El chicle mascado

El chicle mascado

27 de octubre del 2010

Lo peor no es vivir metidos en esta olla de grillos que nos ha tocado sino creer que nada más hay que esto, que el mundo limita con las chuzadas por el norte y con los contratos por el sur y que al occidente y al oriente nada más se pueden otear los falsos positivos y los parapolíticos, y pare de contar.

Eso es lo peor. Tanto nos hemos acostumbrado a vivir atados a esta noria que se nos ha pasado la vida de los últimos cinco años haciendo conjeturas sobre las fechorías del DAS que ya cumplieron cinco años. Hace ya un lustro –ya se puede hablar en lustros—cayó Jorge Noguera, entonces director de la cueva de Alí Ba Bá, y desde entonces las sobremesas nos han sido allanadas por lo que el eufemismo llama interceptaciones y seguimientos, y el lenguaje silvestre conoce como espionaje y persecución.

Cinco años de DAS en las conversaciones domésticas es un montón y es un despilfarro de tiempo, de inteligencia y de memoria. Es lamentable tener que saber que el DAS tiene director, sub director, y jefe y subjefe; y que hay sección de operaciones y de fuentes humanas y de contrainteligencia. Cada día han surgido nuevos nombres y nuevos cargos que hemos debido memorizar por cuenta de la obstinación de los medios y de esa cierta avidez que nos posee por estar en la jugada.

Y lo mismo pasa con la parapolítica, de la cual llevamos también un largo lustro mascando su chicle. Como si fuéramos sus compinches y amigos de crianza hemos aprendido a hablar del Tuso, de Fritanga y de Macaco con una asiduidad vergonzosa. Y empobrecedora. Hablamos más de ellos –y de Cuchillo y de Tasmania—que de Navarro que fue mi compañero de pupitre y de Juliana a quien nunca le dije que era mi novia favorita.

Aunque solemos decir, y lo decimos por decir, que el vértigo colombiano hace que ningún tema ancle, hay unos asuntos que se obstinan en permanecer. Y siguen estando años porque su extinción depende de investigaciones que bostezan, de una justicia amodorrada y de tanta recusación y tanto recurso de reposición y tantísimas instancias.

Pero lo peor decía, digo, no es ese estar en la olla a presión del monotema que te ensordece y te insensibiliza. Lo peor es que te estás perdiendo del debate significativo, del nuevo pensamiento, de la última ola. Por vivir enfrascado en el escándalo nuestro del todos los días cuando sales a darte una pasada por el mundo sientes que saliste de la cueva mientras el resto va a mil por las autopistas de la discusión y del conocimiento.

Hace un par de días me bajé un momento del bus de las chuzadas y de los contratos de los Morenos y de las fugas odontológicas de los parapolíticos. Y me fui de viaje por aquellos asuntos en los que andan en otros ámbitos y de los que aquí apenas sabemos fragmentariamente, cuando los medios necesitan algüito para rellenar antes de contarnos hasta el hastío la última hazaña de Juanes fabricada por su manejador.

Y en ese recorrido por periódicos nutritivos me encontré con el debate hirviendo del llamado periodismo combativo del muy heroico Julián Assange y sus métodos de financiación de Wikileaks por los cuales ha sido posible sacarle la lengua al Pentágono. Hallé que en Escandinavia la conversación chispea por cuenta de si la mendicidad debe ser penalizada como un delito o si al considerarla un delito, como se pretende en Finlandia, lo que se está es poniéndole más barreras a los gitanos. Leí las posiciones sobre la última onda de discusión sobre Internet que no es por velocidad y por tecnología sino por ética: hasta dónde la publicidad personal es invasiva de la privacidad. Y la guerra de divisas que se intenta para bajarle humos a los chinos, los nuevos reyes de la economía. Y que gracias al ADN los expertos en tejidos óseos hayan identificado ya los restos hasta de Amenhotep III, el abuelo de Tutankamón, cuyo esplendor ocurrió hace 3.400 años.

Un mundo más entretenido y más diverso es el que sucede cuando se sale de la olla de grillos alimentada de chuzadas y de contrataciones y de falsos positivos sin resolver. Porque todo queda sin resolver. El país incluido. Ante el desabrido chicle que seguimos mascando, hay que volver a la recomendación de Joyce: ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema.

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