El calvario de Ingrid

19 de enero del 2011

La verdad es que desde que supe que Ingrid Betancourt escribiría un libro sobre su secuestro, esperé ansiosa su publicación.

Había leído con mucho interés su libro anterior “La rabia en el corazón”, en su primera edición aparecida en Francia, y concluí fácilmente que ese libro iba a ser del gusto de los franceses. Se trataba de un testimonio con todos los ingredientes para hacerlo atractivo: la trama se desarrollaba en un país lejano, con una larga  de historia de violencia, y una más reciente de narcotráfico y corrupción, donde una joven mujer, de formación y nacionalidad francesas, se aventuraba a desafiar este entorno para ingresar a la política, con éxito indiscutible.

Con una escritura impecable, narra varios episodios de la vida colombiana, tan insólitos como la realidad misma, en los cuales se retratan también las dificultades de una mujer divorciada, con dos hijos pequeños, dispuesta a dar la pelea por un mejor país. Quizás la única impresión negativa fue el sentimiento que deja entrever la autora, tal vez por desconocimiento, de ser la única persona en esa lucha.

En su “no hay silencio que no termine” Ingrid con maestría literaria y admirable madurez, nos entrega un relato totalmente realista sobre la perversidad del secuestro, el gran sufrimiento de las víctimas, las terribles condiciones de las personas privadas de la libertad en la selva, las interminables caminatas huyendo de las fuerzas militares, los peligros, los horrores de la soledad, el aislamiento, la desesperanza, la enfermedad; experiencias tan dolorosas como la muerte de las madres de varias de ellas y el padre de la misma Ingrid.

A través de sus páginas se conoce la personalidad de varios guerrilleros, el drama de muchachos y jovencitas de origen humilde, en general campesino, de diversas regiones, que optan por ingresar a grupos armados ilegales, por la ausencia de otras opciones de vida, y que se ven obligados a obedecer a ciegas, aun contra su voluntad, las crueles directrices de sus jefes.

Llama la atención la ingenuidad de la autora al inicio de su retención, en creer que el hecho de haber dialogado con los jefes dos semanas antes y haber compartido la comida con ellos, la blindaba contra el secuestro. No contaba con la polarización en las posiciones de estas personas, lo que según su visión significan los representantes del “establecimiento” y la poca credibilidad que puedan tener para ellas, quienes dicen defender ideas progresistas.

Un aspecto relevante de este libro es la descripción de los conflictos entre los secuestrados, las dificultades de la convivencia en condiciones de vida precarias donde las necesidades más primarias de comida, de un medicamento, de un pequeño estante, pueden desatar actuaciones egoístas y causar enormes roces. Ese pequeño mundo de los encarcelados y sus captores retrata a escala reducida los perjuicios y los imaginarios de esa sociedad enferma que es la colombiana, donde, por encima de los valores de los individuos, son característicos los perjuicios sobre las personas por su origen, su familia, su condición social y económica. Contrasta con ello el retrato que hace de casos y relaciones donde abundan la solidaridad humana y la generosidad.

De esta manera, el libro de Ingrid ilustra bastante sobre la forma de vida y de actuar de las guerrillas, descalifica la vía armada como alternativa para ganar el poder, muestra el inmenso desfase entre este camino y los estándares internacionales en materia de derecho humanitario y su inutilidad como solución a la situación de la población pobre. Finalmente, retrata con maestría la actitud rebelde de una mujer valiente, que nunca se resignó a la esclavitud impuesta por sus captores y, superando las condiciones de este calvario, libró una lucha sistemática por su libertad.

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