¿Cuándo estamos?

¿Cuándo estamos?

8 de junio del 2019

En la película “El planeta de los simios”, en medio de un paraje solitario y tenebroso, un terrícola sobreviviente al colapso pregunta a su compañero: “¿Dónde estamos?”. La respuesta, desconcertante y filosófica, fue: “La cuestión no es saber dónde estamos, sino cuándo”, el tema de fondo de la presente columna* (por hoy, “chao, política”…): ¿cuándo estamos en la vida? Y cuándo estamos en el día: una vez me dirigía al cuarto de un hotel y en dirección contraria venía una señora muy mayor. “¡Buenos días!”, le dije. “Buenas tardes”, contestó. Eran las ocho y treinta de la mañana…

En la gestión del tiempo es radicalmente importante tener claro cuándo estamos: ¿en la mañana, en la tarde, en la noche de la vida? La respuesta encierra una pauta de grandes consecuencias en el modo de ver no solo la vida, sino el tiempo como medio y opción de ser felices y productivos, y conduce al cuadrante real en la ilustración adjunta. Y según sea, serán muchas de nuestras acciones.

La figura contiene cuatro cuadrantes de veinticinco años cada uno, a partir de la presunción de que podemos vivir, en general, un siglo. La “nube” blanca representa la muerte, a la que arribaremos con independencia del cuadrante en el que nos encontremos. El 1, hasta los veinticinco años, es el del descubrimiento, de las primeras experiencias, de los albores de la vida tal y como es. Por su parte, el 2, entre los veintiséis y los cincuenta años, es el cuadrante del intento, el “asalto”, la audacia. El 3, de los cincuenta y uno a los setenta y cinco, es el del aprovechamiento, la cosecha, la suma. En cuanto al 4, de los setenta y seis en adelante, es del discernimiento, la sabiduría, la evaluación, el descarte.

La visión franca e inteligente de la época personal y extrapersonal nos llevará a la comprensión de las posibilidades para no ser inferiores a las circunstancias. Como Buda, que de treinta y cinco años tuvo su inspiración. Y Jesús, que comenzó su tarea antes de tal edad. Y Calígula, traspasado por su ego, en el poder a los veinticinco, y Nerón a los treinta y uno. Y Carlomagno, como rey de los francos a los veintiséis. Y Constantino, imperial a los veinticinco. Y Lutero, con su revolución a los treinta y cuatro. Y Colón, en América a los cuarenta y uno. Y Magallanes, en su estrecho a los cuarenta. Y Newton, en su fulgor a los veinticuatro. Y Bolívar, con su libertarismo a los treinta. Y Einstein, con su relatividad especial a los veintiséis. Todos, en el cuadrante 2 (el del intento). ¿Cómo no recordar, de paso, a Mozart, asombrando en el cuadrante 1?

Hay quienes dirigen su mirada hacia el pasado en plan evaluativo. Lo reflejó un pasajero japonés del avión de la JAL, accidentado en agosto de 1985 con un saldo de quinientos veinte muertos: “Fue una vida feliz para mí. Gracias a todos”, escribió antes de estrellarse la aeronave. Incluso no faltan quienes, ya en la cumbre de los años, anhelan que el tiempo sea eterno. Tal vez era el sentimiento de Isabel I de Inglaterra cuando, antes de morir, en 1603, se sinceró ante quienes la acompañaban: “Daría todas mis posesiones por una pizca de tiempo”. Imposible.

Según la época, según el cuándo, serán necesarias algunas dosis de humildad, valor y realismo para aceptar las limitaciones personales y existenciales. Quizás lo olvidó, en mayo de 2011, el octogenario Shailendra Kumar Upadhyay, exministro de Asuntos Exteriores de Nepal, que falleció víctima del mal de altura en su intento de ser la persona más longeva en la cima del Everest, de 8.848 metros. Cosas del tiempo. Que a su paso actúa como si liberara una especie de “sustancia” (que llamaríamos “cronolina”…), tan sutil, tan fina, pero tan efectiva y adhesiva, que poco a poco va impregnando las cosas y los seres. Hasta saturarnos.

A sus veintinueve años, Charles Dickens lo decía de otra forma: “El Padre Tiempo […] a menudo posa suavemente su mano sobre aquellos que lo han usado bien, convirtiéndolos en hombres y mujeres inexorablemente viejos, pero dejando sus corazones y espíritus jóvenes y llenos de vigor. Con este tipo de personas, la cabeza gris no es sino la impresión que ha dejado la bendición del anciano amigo, y cada arruga una muesca en el callado calendario de una vida bien vivida”. ¡Salud!

* Tema adaptado del libro Administración inteligente del tiempo, de mi autoría.

INFLEXIÓN. ¡Buenos días! ¿O… buenas tardes?

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