Vive Colombia, viaja por ella

22 de marzo del 2011

El fin de semana estuvimos entre Girardot y Melgar (mi fotógrafo y yo). Que aventura. Y no precisamente porque el paseo incluyera cosas extremas o seamos súper lokos. No. La aventura consiste en viajar por la carreteras de Colombia y lograr llegar al destino ileso. Salir de Bogotá por Soacha fue todo un reto: entre semáforos que no funcionan y policías que controlan el tráfico con linternas rojas, esquivamos buses, camiones, taxis y gente atravesada; tratamos de seguir una vía que en cualquier momento se interrumpe y se reanuda con unas vallas plásticas naranja que tratan de marcar una línea. La línea, la amarilla del pavimento, va por otro lado: sigue por debajo de las vallas, derecho y se pierde. Y como si uno supiera como se llega a Melgar, por ningún lado, al menos visible, había señalización. Con las demarcaciones de la vía hubiéramos podido llegar a Villavicencio.

Después de tres intentos fallidos por ponerle gasolina al carro, en tres bombas donde o los camiones no dejaban entrar, o los bomberos estaban tomando cerveza en el granero, retomamos la vía y logramos por fin, luego de hora y media, salir de Bogotá. Yo estaba impresionada, cómo le pueden decir Bogotá a ese pedazo de ciudad que queda tan lejos; eso es otro municipio. Bogotá no se acaba, ahora lo se. En el primer desvío no había un cartelito que dijera Melgar o Girardot, así que giramos por donde lo hizo el carro de adelante: error. Terminamos en un caserío que tiene peaje. En una fritanga callejera un señor, muy amable pero poco hábil (básicamente el bobo del pueblo), nos indicó que para llegar a Melgar solo había que seguir derechito derechito. Y como por estos paisajes la gente suele dar las indicaciones al revés, no le hicimos caso, nos devolvimos y por fin estábamos “onteguey” rumbo a Melgar, o a Girardot.

Llovía, había tantos camiones como carros particulares, las líneas amarillas de la vía se chocaban de repente con los barrancos, como no había iluminación todos los carros llevaban las luces altas, lo que hacia casi imposible manejar; cada tantos metros había un desnivel invisible y un desvío inesperado. Tres horas y media para recorrer cerca de 85 kilómetros desde Bogotá hasta Melgar y eso que era de noche, y eso que Bogotá es la capital y Melgar un puerto sobre el río más importante del país. Sentía como si hubiera ido hasta Santa Marta. Desde el primer puente sobre el Magdalena, a lado y lado de la vía, empezaron a brotar de la tierra uno tras otro soldaditos de la patria con su dedo hacia arriba, indicando supongo, que todo está bien o saludando. Quien carajos les dijo a estos soldaditos de la patria que debían pasarse el día y la noche haciéndole creer al mundo entero que todo bien. Los héroes si existen: con una mano empuñan el fusil, con la otra, con el dedo pulgar hacia arriba nos dan la esperanza: eso es seguridad democrática.

Ya en Melgar la movilidad se complicó aun más. Además de que allí tampoco hay una valla que diga donde queda qué, hay buses tipo pullman por todas la calles, motos en contravía pitando y gente en vestido de baño y con trencitas, incluso a las 9:00pm, atravesada, parada en media calle comiendo cono. Los andenes son para vender, las calles para los carros, los buses, las motos y los peatones. Ambiente de playa, dirán algunos, y así no haya ni playa, ni mar, y nadie se meta al Magdalena, hay flotadores, gafas, gorros, baldes para la arena y toallas colgadas en todas las vitrinas. Algunos dicen que es el folclor.

Finalmente logramos llegar a nuestro destino gracias a una orientación que incluía: una curva peligrosa, dos estaciones de gasolina y un poste de SOS, pero no una señalización. Puede que ya no haya pescas milagrosas ni retenes de los paras en el camino, pero viajar por las carreteras de Colombia sigue siendo una aventura de alto riesgo.

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