Hay personas que no se definen por el ruido que las rodea, sino por la manera en que sostienen el silencio cuando todo se rompe. María Claudia Tarazona es una de ellas.
Su nombre se volvió público en uno de los momentos más dolorosos que puede atravesar una mujer, una madre, una esposa. Pero reducirla a ese instante sería injusto. Antes del atentado, antes del duelo, antes de la exposición forzada, María Claudia ya era lo que sigue siendo hoy: una mujer atravesada por una vocación profunda de servicio, una vida construida alrededor de los otros y una disciplina emocional que no se improvisa.
“Yo soy mamá de profesión”, dice, “y el resto son mis hobbies”. No lo dice como una frase hecha. Lo dice como quien ha tomado decisiones difíciles, una y otra vez, para estar. Para sostener.
La raíz
Nació en Bogotá, en una familia unida, estable, presente. Creció con padres que siguen juntos, con hermanos cercanos, con una idea clara de hogar. Estudió Derecho mientras criaba a sus hijas, llevando la maternidad de la mano con la universidad. No como discurso, sino como rutina. Se graduó mayor, con tres niñas, estudiando de noche y organizando el día alrededor de ellas.
Antes de que la política entrara en su vida, María Claudia ya había recorrido otro camino: el del trabajo social, el fortalecimiento de fundaciones, la búsqueda de recursos, la construcción silenciosa de proyectos que pudieran sostenerse en el tiempo. “Uno no puede invitar a la gente a la mesa si no tiene la mesa puesta”, explica. Esa lógica la ha acompañado siempre.
También fue emprendedora: comercial, práctica, resolutiva. Entiende la gestión como una forma de cuidado.
Miguel
Conoció a Miguel Uribe Turbay cuando él apenas empezaba su camino político. Ella no venía de ese mundo. No lo buscaba. No lo necesitaba. Pero vio algo que reconoció de inmediato: vocación, inteligencia, una ética de servicio genuina.
Entró a su vida primero como apoyo, como organizadora, como aliada. Gerenció su primera campaña como quien ordena una casa para que pueda ser habitada. Sin romantizar la política. Sin idealizar el poder. Con método, disciplina y estructura.
El vínculo creció sin prisa. Miguel era joven, brillante, decidido. Ella, más grande, con una vida ya armada, tres hijas y duelos propios. No fue una historia fácil ni lineal. Fue una historia construida.
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Cuando decidieron estar juntos, lo hicieron entendiendo que el centro no era la política, sino la familia. Miguel no ocupó el lugar del padre de las niñas. Encontró el suyo: con juego, paciencia, presencia. “Era como un parque de diversiones”, recuerda. Un hombre profundamente niño, profundamente amoroso.
Alejandro llegó después. Buscado, esperado, deseado. El hijo que Miguel soñó. El hijo que hoy condensa muchas de las preguntas más difíciles.
El quiebre
El atentado no sólo le arrebató a su esposo. Irrumpió en su casa, en sus hijos, en su cuerpo, en su tiempo. María Claudia no romantiza el dolor. No lo convierte en bandera. No lo instrumentaliza.
Habla del duelo como un proceso permanente. No algo que se supera, sino algo que se integra. “El duelo no se acaba”, dice, “lo que cambia es el dolor”.
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Tomó una decisión clave: no lanzarse a nada. No hacer política. No ocupar tarimas. No responder al ruido. Cuidar. Parar. Sostener a sus hijos en cuatro momentos vitales distintos. Elegir el silencio como forma de responsabilidad.
“No hubiera sido justo con el país ni con mis hijos”, afirma. En un entorno que empuja a capitalizar la tragedia, ella decidió no hacerlo.
El legado
Para María Claudia, el legado de Miguel no es un cargo, ni un partido, ni una candidatura inconclusa. Es algo más difícil de medir y más imposible de borrar: el amor que dejó sembrado.
“No busquen a Miguel en una campaña, Miguel está dentro de nosotros”.
Habla del amor como algo que no muere con la muerte. Como una fuerza que permanece. Y desde ahí se proyecta: quiere servir, sí, pero sin prisa. Sin rabia. Sin odio. Tal vez desde una fundación. Tal vez desde otro lugar. Aún no lo sabe, y se permite no saberlo.
Lo que permanece
Antes de la última cirugía, le hizo una promesa: hacerse cargo de lo que realmente importaba. Sus hijos. Su hogar. Su humanidad.
Hoy, María Claudia Tarazona no se presenta como víctima ni como figura pública. Se presenta como lo que siempre ha sido: una mujer que entiende la vida como una responsabilidad con los otros, incluso, y sobre todo, cuando duele.
Y esa, quizá, es su forma más profunda de liderazgo.
