Había peleado con el rector, con la directora del departamento de publicaciones, con el editor de libros, con la diseñadora, con la secretaria, peleaba incluso con el portero cada vez que le decía que debía revisar su maletín: “¿Y qué voy a tener en mi maletín? ¡Libros! ¿Qué más cargamos los docentes? ¡Libros!” No en vano le había dado cáncer: su rabia había terminado mordiéndolo.
Yo esperaba que se muriera pronto y había prometido una botella de vino para celebrar cuando se presentara la ocasión. A algunos les parecía una propuesta cruel, pero yo tenía claro que no todos los muertos son buenos y que seguramente ya habría alguien que destapara su botella cuando yo muriera.
Conocí a Rivas cuando llevaba poco más de un mes como coordinador de publicaciones periódicas de la universidad donde trabajaba el docente. Mi cargo se veía bien en las tarjetas de presentación, aunque sonaba bastante rimbombante para lo que en realidad podía hacer. La mayoría de los profesores y estudiantes esperaban que no tocara los textos, que chuleara sus frases lapidarias y las hiciera pasar al taller de imprenta a como diera lugar: querían ver cuanto antes sus lindos nombres en letra impresa.
Mi bautizo de fuego estuvo a cargo de Rivas, la vaca más sagrada de todas. Era docente, poeta y director plenipotenciario de una revista de pedagogía. En la oficina había un ejemplar de su compendio de poemas que cogíamos en las horas muertas para reírnos un poco. Aunque había sido premio nacional de poesía, otorgado por una universidad regional, cada vez que leía algunos de sus versos agradecía que yo no hubiera tenido nada que ver con su publicación.
Rivas también escribía en su revista, no poemas, sino artículos académicos. La revista contaba con colaboradores internacionales que criticaban las políticas neoliberales de algunos gobiernos contra la educación, todos igual de poco propositivos y aburridores. A uno podría parecerle loable eso de ser crítico, pero cualquier cuestionamiento carece de sentido si no tiene estándares mínimos de creatividad. Al docente igual su discurso parecía haberle dado dividendos, pues vivía en Chapinero, que no es precisamente el barrio más comprometido con el proletariado.
Ya me habían advertido del genio de Rivas antes de conocerlo, así que el bautizo fue por mi culpa. La verdad es que no pensé que hubiera gente más arrogante y cascarrabias que yo, ni con una lucha tan enconada como la que yo libraba en ese entonces. Mi lucha, un poco más humilde, no era contra las políticas neoliberales y su desprecio por un gremio tan admirable como el de los docentes, sino contra la presencia o ausencia de tildes y comas, algunas veces incluso contra el sinsentido de las frases mal escritas.
No tuvieron que decirme que era él cuando vi por primera vez la figura desgarbada envuelta en una gabardina. Llevaba anteojos y una boina cubría su cabeza pelada. Debía rondar los 70 años. Por alguna razón que desconozco, de manera instintiva pensé en un cuervo. Sin saludar a nadie, se dirigió a la oficina de la directora del departamento de publicaciones. A los pocos minutos la directora me llamó. Al entrar a la oficina lo primero que me sorprendió fue que el aura negra de Rivas, por llamarlo de alguna manera, parecía envolverlo todo. “Este es el nuevo coordinador de publicaciones periódicas,” me presentó la directora. El cuervo me miró de arriba abajo y, sin dirigirme la palabra, puso un fajo de papeles sobre el escritorio de la directora: “Aquí están los artículos de la revista, no hay sino que mandarlos a la imprenta.” Medio balbuceé que debía leerlos, pero el cuervo me cortó: “Ya están listos, no me van a hacer demorar, yo ya los revisé.”
Quizás el pobre diablo temía morirse antes de ver su magna obra publicada, pero a mí eso me tenía sin cuidado: ni siquiera el docente Rivas, con sus bruscos modales, su cara de pocos amigos, su gabardina y su título de doctorado de alguna universidad española podría detener mi lucha por lograr textos con las tildes y las comas en su sitio. Decidí tomarme el tiempo necesario para leer los artículos con juicio, aunque el editor de libros, que llevaba mucho más tiempo que yo, y la directora me dijeron que mirara los textos por encimita, pues el docente no dejaba que le cambiaran ni las tildes de los monosílabos. Terminé de leerlos después de varios tardes cabeceando frente al computador y los dejé a un lado.
A los pocos días la secretaria recibió una llamada: era Rivas que quería saber qué había pasado. Aunque pidió hablar con la directora –qué se iba a entender con un editorzuelo como yo– ella me dijo que tomara la llamada. Más que un gesto de apoyo, lo que la directora esperaba es que no le arruinaran su día. Noté la cara de ansiedad de la secretaria. “Mejor agarrar el toro por los cuernos de una buena vez,” me dije, y levanté el auricular. Me preguntó qué había pasado con su revista. Intenté decirle que había cosas que era mejor discutirlas, entre otras, el uso de tildes y comas, pero Rivas me cortó una vez más: llevaba treinta años escribiendo y, como me había dicho, él mismo ya había revisado los textos, así que lo único que quería era que dejáramos de ponerle obstáculos y mandáramos la revista a la imprenta cuanto antes. No tuve el valor para decirle que así llevara treinta años escribiendo, llevaba treinta años escribiendo mal. Intenté sacar el as de que yo me había formado como editor, pero el cuervo no me dejó terminar siquiera la frase. Colgué con rabia. Desde el otro cubículo el editor de libros me dijo que mejor no perdiera mi tiempo discutiendo con el docente, que él ya me había dicho cómo era el tipo. O quizás haya sido la directora, ya no recuerdo.
En otra de las revistas que estaba corrigiendo encontré una frase de Roberto Bolaño que me ayudó a lidiar la frustración. Alguna vez que le preguntaron qué lo aburría, respondió: “Me aburre el discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha lo doy por sentado.” Pensé que por afirmaciones así a Bolaño lo conoce medio mundo y a Rivas no lo conoce nadie. Fue tal la fascinación que me produjo que la copié en un pedacito de papel y la puse a un lado de mi computador, como un pacto secreto entre Bolaño y yo.
Rivas murió un año después. Yo ya no trabajaba en esa universidad. El aliento le alcanzó para sacar un número más de la revista. Nadie siguió sus pasos y su proyecto editorial murió con él. Como había prometido, al enterarme de su muerte compré una botella de vino y la compartí con la diseñadora, el editor de libros y la directora del departamento de publicaciones.
Me acordé de Rivas y sus colaboradores internacionales hace poco, mientras leía Tokio Blues, la novela de Murakami. En ella, un personaje se refiere a líderes estudiantiles de izquierda japoneses en 1968: “El auténtico enemigo de estos tíos no es el poder estatal, es la falta de imaginación.” Paz en la tumba de Rivas, el cuervo que peleaba con medio mundo.
Rivas, el cuervo que peleaba con medio mundo
Vie, 26/10/2012 - 07:55
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Saber que vamos a morir nos puede llevar a dos extremos: a tomar nuestras
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