Yo no soy un tipo serio

22 de julio del 2011

Hoy en día se requiere recomendación de alguien “importante” hasta para comprar un “mugre” celular. Un amigo de la infancia –flaco por única seña relevante-, ciudadano grave y trascendente, con  algún reconocimiento público, me extendió hace unos días una certificación -“a solicitud del interesado y a quien pueda interesar”-, donde consta, entre otros adornos que […]

Hoy en día se requiere recomendación de alguien “importante” hasta para comprar un “mugre” celular. Un amigo de la infancia –flaco por única seña relevante-, ciudadano grave y trascendente, con  algún reconocimiento público, me extendió hace unos días una certificación -“a solicitud del interesado y a quien pueda interesar”-, donde consta, entre otros adornos que me atribuye inmerecidamente, que soy un hombre serio.

Pero resulta que yo no soy un tipo serio; lo cual no significa, ni mucho menos, que yo sea por defecto un payaso o que no aplique en mis negocios la diligencia de un buen pater familias. Parece que en la actualidad dicho adjetivo tiene como únicas acepciones las relacionadas con las virtudes cardinales que aprendimos en el catecismo del padre Astete los nacidos en los años sesentas del siglo pasado. De modo que, según los nuevos cánones, para demostrar prudencia, justicia y resistencia a las bajas pasiones, es preciso mantener severo el semblante y el carácter hirsuto. Se piensa sin ningún fundamento que quien no es serio, necesariamente será bufo, melifluo, mediocre y banal.

Mas es lo cierto que nada nos hace más humanos que la risa.  Creo con el maestro Baldomero Sanín Cano –quien se tomó el trabajo de escribir un ensayo para burlarse de la seriedad-  que el espíritu humano se graduó el día en que, “en presencia de un contraste inesperado, (el hombre) sintió que se le contraían los músculos de la risa”. Y se han escrito mamotretos sobre los beneficios terapéuticos de la risa. La risa es refrescante como los alisios que acarician el rostro acalorado de  Barranquilla durante el mes de Diciembre. Sin embargo la cosa no está siempre como para reírse. He allí la grandeza del reidor. Pero es de la seriedad que estamos hablando.  Dice asimismo el profesor Sanín Cano, que es muy fácil ser serio: “lo es la roca inmóvil… no ríe el asno… los capitanes inmisericordes apenas conocieron la sonrisa, creyéndose acaso superiores a ella y al sentido del humor”. Y yo agrego que son serios, malgeniados, circunspectos, graves y trascendentes muchos personajes públicos de todas las pelambres que, sin honrar las virtudes cardinales asociadas por ellos mismos a la seriedad, se apañaron el erario público y cometieron toda clase de atrocidades.

Conque nos toca ser menos serios y más solidarios. Es menester reír con frecuencia y estruendo aún de las propias aulagas. Resulta importantísimo ofrecer sonrisas francas y desinteresadas para mejorar nuestra calidad de vida y la de nuestros compañeros de viaje, ya sean casuales, temporales o permanentes.

Así las cosas, después de escuchar mis razones tan peregrinas, el flaco Asdrúbal “sintió que se le contraían los músculos de la risa”, le chirriaron las mandíbulas oxidadas de su rostro avinagrado y  accedió a modificar su recomendación dejando constancia  -“a solicitud del interesado y a quien pueda interesar”- de que yo no soy un tipo serio.

www.lapataalsuelo.blogspot.com

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