El chikunguña de la corrupción

11 de mayo del 2015

“Se trata de una enfermedad que no mata, pero debilita”.

Desde la Patagonia hasta Méjico, desde Bahía hasta Lima en una especie de cruz que tiene crucificada a toda América la corrupción es el flagelo que nos está acabando y tiene características parecidas a ese virus de nombre extraño que se nos ha vuelto tan familiar, el chikunguña.

Se trata de una enfermedad que no mata, pero debilita. Y es verdad. Quien ha sufrido ese virus cuenta que el organismo se siente débil, duele todo, no se tiene fuerzas para nada. Con la corrupción los pueblos se debilitan, las instituciones pierden fuerza, las democracias no funcionan como garantías y oportunidades iguales para todos.

La corrupción no mata a un país pero lo acaba, lo convierte en un guiñapo sin desarrollo y sin libre competencia. Es un mal que se toma los recursos públicos para beneficio particular, por eso se alimenta de todos nosotros pero no alimenta sino a unos pocos.

El chikunguña es contagioso. Cuando una persona lo contrae se convierte en portador del virus y si un zancudo la pica trasporta el mal hasta otro organismo. Así en poco tiempo el virus se convierte en epidemia de no tomarse medidas urgentes.

La corrupción es igual, una persona enferma de ambición y sinvergüencería trasporta el virus en su sangre hasta que contagia a otra y esa a otra y a otra. Termina siendo la epidemia que nuestro continente no ha sido capaz de detener. Un corrupto es más contagioso que un enfermo de chikunguña, en especial porque los síntomas externos se ocultan. A no ser que sean tan evidentes como pasó con los Moreno en Bogotá.

Los remedios no son eficientes y sólo calman los síntomas, es lo que se dice en ambos casos. No hay cura para el chikunguña como aparentemente no la hay para la corrupción. Sólo cuando se toman medidas drásticas para acabar con los mosquitos, se controla la propagación de la enfermedad. Es lo mismo que pasa con la corrupción, meten en la cárcel a un corrupto y quedan miles revoloteando por ahí.

Con algunas medidas se aplaca la epidemia, pero si se baja la guardia rebrota con más virulencia y caen muchas más personas enfermas y cuando un cuerpo está débil es víctima de otros males más. Se recomienda como la mejor manera de combatir el mal controlar la condiciones ambientales para evitar la propagación de los mosquitos, en especial las aguas estancadas, pero también sirven los mosquiteros y los repelentes para prevenir ser picado.

Eso mismo pasa con la corrupción, habría que cambiar los valores en los que se propagan los corruptines que luego vuelan a contagiar a otros. Una educación basada en el esfuerzo y no en el éxito podría ser un ambiente no propicio a la corrupción.

Y finalmente para terminar las comparaciones entre estos grandes males es importante darse cuenta que tanto el uno como la otra pican a cualquier persona: desde presidentes, como está sucediendo en Guatemala, Brasil y Argentina, hasta guardias de tránsito como pasa cada día en cualquier calle o carretera. Funcionarios públicos, empresarios privados, ricos o pobres, todo el mundo está expuesto a caer en la epidemia de la corrupción que nos tiene postrados como naciones y como democracias.

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