Sí, él no cala en todos los sectores de opinión porque su proceder no está enmarcado dentro del modelo político que —lastimosamente, y no solo en Colombia sino en el mundo entero— ha hecho carrera como el modelo ideal: el del gallardo diplomático. O sea, el de decir una cosa que dé contentillo a diestra y a siniestra para, al menor descuido, hacer todo lo contrario. Tal cual actúa Santos.
Sin embargo, nadie representa más fielmente el uribismo —una sumatoria incalculable de personas que creen que sin seguridad, seguridad concentrada en los organismos de El Estado, Colombia jamás alcanzará una verdadera democracia— que José Obdulio Gaviria. Es más, sin él el uribismo sería algo vago. Tan vago, digo yo, como el santismo o el samperismo. Es decir, un titular de prensa, un adjetivo peyorativo en una columna estéril (¿o será que la relación entre política y medios valida tanta imbecilidad?) de Samper Ospina, Ricardo Silva y demás niños “izquierdosos” del Moderno. ¡Nada!
Y aunque esto, su uribismo, es más que prenda de garantía para muchos —ya veremos cuántos—, para los bullosos, aquellos sofistas de la pluma —y sus incautos o malintencionados seguidores— que hacen de un peral un olmo, será, por cuenta de su inevitable parentesco, la oportunidad de irse lanza en ristre contra la cabeza del Centro Democrático. Cosa, en verdad, mucho menos preocupante que lo que la “justicia”, ahora también abocada a la política, podría hacer con él por cuenta de llamar, ejerciendo entonces como columnista de opinión, las cosas por su nombre. Al pan pan y al vino vino.
¡Dios! Hay que votar antes de botar al traste la esperanza.

